Dones
VI. Regreso
El maizal se llena de alondras;
y hay un hervidero de ellas
a última hora del día
en lo alto del bosque, donde los pájaros mosquiteros y las currucas hablan
de sombra a sombra, convirtiendo el aire
en un canto que brota de la nada.
Cada cosa traza el mapa de su mundo
y el mundo es, al cabo,
la suma
de todas las navegaciones:
redes de pánico y nostalgia
caminos que son ramas de un tojo,
el río que al anochecer
se diluye en los dominios
del ganado y las abejas;
y nada es tan verdadero como la penumbra de la casa: las luces del porche, que tan bien conocemos, los campos de guisantes y las encrucijadas, el paso de los ciervos, el estanque originario, los prados llenos de pájaros, la traicionera
curva,
la ancha noche que huye
a los campings y las granjas,
o a donde, vestidos de azul y rojo
y en medio de la lluvia,
los chicos ensayan el juego perfecto de hockey. Este es el mapa del siempre, todo trampas y temblores, el fulgor de una estrella en la distancia, un fuego que arde, las anguilas que trazan su cartografía en el camino de sirga entre dos ríos, la delicada belleza de la senda que nos conduce a casa, y en algún sitio en el sueño de este sueño,
la casa que se esconde entre las casas que conozco, casa-rana, casa-estrella, casa de seda y tubérculo,
las tribus de visitantes que vienen y van
tocados del verde del bosque, del verde del agua, las formas que he entrevisto en el placer y el pánico: palmas como destellos frente a los faros del coche; peces, más blancos que la tiza, en las grietas de la tormenta, y en algún sitio en el sueño de este sueño, media hectárea, quizá, de pinos y sicomoros, donde la gente pasea, sin razón,
al atardecer,
compartiendo secretos, dolores, anhelos,
o donde, solitaria, sueña con su tesoro
de fotos obscenas: piel y metal
y tercas mujeres que esperan ser castigadas
pero la casa es el lugar donde sucede todo: pánico y placer, los encuentros con el dios con olor a cabras;
los ángeles calvos que surgen de la lluvia;
aquí, en esta franja de tierra boscosa, conduciendo hacia el norte a través de lo que antes he visto y oído
aunque no veo suficientemente lo que tengo ante los ojos, y no oigo nada con certeza, ni siquiera la lluvia que flota bajo el hechizo de las lámparas
de la calle y de las ventanas de las buhardillas a un kilómetro de mi destino, todo lo visto
y oído, todo lo que sé
apunta al yo, o mejor, a esa sensación
de lo que pude haber sido, que se escapa de pronto, perfecta, como la rumorada nevasca
que nadie atestiguó jamás, aunque se dice
que sucedió a dos calles de aquí,
y que mucha gente sensible, como nosotros, dejó lo que estaba haciendo y corrió afuera
en mangas de camisa, arrastrada por el instinto al sitio en que la nieve formó cuerpos, y donde olas de sonido y luz se convirtieron en dedos, párpados, hombros, cabello.
Terminaste Dones
John Burnside
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