Dones

John Burnside · Capítulo 46 de 46

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Dones

VI. Regreso

 

El maizal se llena de alondras;

y hay un hervidero de ellas

a última hora del día

en lo alto del bosque, donde los pájaros mosquiteros y las currucas hablan

de sombra a sombra, convirtiendo el aire

en un canto que brota de la nada.

Cada cosa traza el mapa de su mundo

y el mundo es, al cabo,

la suma

de todas las navegaciones:

redes de pánico y nostalgia

caminos que son ramas de un tojo,

el río que al anochecer

se diluye en los dominios

del ganado y las abejas;

y nada es tan verdadero como la penumbra de la casa: las luces del porche, que tan bien conocemos, los campos de guisantes y las encrucijadas, el paso de los ciervos, el estanque originario, los prados llenos de pájaros, la traicionera

curva,

la ancha noche que huye

a los campings y las granjas,

o a donde, vestidos de azul y rojo

y en medio de la lluvia,

los chicos ensayan el juego perfecto de hockey. Este es el mapa del siempre, todo trampas y temblores, el fulgor de una estrella en la distancia, un fuego que arde, las anguilas que trazan su cartografía en el camino de sirga entre dos ríos, la delicada belleza de la senda que nos conduce a casa, y en algún sitio en el sueño de este sueño,

la casa que se esconde entre las casas que conozco, casa-rana, casa-estrella, casa de seda y tubérculo,

las tribus de visitantes que vienen y van

tocados del verde del bosque, del verde del agua, las formas que he entrevisto en el placer y el pánico: palmas como destellos frente a los faros del coche; peces, más blancos que la tiza, en las grietas de la tormenta, y en algún sitio en el sueño de este sueño, media hectárea, quizá, de pinos y sicomoros, donde la gente pasea, sin razón,

al atardecer,

compartiendo secretos, dolores, anhelos,

o donde, solitaria, sueña con su tesoro

de fotos obscenas: piel y metal

y tercas mujeres que esperan ser castigadas

pero la casa es el lugar donde sucede todo: pánico y placer, los encuentros con el dios con olor a cabras;

los ángeles calvos que surgen de la lluvia;

aquí, en esta franja de tierra boscosa, conduciendo hacia el norte a través de lo que antes he visto y oído

aunque no veo suficientemente lo que tengo ante los ojos, y no oigo nada con certeza, ni siquiera la lluvia que flota bajo el hechizo de las lámparas

de la calle y de las ventanas de las buhardillas a un kilómetro de mi destino, todo lo visto

y oído, todo lo que sé

apunta al yo, o mejor, a esa sensación

de lo que pude haber sido, que se escapa de pronto, perfecta, como la rumorada nevasca

que nadie atestiguó jamás, aunque se dice

que sucedió a dos calles de aquí,

y que mucha gente sensible, como nosotros, dejó lo que estaba haciendo y corrió afuera

en mangas de camisa, arrastrada por el instinto al sitio en que la nieve formó cuerpos, y donde olas de sonido y luz se convirtieron en dedos, párpados, hombros, cabello.

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John Burnside

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