Dones
V. Disfraces
En sueños me acuerdo
de la niñez:
cruzamos a la parte más lejana del pueblo
para empezar por los desconocidos,
avergonzados de pedir favores
a los nuestros, y pensando que los otros
son ricos, a juzgar por sus popurrís
y antimacasares,
aunque, igual que a los demás, lo que más me gusta es ir por donde nos lleva el viento,
y con mi traje de pirata, plantarme ante una casa ajena y sentir el aroma del hogar de otro:
café y gelatina, pétalos, libros, achaques,
restos de polvo en los bordados de un chal
abandonado sobre una silla, ese olor de las pantallas de las lámparas en las tardes de invierno; todo eso que ellos dan
por sentado: cerezas
glaseadas, cera de velas,
y la lenta desaparición de todos,
que avanza, cada vez más lejanos
los amores de la niñez: las decepciones compartidas en silencio, llegaban, con cada Halloween,
a parecer, cada vez más,
bendiciones, cuando se entretenían junto a la puerta
a atestiguar cómo los mirábamos:
ojos húmedos, asomándose, descubriéndonos
en lo oscuro, como amigos a quienes no se ha visto más —un pirata, un limpiachimeneas, un rey–
llegados del primer frío del invierno
y espolvoreados de nada.