Dones
IV. Historia
Pilotos y balleneros, piratas con patente,
fugitivos, botánicos, cartógrafos, cirujanos de a bordo, que parten desde aquí, o desde algún otro lugar de la costa, hacia lugares desconocidos;
o bien, un kilómetro tierra adentro,
los pretéritos celebrantes
de climas y semillas: vendedores con guantes
y delantales; herreros quemados
por el fuego de lo oscuro; merceros
errantes que recorren las granjas
con cortes de algodón, con satenes para el baile;
para todos ellos, casa era un predicado,
cuando no el mundo de los otros, el mundo
que no llegaron a pronunciar; y la casa de la que vienen: las casas de los sueños, una entelequia;
la casa en la intemperie, con habitaciones de helechos y de huesos, el refugio en el chubasco, el resguardo en la tormenta.
He pasado la tarde esperando la nieve,
mientras los caballos del campo cercano miraban sin ver un lugar de su memoria: alguna planicie abierta, el césped, hecho canción.
El viejo tren de las patatas, la línea de Lochty,
es escarcha ahora, y zarzal;
el traqueteo de los viejos trenes quedó grabado en la madera del cercado, y en las señales que demarcaban los terrenos —los pedregales— de los vecinos,
sus canciones.
Los imagino, llegados desde cabañas
y pueblos mineros: madres e hijos mayores,
empleados de jornal, de bufanda y sombrero,
las manos húmedas agarrotadas de frío,
tras los tractores;
la vida sin fin de las vidas que la historia
considera intercambiables;
mi madre, por ejemplo,
encabezando la fila con el abrigo húmedo
y el suéter tejido a mano; yo mismo, a trompicones sobre los surcos y deseando estar en casa, junto a la estufa,
la ropa puesta a secar en la humeante cocina,
la radio encendida, aquellas voces de otro sitio anunciando las canciones que luego tararearíamos, contando las horas,
mientras íbamos y veníamos por el campo, ciegos, pero brillosos de lluvia,
el mundo entero desangrándose
en pulpa y llovizna.
He pasado la tarde esperando a los fantasmas
que quería encontrar, formas
cambiantes bajo la blanca
nevasca,
fantasmas
no muertos del todo, solo fríos e idos;
pero en cuanto llegaron la nieve empezó a caer, sin más: por pura urgencia,
vacía, clara y veloz, y emborronó el camino,
los prados y las orillas, rehaciendo el campo
hasta dejarlo irreconocible, familiar: una especie de lugar santo donde se alza la casa de la que vienen
las casas que sueño: un pequeño cubo de luces y rumores: música, voces lejanas,
viento en las líneas del teléfono,
el perezoso murmullo de una máquina.