Dones

John Burnside · Capítulo 34 de 46

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Dones

IV. Historia

 

Pilotos y balleneros, piratas con patente,

fugitivos, botánicos, cartógrafos, cirujanos de a bordo, que parten desde aquí, o desde algún otro lugar de la costa, hacia lugares desconocidos;

o bien, un kilómetro tierra adentro,

los pretéritos celebrantes

de climas y semillas: vendedores con guantes

y delantales; herreros quemados

por el fuego de lo oscuro; merceros

errantes que recorren las granjas

con cortes de algodón, con satenes para el baile;

para todos ellos, casa era un predicado,

cuando no el mundo de los otros, el mundo

que no llegaron a pronunciar; y la casa de la que vienen: las casas de los sueños, una entelequia;

la casa en la intemperie, con habitaciones de helechos y de huesos, el refugio en el chubasco, el resguardo en la tormenta.

He pasado la tarde esperando la nieve,

mientras los caballos del campo cercano miraban sin ver un lugar de su memoria: alguna planicie abierta, el césped, hecho canción.

El viejo tren de las patatas, la línea de Lochty,

es escarcha ahora, y zarzal;

el traqueteo de los viejos trenes quedó grabado en la madera del cercado, y en las señales que demarcaban los terrenos —los pedregales— de los vecinos,

sus canciones.

Los imagino, llegados desde cabañas

y pueblos mineros: madres e hijos mayores,

empleados de jornal, de bufanda y sombrero,

las manos húmedas agarrotadas de frío,

tras los tractores;

la vida sin fin de las vidas que la historia

considera intercambiables;

mi madre, por ejemplo,

encabezando la fila con el abrigo húmedo

y el suéter tejido a mano; yo mismo, a trompicones sobre los surcos y deseando estar en casa, junto a la estufa,

la ropa puesta a secar en la humeante cocina,

la radio encendida, aquellas voces de otro sitio anunciando las canciones que luego tararearíamos, contando las horas,

mientras íbamos y veníamos por el campo, ciegos, pero brillosos de lluvia,

el mundo entero desangrándose

en pulpa y llovizna.

He pasado la tarde esperando a los fantasmas

que quería encontrar, formas

cambiantes bajo la blanca

nevasca,

fantasmas

no muertos del todo, solo fríos e idos;

pero en cuanto llegaron la nieve empezó a caer, sin más: por pura urgencia,

vacía, clara y veloz, y emborronó el camino,

los prados y las orillas, rehaciendo el campo

hasta dejarlo irreconocible, familiar: una especie de lugar santo donde se alza la casa de la que vienen

las casas que sueño: un pequeño cubo de luces y rumores: música, voces lejanas,

viento en las líneas del teléfono,

el perezoso murmullo de una máquina.