Dones

John Burnside · Capítulo 39 de 46

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Dones

IV. Sal

 

Se ve mejor desde el aire:

cómo la sal se perpetúa a sí misma, devuelta por el mar para blanquear las marais salants, gradual y tamizada y depositada en olas, blancas como la nieve, bajo el sol;

igual que se ven fogatas o luces domésticas

brillando apenas en lo oscuro, entre lagos

y ciudades; marismas alumbradas aquí y allá

por linternas; anguileros navegando en los embalses;

pescadores nocturnos que vuelven después de la pesca, deducidos, no dados,

los destellos de la cubierta

y el frío absoluto de las redes.

Se los ve cuando sobrevuelas: pasajero

llevado de punto a punto por mano desconocida, perezosa telaraña tejida con memoria y sal

que se vuelve a mirar la tierra, mientras se aleja,

mientras las lentas nubes se densifican y aglutinan bajo el avión.

Abajo es distinto: el aire entretejido

de pájaros e intemperie, los vertidos

pudriéndose en los canales, los sagrados

ibis, que anidan por miles en las marismas,

graznando suavemente, una y otra vez,

despertando las sombras de olvidados reyes.

Abajo, en la plaza Dinan,

el mercado es un teatro roto,

los turistas pasean en círculos, buscando regalos y souvenirs, buscando bolsitas de sal

y libros de cocina, galettes y creps con miel que nunca han de preparar, discos

bagadou, libros y prendas de punto,

blancas postales de las salinas vistas desde el aire:

sus formas perfectas, sus pulcros y bien administrados diques, los remolinos del agua, azul oscuro, como un nudo celta, un patrón, evocados desde el aire en esas líneas de sal que parecen infinitas;