Dones
Por una Iglesia libre
I. EL CUERPO COMO METÁFORA
Solo podemos imaginar que termine
como la infancia o la lluvia:
la fiebre, el pespuntar de los huesos, el remendado lustre del yo, todo purpurina y encajes,
como si se hubiese decidido hace mucho
que la carne es un periplo,
algo inmenso que corre por la sangre,
como un verano de acacias,
o algo no tan visible, fugaz,
como las semillas del abedul, o un cable
que se conecta, en el sueño y el éxtasis, con la mano tendida desde la luz, para abrirla o cerrarla.