Dones

John Burnside · Capítulo 36 de 46

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Dones

Le Croisic

 

I. SAGRADO

 

Diciembre; viento del cabo;

no hay nadie aquí, salvo un viejo que pasea a su perro y un hombre que hace jogging enchufado al veneno de Eminem.

Una barcaza se demora en el puerto, como sarcófago perdido: bruñida al sol,

abandonada;

un turista solitario —japonés, desfasado–

arrastra su equipaje camino a la estación desierta, a esperar el TGV

mientras bebe un refresco.

Esta es la terminal: el final de la línea,

sagrado y vacío, un dispersarse de luces y campanadas al ritmo del océano,

y un montón de otras cosas: la marisma, el agua, los ibis egipcios, que desovan en las presas

y los pantanos, hieráticos, de formas

y colores precisos

(especie extranjera, eterna, calladamente prometida a los muertos extranjeros).

Nada es seguro aquí, sino mera suposición;

en invierno, las casas están cerradas

y sin gente, aunque conservan su antiguo mobiliario: armarios y sillas idénticos a los que uno ve

cuando despierta de un sueño en el que ha contemplado su propia infancia, cuando su casa vuelve a ser extraña: un espacio prestado para guarecerse de la noche, surcado de insectos y sombras, oloroso a marga,

las tuberías cubiertas de polvo, las velas derretidas, el mechón de furcia de un relicario extranjero;

las manchas de tiza en el espejo, las humedades que emergen del enlucido, amarillentas o rojas de óxido, que algún día fueron

pájaros o fantasmagóricos ángeles.

Aquí, en la anacronía, los ángeles resplandecen en un espacio sin dueño: la luz de la luna que ilumina el suelo, las campanadas de un reloj que aún funciona

detrás de una puerta tapiada

y una escalera:

todo es

anunciación,

de uno u otro modo,

aquí, cuando la niebla

del blanco Atlántico se cuela,

niebla marina, salada,

blanca sobre el blanco de la pared,

también se cuelan voces y alas,

por la contraventana rota:

todo es

anunciación,

esperando ser vista

y oída,

aunque solo a su debido tiempo:

a principios del verano, cuando el dueño de la casa venga de la ciudad y retire la tela que cubre las mesas y las lámparas, y encienda el fueg y descubra las motas de polvo, los opacos manchones de cera,

las gotas de aceite sobre el decorado,

con un tarareo entre los dedos

y algo que suena a música

suspendido entre las vigas.

Nadie mira a los ángeles cara a cara,

son conjetura, sobre todo, lectura de claves y de pistas, igual que, tiempo después, uno recuerda cómo era el mar en cierta mañana, dos o tres estaciones atrás;

cómo hubo algo allí, todo el tiempo,

bajo la luz de la tarde,

con el camino que lleva a la ensenada salpicado de vezas y orquídeas, la flexión de lo sagrado,

tan débil como la voz lejana

del agua temblorosa, aunque

después de la llegada sigilosa, lo que importa

es aprender a vivir en la casa que se recibió como herencia;