Dones
IV. Sal
Se ve mejor desde el aire:
cómo la sal se perpetúa a sí misma, devuelta por el mar para blanquear las marais salants, gradual y tamizada y depositada en olas, blancas como la nieve, bajo el sol;
igual que se ven fogatas o luces domésticas
brillando apenas en lo oscuro, entre lagos
y ciudades; marismas alumbradas aquí y allá
por linternas; anguileros navegando en los embalses;
pescadores nocturnos que vuelven después de la pesca, deducidos, no dados,
los destellos de la cubierta
y el frío absoluto de las redes.
Se los ve cuando sobrevuelas: pasajero
llevado de punto a punto por mano desconocida, perezosa telaraña tejida con memoria y sal
que se vuelve a mirar la tierra, mientras se aleja,
mientras las lentas nubes se densifican y aglutinan bajo el avión.
Abajo es distinto: el aire entretejido
de pájaros e intemperie, los vertidos
pudriéndose en los canales, los sagrados
ibis, que anidan por miles en las marismas,
graznando suavemente, una y otra vez,
despertando las sombras de olvidados reyes.
Abajo, en la plaza Dinan,
el mercado es un teatro roto,
los turistas pasean en círculos, buscando regalos y souvenirs, buscando bolsitas de sal
y libros de cocina, galettes y creps con miel que nunca han de preparar, discos
bagadou, libros y prendas de punto,
blancas postales de las salinas vistas desde el aire:
sus formas perfectas, sus pulcros y bien administrados diques, los remolinos del agua, azul oscuro, como un nudo celta, un patrón, evocados desde el aire en esas líneas de sal que parecen infinitas;