Dones
IV. Retractationes
IV
RETRACTATIONES[*]
Si, como él dice,
la falla en la urdimbre del alma
es cómo esta tiende, siempre,
a la nada,
entonces quizá no debamos imaginarla
como la gracia,
el modo en que esta tropieza
a este lado de la extinción,
atrapada en una carne
que quizá no sea, después de todo,
tan aborrecible como él pensaba,
sino igualmente
lúcida, firme,
situada justo en el punto
en que todo podría detenerse,
y no pasa nada;
* * *
y cómo parece que el amor podría haber llegado por última vez, si me siento solo en la cocina
y el atardecer comienza a filtrarse;
cómo, en cualquier momento, lo conocido podría llegar a su fin, cuando menos para mí,
mientras otro prepara su cena, o escribe una carta.
En el jardín, allá fuera, las sombras brotan de lo oscuro, hasta que lo que suelo dar por cierto —la media verdad de la forma, la buena fe de la definición–
se repliega, como la materia misma,
alejándose, como un alma que no cede,
en dirección a la nada.
De niño me figuraba que el silencio de los muertos era callada desaprobación
o bien discreto hastío ante mi actuar
inseguro ante formas y colores.
Más tarde me pareció que habían ido a parar
al inocente mundo de los nombres;
todo era un hogar enorme: bestias y ángeles.
borboteando como lluvia sobre la piel,
como si el alma no fuese todo el mundo,
como si los colores fuesen soñadas formas
perfectas: azules y rojos platónicos, despreocupados, y no meros accidentes de la luz
que oscilan y parpadean sobre hierba pálida,
fuego que se apaga entre las celindas,
las bocas de león, las asclepias y las prímulas.
Y quizá los muertos andan sin alma, lejos de donde, entre sombras y hojas verdeantes,
se hacen las almas.
Sin alma, y balanceándose
en el borde del caos, añorando volver
a pasar la noche en vela, solos, en cocinas como esta;
recordando
dejando atrás,
sintiéndose perdidos.
De niño imaginé la otra vida
como una enorme habitación, toda
niebla y parentesco, ahora,
en cambio, pensaría en paredes
y facciones, compartimentos secretos
abiertos a empinados jardines, bajo la luz voluble, inadecuados para apartarse, propicios
para el encuentro, igual que antes, reunidos por el azar, andando sin rumbo fijo
entre digitales y ásteres de Escocia,
perdiendo y recobrando
el sentido del otro
—rayo de sol en la piel de un extraño— y el apuro que nos da la presencia del otro
al que aún no hemos visto;
* * *
no es que yo quiera
renacer,
pero en algún sitio
entre esta vida y la otra
imagino un lugar
donde el alma
se purifica,
como el agua turbia se filtra por las huevas de los peces
y por las venas
de las flores de primavera;
y que esto acontece sin más,
como un huevo, o un amanecer,
la sensación de quien se levanta a oscuras
y se viste tras la ventana, mirando afuera
las estrellas, aquí y allá, o un árbol vecino; y oye un ruido lejos, idéntico al amor, o un tren que pasa,
y se siente los huesos en su lugar
y tensa sus nervios,
y se prepara para salir de nuevo
al mundo que conoce,
sin poder controlar su desconcierto
ante aquello que no puede permitirse obviar.