Sin elección
15. 20.30. Adam
15
20.30
Adam
Becca pega un grito desde la escalera; el pitido de mis oídos distorsiona sus palabras. Trato de contestarle con otro grito, pero tengo la boca llena de sangre y me dan arcadas cuando se me mete en la garganta. Me duele cuando respiro y siento un leve dolor en la base de la columna y en el estómago.
—¿Adam? ¿Estás bien? ¿Quién era ese?
Consigo incorporarme a cuatro patas, y gateo hasta la puerta de la calle. Nadie pasa por nuestro camino a menos que venga expresamente a uno de los adosados, pero no puedo arriesgarme a que la gente haga preguntas.
«Tienes hasta medianoche».
Suelto un quejido de dolor. Dios mío, ¿qué voy a hacer?
—¿Estás bien? He oído la pelea, pero Sophia estaba en la bañera y… Ay, Dios mío, ¿te han hecho mucho daño? —Becca ha bajado hasta donde dobla la esquina de las escaleras. Se queda boquiabierta—. Pero ¿qué coño…?
—¿Dónde… está… Sophia? —El dolor se intensifica con cada palabra y las náuseas crecen en mi interior.
—Sigue en la bañera.
—No… la dejes… sola.
—Pero…
—¡Arriba!
Mientras Becca sube corriendo las escaleras, una segunda arcada me provoca un dolor penetrante en las costillas. Me arrastro hasta la puerta de la calle, vomito delante de casa y vuelvo a cerrarla. Trato de respirar de la forma más superficial posible —a la mínima que inspiro demasiado hondo o demasiado rápido, el dolor hace que me dé vueltas la cabeza— y, poco a poco, me voy poniendo de rodillas; luego, me levanto del suelo y cierro la puerta con llave. Un trozo de cristal me atraviesa el calcetín y me corta en el pie, pero apenas percibo el dolor. Oigo que el agua de la bañera baja por el desagüe de la planta de arriba y me voy al lavabo de abajo a limpiarme antes de que me vea Sophia.
Un ojo se me ha cerrado del todo: la piel que lo rodea está amoratada, hinchada y con algunos cortes. La sangre que me cubre casi toda la cara y gran parte de la camisa solo me brota, por suerte, de la nariz, cuyo tamaño es ahora el doble del habitual. Lleno la pila y me lavo la cara en ella, haciendo muecas de dolor mientras el agua se tiñe de rosa.
—¿Adam? ¿Estás bien?
Respondo con un impreciso «ajá» y echo un vistazo a mi reflejo: sin la sangre, es un poco menos aterrador. Me quito la camisa y la pongo en la pila, dejando al descubierto una camiseta interior lo bastante oscura como para ocultar casi todas las manchas.
—Ay, Dios.
—No, sigo siendo Adam —replico con sequedad—. Aunque más que Dios tendrías que llamarme Jesucristo, porque parece que acaben de crucificarme.
Becca no se ríe. Está a los pies de la escalera; Sophia, unos peldaños más arriba, me mira horrorizada desde los barrotes de la barandilla.
—Estoy bien, cariño.
—No lo parece —dice Becca.
—Tendrías que haber visto cómo he dejado al otro —trato de sonreír y el dolor me sube por la mandíbula, así que dejo de intentarlo—: no se ha llevado ni un rasguño.
—¿Quién era?
No contesto, y me sigue hasta la cocina. Sophia se acerca con indecisión; tiene a Elefante colgado de una mano y lleva un pijama de Action Man y una bata de forro polar con estampado de unicornios. Becca le ha hecho una trenza, pero aún tiene el pelo mojado y el agua le chorrea por la bata. Cojo un trapo de cocina y lo utilizo para absorber el exceso de humedad, satisfecho de poder hacer algo que comporte que mi hija no pueda verme la cara.
—¿Te duele, papá?
—Un poquito.
—¿Quieres que llame a una umbulancia?
—No, no creo que…
—Sé cómo se hace, me ha enseñado mamá.
—No, no quiero que…
—Es el nueve, nueve, nueve.
—Hummm, ¿no crees que deberían echarte un vistazo? —dice Becca—. No tienes muy buen aspecto.
Termino de secarle el pelo a Sophia y abro el armarito donde guardamos el botiquín de primeros auxilios. Al alargar el brazo para cogerlo he de apretar los dientes para no gritar, pues me entra un dolor agudo que me hace ver puntitos negros flotando delante de los ojos. Noto como si las paredes de la habitación se me vinieran encima.
—Déjame a mí. Siéntate antes de que te caigas. —Becca me conduce hasta una silla.
Sophia me observa con los ojos como platos, de puro temor y curiosidad.
—Nada de ambulancias —digo con firmeza—. Si voy a un hospital, notificarán a la policía que se ha producido un delito.
—¿Y?
—Pues que tal vez no quiero meter a la policía en esto. —Hablo en voz baja; mi tono aparenta normalidad, pero mi cara le deja muy claro a Becca cómo me siento.
Me sostiene la mirada. Sus ojos reflejan curiosidad y puede que incluso sospecha.
—¿Y eso? A ver, a mí no es que los polis me caigan especialmente bien, pero son tus colegas, ¿no?
Me da un vaso de agua y un puñado de pastillas, que engullo de golpe. De pronto me noto exhausto, no solo por la paliza, sino también por el peso enorme de haber tenido que aguantar el tipo todos estos meses; por el estrés de mentir a Mina, a Sophia, a todos los del trabajo. Es como si la reunión de esta mañana con la inspectora Butler hubiera tenido lugar hace meses.
—La he cagado —suelto de repente.
En la lista de toda la gente a quien podría confesarme, una chica de diecisiete años no ocuparía el primer puesto, pero a veces es más fácil hablar con alguien ajeno al problema. Dirijo a Sophia una mirada cargada de intención.
Becca reacciona enseguida.
—¿Quieres que te ponga La Patrulla Canina? —Tiende la mano a mi hija y se la lleva al comedor.
Instantes después oigo la música del programa, que ya me resulta familiar. Becca vuelve a entrar en la cocina y se cruza de brazos.
—El tío que te ha pegado era el novio de Katya, ¿a que sí?
Me pilla tan desprevenido que no soy capaz de contestar.
Becca sonríe con picardía.
—¿Pensabas que no sabía que te estabas tirando a la au pair? Me lo dijo una madre una vez que fui a recoger a Sophia al colegio: quería que lo supiese por si lo intentabas conmigo. —Ha adoptado un tono áspero, como si cualquier forma de respeto que me hubiera demostrado hasta ahora hubiera sido mera fachada.
—¿Intentarlo contigo? Yo jamás…
Se ríe.
—¡No tendrías ninguna posibilidad!
—Ay, madre…
Me froto la cara, olvidándome del estado en que me encuentro; el dolor que siento entonces me sirve como grata distracción del hecho de saber que los padres de los amigos de Sophia me consideran un depredador sexual.
—Un clásico, ¿eh? —Becca ahora parece mayor de diecisiete años; me pregunto cómo habrá llegado a adquirir esa actitud de hastío hacia los hombres. ¿De verdad somos tan malos?—. El viejo que se acuesta con…
—¿Viejo?
—… con la au pair ucraniana.
—¡Por el amor de Dios, Becca! ¡Yo no tenía ninguna aventura con Katya!
De pronto se hace un silencio que solo se ve roto por la interpretación musical de Ryder y sus colegas caninos. Por la expresión de Becca, está claro que no me cree.
—¿Cómo es que se largó, entonces? Tal y como me lo contó Mina, es obvio que pensaba que tú tenías la culpa. —Se levanta y se sirve una copa de vino, como si estuviera en su casa; como si fuera una adulta, no una cría.
—Aún eres muy joven para…
—¿Quieres una?
Llena otra copa sin esperar mi respuesta. Hay cierta autoconciencia en su desfachatez, en su resolución, como si estuviera interpretando un papel. Me asalta la idea de que todo lo que ha dicho sobre mí intentándolo con ella también podría haber sido una actuación, de que esté probando a llevar las cosas hacia un desenlace determinado. ¿La habrá convencido Mina para que lo haga? La ocurrencia me parece absurda tan pronto como la concibo, pero ¿será esto una especie de trampa de seducción?
Me noto la piel pringosa. Cojo la copa que me ofrece Becca y le doy un sorbo para intentar quitarme el regusto a cal de los analgésicos y la sangre que se me ha quedado en la garganta. Tengo la nariz demasiado hinchada para respirar por ella.
—Yo no he tenido jamás una aventura con Katya —digo con firmeza, o al menos con toda la firmeza que me permite el mareo—. Yo no he tenido jamás una aventura. Pero sí que fue culpa mía que Katya se marchase. —Está apoyada en la encimera, con la cabeza inclinada hacia un lado—. El hombre de antes, u otro como él, amenazó a Katya. Sophia también estaba.
Tengo un flashback de repente de ese día de perros, cuando Katya y Sophia entraron corriendo en casa; ambas lloraban tanto que apenas podían hablar.
«¡Papá! ¡Papá!».
«¡Él dice que me hace daño! ¡Él dice que hace daño a Sophia!».
—Sophia no logró entender exactamente qué le dijo aquel hombre a Katya —le cuento ahora a Becca—, pero ver la reacción de ella la asustó lo suficiente para producirle pesadillas.
Me quedo mirando por la ventana: ya está anocheciendo y mi reflejo se superpone a las siluetas sombrías del jardín. Ha empezado a nevar más: livianos copitos blancos pasan flotando por delante de la ventana.
—No lo entiendo. ¿Por qué no quisiste contárselo a la policía? ¿Por qué dejaste que Mina pensara que le estabas siendo infiel cuando no habías hecho nada malo?
—Es que sí que lo había hecho. —Sigo contemplando al jardín a través de mi reflejo—. Debo dinero. Mucho dinero.
La suma es cada día más alta: números rojos, tarjetas de crédito —la que Mina conoce y otras cinco que no—, tarjetas de compra, pagos del coche, dinero que pido prestado a gente del trabajo porque «las cosas están algo complicadas desde que Mina me echó de casa»…
Y lo más gordo: las diez mil libras que recibí de aquel prestamista. Nuestros caminos se cruzaron por primera vez a raíz del trabajo, y por motivos nada buenos. Se las pedí para poder pagar el grueso de las deudas, y con unos intereses que entonces me daban igual, porque aquello solo era una solución a corto plazo y porque tenía un plan, me iba a salir todo bien…
Pero ya no podía parar.
—Tengo problemas con el juego.
Tres años, y es la primera vez que pronuncio esa frase o que la pienso siquiera. Me he dicho a mí mismo que tenía que bajar el ritmo, que solo jugaría a la lotería una vez por semana, que, cuando fuese a la tienda, solo compraría un rasca y gana en lugar de gastarme veinte libras en ellos. Me he detenido delante del canódromo tras dos días seguidos de apuestas y he tenido un momento de vacilación antes de entrar. Nunca lo he llamado por su nombre —adicción—, pero eso es lo que es. Y estoy a su merced.
—Aquellos diez mil se acercan ya a los veinte mil —le explico a Becca, aunque si se hubiera ido de la cocina creo que habría seguido hablando igualmente. Lo estoy sacando todo: todas las mentiras, toda la vergüenza—. Mandaron a aquel tío para meterme el miedo en el cuerpo amenazando a Katya y a Sophia. Le rogué a Katya que no le contara nada a Mina. Semanas después alguien se acercó a casa cuando Katya estaba sola y volvió a amenazarla. Ella se marchó al día siguiente, y fue entonces cuando mi mujer me acusó de acostarme con ella.
—Tendrías que haber sido sincero con ella.
—¡Lo sé, ahora me doy cuenta! Pero entonces pensaba que me las arreglaría. Solo con que diera un pelotazo en alguna partida ya tendría para saldar todas las deudas y entonces… —La voz se me va apagando ante mi propio patetismo. «Cuando tengas un problema…», se oye en el comedor, «¡solo tienes que avisarlos!».
—¿Y no puedes decirle nada a la policía porque recibiste dinero de un prestamista ilegal?
—No puedo decir nada porque llevo tres años escondiendo un trastorno de ludopatía. —Me acerco la botella de vino y lleno hasta arriba las copas—. No puedo decir nada porque estoy hasta las cejas de deudas no declaradas, lo cual es una infracción disciplinaria grave. —Becca deja la copa en la mesa, sin tocarla siquiera, y yo me bebo la mitad de la mía de un trago. No es la mejor idea después de haberme tomado un cóctel de calmantes, pero ya me da todo igual—. No puedo decir nada porque me arriesgo a perder el trabajo si se enteran.
Becca se cruza de brazos. Está tratando, sin éxito, de contener su regocijo, y me pregunto si es mi desgracia en sí lo que la hace disfrutar o el simple hecho de ser la única que está al corriente.
—Estás de mierda hasta el cuello, ¿eh?
—Gracias.
—Y entonces ¿cuál es el plan?
Apuro el vino. Doy la espalda a Becca, aprieto las palmas de las manos contra el escurridero y me inclino hacia delante, como si estuviera a punto de hacer una flexión, mientras noto el bombeo de la sangre en el rostro amoratado.
—No tengo ni puta idea.