Sin elección

Clare Mackintosh · Capítulo 32 de 56

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Sin elección

30. Ocupante del asiento 1G

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Ocupante del asiento 1G

 

Lo que tienes que entender es que yo nunca quise que nadie saliera herido. Pero como reza el dicho: no se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos. A veces la violencia es el único lenguaje que la gente entiende.

El sacacorchos era por si acaso: necesitaba un arma más inmediata, más específica que la amenaza de una bomba. Me lo metí en el bolsillo cuando fui a «admirar el bar», sin verdadera intención de usarlo, y me alegré de llevarlo encima cuando vi que la tripulación trataba de sabotearme el plan. El metal se clavó en la garganta de esa chica con un ruido hueco que me pareció curiosamente satisfactorio: la primera persona a la que maté en la vida; mis manos, manchadas de sangre.

Su muerte fue una desgracia, como todas, pero de entre quienes estaban a bordo del avión, los miembros de la tripulación de cabina eran los mayores culpables. ¿Te imaginas qué declaración de principios tan poderosa sería para el mundo que el personal de una aerolínea se negara a volar, que exigiera un descenso de las emisiones contaminantes y el empleo de energías renovables?

Pero, bueno, supongo que nadie muerde la mano que le da de comer.

Esa chica fue un sacrificio, como el hombre del asiento 1J, que murió para que Mina entendiera la importancia de nuestras reclamaciones. Él, en el bar, abrió la cartera, orgulloso de su familia, y entonces entreví su tarjeta de pasajero habitual: no era tan culpable como la tripulación, pero tampoco es que fuera inocente. Había elegido generar 5,8 toneladas de dióxido de carbono al volar de Londres a Sídney; había elegido destruir quince metros de casquete polar: quien siembra vientos recoge tempestades.

Trituré un Rohypnol y se lo eché en la bebida; luego, lo rematé con una sobredosis de insulina, la cual le provocó convulsiones violentas y un coma inmediato, seguido de una muerte casi instantánea. Resulta que la insulina no debe guardarse en la bodega del avión, puesto que hay que conservarla a una temperatura constante. Independientemente de si el viaje dura una semana o seis meses, te permiten llevar todo tu suministro en el equipaje de mano, sin que haga falta más que la autorización de un médico para garantizar que es seguro. Me parece increíble haber tenido que quitarme los zapatos para un control de explosivos, mientras que, tras poco más que una mirada superficial, me han permitido pasar tan campante con suficiente insulina para dos meses enteros y veinte comprimidos de Rohypnol guardados en una caja de paracetamol.

Armas humildes, tal vez, pero mucho más fáciles de justificar que cualquier veneno ilegal, y también más efectivas, como ya has visto. De acuerdo, el Rohypnol que le administramos a Adam Holbrook podría haber surtido efecto un poco antes, pero Volga no había tenido en cuenta su tamaño ni su fuerza. Aunque lo mismo da: al final, terminó sucumbiendo.

Ay, Volga… Todo esto se debe a ella, en realidad. Aunque, en aquel momento, ella no se daba cuenta.

Ya hacía tiempo que la industria de la aviación se había convertido en nuestro principal objetivo; habíamos conseguido un éxito notable al paralizar la actividad del mayor aeropuerto del Reino Unido usando solo un par de drones. La cobertura mediática fue increíble —por fin la gente nos escuchaba —, y supe que podíamos lograr algo aún mayor. Algo tan grande que a nuestros mandamases no les quedaría más remedio que actuar.

El verano siguiente, estaba yo supervisando los mensajes del grupo de Facebook cuando Volga me obsequió con el vehículo perfecto para transmitir nuestras ideas. Y cuando digo vehículo, hablo de manera literal.

Volga llevaba ya un tiempo con nosotros, asistiendo a las manifestaciones. Parecía tener un olfato especial para detectar los follones y había ido acumulando un historial delictivo considerable. Era una de esas jóvenes que se creen indestructibles, con una debilidad por las drogas de farmacia que me permitía atarla corto.

«Sé de una persona que ha adoptado una tortuga para su hija a través de WWF —escribió—, pero ojo: ¡es una puñetera auxiliar de vuelo!».

Nuestra conversación había ido centrándose en ese tipo de activistas de salón de clase media que ostentan un fervor declarado hacia las lecheras de cristal retro, pero que no se lo piensan dos veces antes de coger un vuelo de fin de semana a la otra punta del mundo para tumbarse junto a una piscina.

«¡Menuda hipócrita!», concluyó Ganges, y con razón.

«En diciembre tiene un vuelo sin escalas hasta Sídney. ¿Os hacéis una idea de la huella ecológica que puede dejar eso?».

Yo estaba pensando en algo más que en la huella ecológica.

Busqué la ruta en Google. Los medios hablaban mucho de ella; la prensa amarilla ya especulaba sobre la lista de famosos a los que podían haber invitado a aquel viaje a Sídney, encantados de que asociaran sus nombres a un acontecimiento histórico como aquel.

Los billetes acababan de salir a la venta.

Mensajeé a Volga en privado, le sonsaqué hasta el último dato de que disponía y le prometí tal cantidad de opiáceos que no se le borraría la sonrisa de la cara hasta Navidad. Volga no conocía en persona a aquella mujer, sino a su au pair, una chica ucraniana. ¿Y si esa chica —me pregunté yo— podía servir de pretexto para que Volga conociese a la familia? Si podía entrar en su casa, averiguaría más cosas sobre ellos. Yo sabía que Volga tenía unos veintitantos y le propuse que se planteara si podía pasar por alguien más joven. He observado que la sociedad no cree que la gente joven sea lo bastante inteligente para levantar sospechas y esa inocencia aparente puede ser de utilidad.

El resto, ya lo sabes: Becca Thompson, de diecisiete años. Estudiante preuniversitaria de Arte, Historia y Francés. Niñera. Activista encubierta. Yo la veía perfectamente capaz de estar a la altura, a pesar de su edad. Al fin y al cabo, el elemento sorpresa jugaba a su favor.

De hecho, lo único que me preocupaba era que fuese un poco demasiado lejos.