Dones
Le Croisic
I. SAGRADO
Diciembre; viento del cabo;
no hay nadie aquí, salvo un viejo que pasea a su perro y un hombre que hace jogging enchufado al veneno de Eminem.
Una barcaza se demora en el puerto, como sarcófago perdido: bruñida al sol,
abandonada;
un turista solitario —japonés, desfasado–
arrastra su equipaje camino a la estación desierta, a esperar el TGV
mientras bebe un refresco.
Esta es la terminal: el final de la línea,
sagrado y vacío, un dispersarse de luces y campanadas al ritmo del océano,
y un montón de otras cosas: la marisma, el agua, los ibis egipcios, que desovan en las presas
y los pantanos, hieráticos, de formas
y colores precisos
(especie extranjera, eterna, calladamente prometida a los muertos extranjeros).
Nada es seguro aquí, sino mera suposición;
en invierno, las casas están cerradas
y sin gente, aunque conservan su antiguo mobiliario: armarios y sillas idénticos a los que uno ve
cuando despierta de un sueño en el que ha contemplado su propia infancia, cuando su casa vuelve a ser extraña: un espacio prestado para guarecerse de la noche, surcado de insectos y sombras, oloroso a marga,
las tuberías cubiertas de polvo, las velas derretidas, el mechón de furcia de un relicario extranjero;
las manchas de tiza en el espejo, las humedades que emergen del enlucido, amarillentas o rojas de óxido, que algún día fueron
pájaros o fantasmagóricos ángeles.
Aquí, en la anacronía, los ángeles resplandecen en un espacio sin dueño: la luz de la luna que ilumina el suelo, las campanadas de un reloj que aún funciona
detrás de una puerta tapiada
y una escalera:
todo es
anunciación,
de uno u otro modo,
aquí, cuando la niebla
del blanco Atlántico se cuela,
niebla marina, salada,
blanca sobre el blanco de la pared,
también se cuelan voces y alas,
por la contraventana rota:
todo es
anunciación,
esperando ser vista
y oída,
aunque solo a su debido tiempo:
a principios del verano, cuando el dueño de la casa venga de la ciudad y retire la tela que cubre las mesas y las lámparas, y encienda el fueg y descubra las motas de polvo, los opacos manchones de cera,
las gotas de aceite sobre el decorado,
con un tarareo entre los dedos
y algo que suena a música
suspendido entre las vigas.
Nadie mira a los ángeles cara a cara,
son conjetura, sobre todo, lectura de claves y de pistas, igual que, tiempo después, uno recuerda cómo era el mar en cierta mañana, dos o tres estaciones atrás;
cómo hubo algo allí, todo el tiempo,
bajo la luz de la tarde,
con el camino que lleva a la ensenada salpicado de vezas y orquídeas, la flexión de lo sagrado,
tan débil como la voz lejana
del agua temblorosa, aunque
después de la llegada sigilosa, lo que importa
es aprender a vivir en la casa que se recibió como herencia;