Dones

John Burnside · Capítulo 5 de 46

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Dones

IV. Retractationes

IV

 

RETRACTATIONES[*]

 

Si, como él dice,

la falla en la urdimbre del alma

es cómo esta tiende, siempre,

a la nada,

entonces quizá no debamos imaginarla

como la gracia,

el modo en que esta tropieza

a este lado de la extinción,

atrapada en una carne

que quizá no sea, después de todo,

tan aborrecible como él pensaba,

sino igualmente

lúcida, firme,

situada justo en el punto

en que todo podría detenerse,

y no pasa nada;

 

* * *

 

y cómo parece que el amor podría haber llegado por última vez, si me siento solo en la cocina

y el atardecer comienza a filtrarse;

cómo, en cualquier momento, lo conocido podría llegar a su fin, cuando menos para mí,

mientras otro prepara su cena, o escribe una carta.

En el jardín, allá fuera, las sombras brotan de lo oscuro, hasta que lo que suelo dar por cierto —la media verdad de la forma, la buena fe de la definición–

se repliega, como la materia misma,

alejándose, como un alma que no cede,

en dirección a la nada.

De niño me figuraba que el silencio de los muertos era callada desaprobación

o bien discreto hastío ante mi actuar

inseguro ante formas y colores.

Más tarde me pareció que habían ido a parar

al inocente mundo de los nombres;

todo era un hogar enorme: bestias y ángeles.

borboteando como lluvia sobre la piel,

como si el alma no fuese todo el mundo,

como si los colores fuesen soñadas formas

perfectas: azules y rojos platónicos, despreocupados, y no meros accidentes de la luz

que oscilan y parpadean sobre hierba pálida,

fuego que se apaga entre las celindas,

las bocas de león, las asclepias y las prímulas.

Y quizá los muertos andan sin alma, lejos de donde, entre sombras y hojas verdeantes,

se hacen las almas.

Sin alma, y balanceándose

en el borde del caos, añorando volver

a pasar la noche en vela, solos, en cocinas como esta;

recordando

dejando atrás,

sintiéndose perdidos.

De niño imaginé la otra vida

como una enorme habitación, toda

niebla y parentesco, ahora,

en cambio, pensaría en paredes

y facciones, compartimentos secretos

abiertos a empinados jardines, bajo la luz voluble, inadecuados para apartarse, propicios

para el encuentro, igual que antes, reunidos por el azar, andando sin rumbo fijo

entre digitales y ásteres de Escocia,

perdiendo y recobrando

el sentido del otro

—rayo de sol en la piel de un extraño— y el apuro que nos da la presencia del otro

al que aún no hemos visto;

 

* * *

 

no es que yo quiera

renacer,

pero en algún sitio

entre esta vida y la otra

imagino un lugar

donde el alma

se purifica,

como el agua turbia se filtra por las huevas de los peces

y por las venas

de las flores de primavera;

y que esto acontece sin más,

como un huevo, o un amanecer,

la sensación de quien se levanta a oscuras

y se viste tras la ventana, mirando afuera

las estrellas, aquí y allá, o un árbol vecino; y oye un ruido lejos, idéntico al amor, o un tren que pasa,

y se siente los huesos en su lugar

y tensa sus nervios,

y se prepara para salir de nuevo

al mundo que conoce,

sin poder controlar su desconcierto

ante aquello que no puede permitirse obviar.