Dones

John Burnside · Capítulo 44 de 46

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Dones

IV. Un terrore di Ubriaco

 

A partir de Montale

 

un goce,

que no es alegría, ni triunfo,

y que no puede venir más que

de atravesar la blanca disolución;

quizás un día así, una mañana con aire

de vidrio, me volveré a observar

el milagro:

la nada sobre mi hombro, el vacío

atrapado en el giro súbito

del terror de un borracho;

quizá, como en el comienzo de un film,

el mundo vendrá de nuevo: casas y árboles,

y lambisconas colinas, volverán una por una, para la gran ilusión;

pero entonces será tarde,

porque yo ya me habré ido

entre quienes nunca han mirado hacia atrás, solo, con mi secreto;

o el ruibarbo muerto que bloquea el desagüe,

o la acogedora oscuridad que convierte el agua en un sudario, o los jilgueros que rondan la cuneta mientras el coche y su conductor soñoliento pasan derrapando

hacia la belleza:

semillas dispersas; vuelo e inmersión; encanto que cambia mientras gira y se eleva, y que luego, de pronto, se va, cuando el conductor despierta y descubre, precisos, los destellos

de los quitamiedos

despierta,

pero no a lo que conoce:

perdida la luz del día, el parabrisas ausente, los árboles iluminados que delinean el camino

en medio del aguacero.

A veces no hay más herramienta

que el pánico,

no es lo que quisiéramos, quizá, pero es lo que tenemos a mano, la forma en el límite de la visión, el vuelco del estómago, el color que reconocemos, pero que no sabemos nombrar

Te cantaré cinco, oh

Verdes crecen los juncos, oh

Cuáles son tus cinco, oh

Cinco por los símbolos de tu puerta,

Cuatro por los evangelistas,

Tres, tres los rivales,

Dos, dos los niños, blancos como lirios,

Que van vestidos de verde, oh

Uno es uno solo, oh

Y lo será siempre

y ahí está otra vez, la lluvia fresca, mejor

que todo lo que ha perdido, más allá de su control: