Sin elección
21. Ocupante del asiento 7G
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Ocupante del asiento 7G
Me llamo Ritchie Nichols y me he pasado medio vuelo 79 jugando a videojuegos.
No entiendo a la gente que dice que no le gustan los juegos de ordenador. «¿Cuáles no te gustan?», es lo que siempre pregunto. Porque eso es como decir que no te gustan los animales o que no te gusta la comida. Hay tantos juegos distintos que es imposible que los detestes todos. Si no te gustan los de lucha, hay de deportes y de rol, y de esos de estrategia donde corres por todos lados recogiendo mierdas varias. No son mis favoritos, pero a cada cual lo suyo. En este avión solo tienen juegos tipo pasatiempo, pero al menos sirven para matar el rato.
A mí me gustan los de disparos en primera persona. En esos puedes meterte de lleno: no es que estés observando un mundo, es que estás dentro de él. Puedes jugar durante horas, con las luces apagadas y los cascos puestos. Oyes la respiración del personaje y, cuando el juego te ha absorbido, ya ni siquiera oyes la tuya. Eres un único ser: un híbrido de humano y avatar. Lo único que te separa de los malos es el cañón de tu pistola. Cuando disparas y el controlador se te estremece entre las manos, casi podrías sentir el retroceso en el hombro, porque todo lo demás ya lo tienes: el sudor, el ruido, la sangre…
Juego desde que era pequeño. Mi madre no paraba de amenazarme con que me quitaría la PlayStation, pero nunca lo hizo. Por aquel entonces yo todavía iba a casa de mi padre los fines de semana, y mi madre sabía lo mucho que nos gustaban los videojuegos a los dos. Después de clase, si ella no me dejaba jugar, lo que hacía era irme con él. Mi madre, al final, desistió de intentar hacerme bajar de mi habitación a la hora de la cena: me la subía en una bandeja y, cuando se percató de que se me enfriaba sin que hubiera probado bocado, comenzó a prepararme sándwiches. Tampoco es que comiera muchos: me subía un hervidor y me hacía unos fideos instantáneos mientras se cargaba la partida siguiente; luego apilaba las cajas vacías fuera, delante de la puerta.
Era lo único que me apetecía hacer, y era lo único que hacía. Y no era solo yo: éramos unos cuantos en el instituto. Entrábamos todos en modo multijugador a última hora de la tarde y nos poníamos a machacar zombis hasta pasada la medianoche. Más de una vez acabé empalmando con la mañana siguiente y luego me saltaba Ciencias para irme a dormir a los servicios de minusválidos. Me pasaba casi todas las clases ideando una estrategia para la sesión de aquella noche, y creo que nadie se sorprendió más que yo cuando conseguí sacar los suficientes cincos pelados para pasar a los estudios preuniversitarios.
Fue entonces cuando empecé con los simuladores. Te dejaban llevar el portátil a clase y tenías un montón de horas de estudio durante las cuales podías hacer lo que te diera la gana mientras te quedaras en el aula. Eso sí, como te pillasen jugando a cosas violentas, la habías cagado. Mis juegos eran de motos, sobre todo; hasta pensé en comprarme una. Luego probé por primera vez un simulador de vuelo y me enganché: aviones comerciales, cazas, biplanos de la Segunda Guerra Mundial… Los pilotaba todos.
Todo se fue al garete cuando entré en la universidad: lo que en la escuela me parecía sencillo ya no lo era y me resultaba más fácil quedarme en mi habitación que acudir a seminarios a que me hicieran sentir como un tonto. Mamá se arrejuntó con un tío al que había conocido en bailes de salón, y entre los dos convirtieron mi habitación en un vestidor para guardar todos sus trajes de lentejuelas. Para mí los videojuegos eran lo único por lo que valía la pena levantarse cada mañana, y cada vez se me daban mejor.
—Es una lástima que no puedas ganarte la vida con ello —dijo papá de repente en mitad de otra de nuestras muchas discusiones sobre cuánto dinero me estaba enviando y sobre cómo esperaba que en algún momento me sirviese para algo.
Me expulsaron de la uni a mediados del segundo curso. Encontré trabajo en una fábrica y lo perdí a la primera semana, y eso es, más o menos, lo que ha ido sucediendo desde entonces: todo queda entre la oficina de empleo, una habitación de mierda en un edificio de mierda en el más mierdoso de los barrios y yo.
Justo cuando había tocado fondo, las cosas empezaron a irme mejor: hice amigos —amigos de verdad— y poco a poco comencé a sentirme bien conmigo mismo otra vez. Me apunté al gimnasio y recuperé parte de la confianza perdida. Seguía jugando a todas horas, pero también cuidaba lo que comía; incluso salía a la calle de tanto en tanto.
Un colega me consiguió un trabajo. Sabían que yo era acojonante como jugador (sus palabras, no las mías) y necesitaban mis habilidades. Me necesitaban y —¡chúpate esa, papá!— estaban dispuestos a pagar por mis servicios.
Jugar se convirtió en mi oficio: testar próximos lanzamientos para varios desarrolladores, descubrir cómo hackear un sistema para obtener el arsenal de armas completo sin haber pagado por las expansiones y luego volver a testarlo una vez que creían haberlo hecho más seguro.
Me levantaba cada día con la nueva sensación de estar haciendo algo con mi vida, y no era solo por la nómina, la cual me permitió hacerme con un fondo de armario decente y comprarme al fin un coche. Ni siquiera era por formar parte de un equipo; seguía prefiriendo trabajar solo. Era solo por el hecho de tener un objetivo, una meta concreta.
Cuando embarqué en el vuelo 79, ya era una persona distinta: sabía adónde me dirigía. Me cogí un asiento en clase ejecutiva, entre toda esa gente que nunca se había cuestionado su derecho a estar ahí. Tampoco yo me cuestiono ya el mío: por fin siento que este es mi sitio.
Por fin me siento importante.