Dones
III. Nocturno
El último crepúsculo trepa por las paredes
del Ayuntamiento;
en Fleurs du Large,
hay guirnaldas navideñas
y luces de Navidad que encienden las hojas
de hiedra y abeto,
la ventanita
es un recuerdo
de la niñez
en el país de nunca jamás;
pero ahora están cerrando:
es tiempo de bares
o de la absoluta tranquilidad del hogar,
donde, con solo dar vuelta a la llave,
todo
cuanto ama los cuartos vacíos
—mota de polvo, ángel,
reloj de arena o juego de sombras–
se disipa, o desaparece,
cuando aprietas el interruptor
y algo,
no necesariamente la luz, sino
una narración de la luz,
un simulacro, dorado, complejo,
recomienza, igual que una
historia:
mesa, espejo,
ramo de rosas, fotografía.
En la rue de Saillé
un pequeño gingko se alza
sobre su propia
luminiscencia;
los faros
giran en la oscuridad
y se encuentran con las olas,
blancas sobre el agua,
luz de luna, azul cobalto,
la resplandeciente satsuma
o cereza
de las luces de emergencia,
el postrero malva de la tarde
ardiendo
en el horizonte: anochecer,
eternidad.