Dones

John Burnside · Capítulo 38 de 46

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Dones

III. Gwenn ha du

 

Recuerdo la canción que mis tíos y primos

cantaban de vuelta de Woodside, camino a casa, manchados de astilleros y de minas, acunados en humo, cantando a gritos, por calles y callejones entorpecidos de lluvia, para oír el eco volver de las piedras

como un déjà vu:

…and still I live in hope to see the holy ground once more.

Lo que ellos buscaban entonces, no era

sino un nuevo comienzo,

el negro que ocasiona el blanco, y el blanco que ocasiona el negro; un alma más antigua, exhumada de la carne y de los huesos, que continuara el viejo relato

de la humanidad como una melodía, el goce salvaje de la música de las gaitas, la memoria pagana,

la procesión de los ancestros emergiendo del océano, la casa que se asoma entre la niebla

y en la que reconocemos nuestro hogar.

Y pienso, ahora, en su descarnado amor

y en ese instinto animal que yo comparto, en los nervios y los huesos, de algo urgente que brota de los veneros de la tierra sagrada: lo arduo cotidiano,

las bocas de las minas y los muelles, los puertos y las praderas, los boquetes en los setos, el rumor del agua corriente, hectáreas de niebla y zarzas donde algo que perdí volvió transformado, equidistante de todo recuerdo.

No hay aquí ninguna permanencia, ningún imperio proyectado: esta es la tierra sagrada donde nada sucede, un lugar que podemos tener por nuestra casa, siempre que entendamos que no se puede conservar, que no puede tomarse ni entregarse: cormoranes, ibis, garzas blancas, los pájaros costeros y las aves zancudas; el turista japonés; la chica del bar de la playa;

los espíritus de los clanes; los santos de los últimos días y los autonombrados defensores de la canción y de la guerra; los muertos imperturbables: todo pasa por aquí, pero ese pasaje es lo que

ahora reconocemos como un santuario;

y, muchas veces,

nada sucede:

el mundo que se retiraba como la marea vuelve, la racha de viento, los bagadou de las callejuelas, las voces de los niños

reunidos bajo un ciprés;

lo que importa entonces no es el relato,

y tampoco el evento, sino el dobladillo apenas hilvanado de la anunciación del instante;

lo que importa es el punto en que nada importa: el boquete en el seto, la hectárea de niebla y zarzas, y cómo lo sagrado —lo arduo cotidiano–

vuelve a nosotros en cantos y supersticiones,

ámbar que arde en los nervios y en el cerebro razonador, débil llama que nada extinguirá jamás.