Dones
III. Refugio de eíderes
Durante días voy y vengo
en un sueño de plumas,
mis dedos, un frenesí de luz
mientras lleno la tetera,
mi casa, la intranquila reflexión
de lo que he construido
con trozos de ramas, con guijarros,
para acoger a los pájaros.
De noche, mi mujer se echa
a dormir entre los santos,
y yo me desvelo
escuchando un sonido
más allá del viento,
más allá del batir de las alas,
y mientras aguardo sentado, reconozco,
como lo haría un ciego,
los espacios,
y las amplias estancias familiares.
¿Puede entender mi mujer,
o le importa,
si no solo la calidez
vuelve conmigo
en noches como esta
a finales de año?
Un rumor de vuelo,
un don del mundo legible
cubre la cama que ha hecho
con inconmensurable amor.