Dones
VIII. Conversión
Sin importar lo que pudiera creer
jamás pude imaginar
el inconveniente de la consolación:
para el resto de mi vida,
el té flojo que atrapaba la luz
en la cocina del presbiterio —perdón,
restitución—,
el cuarto en que guardaban los ornamentos,
en el fondo de la sala;
aunque sin duda cruzó por mi mente
en aquellas noches de otoño,
ante el palio color berenjena
en el remanso de las escaleras,
seguro que percibí, como solo un niño puede,
el placer de la enmienda
en la paz de la tarde,
mientras decía mis pecados a una sombra,
y rezaba la penitencia,
y enjugaba mi alma en Sus lágrimas
justo antes de volver a pecar.