Dones
II. Idir eathara
y los muertos siguen entre nosotros,
cada día
vienen tierra adentro desde el cabo: los magros muertos tocados con la sal de la distancia,
marcados con el azul
de los lechos de ostras,
sus caras entrevistas y extraviadas
entre los árboles, en otra costa;
y seguro que también están aquí aquellos otros,
los no nacidos aún,
con el rastro del mundo que vendrá
en los párpados y los dedos,
con los nombres que han de recibir y que llevarán hinchándose al viento, o quemados por el sol;
aunque no lo parezca, la quietud de la tarde
continúa, mientras un hombre vestido con ropa de trabajo
se afana en su barca;
una joven se dirige a la orilla
empujando una silla de ruedas: su madre, digamos,
o una amiga
de la familia, envejecida y pobre,
que sobrevive,
quizá,
gracias a algo
lejano: una frecuencia,
un cielo
que nadie más puede ver
otro tiempo
que se abre en la luz que la acompaña a la calle y pasa por el ojo de una aguja:
una forma
tan incolora como el nacimiento
de la memoria.
Quizás ella sabe que va
a encontrarse de nuevo con ellos, y quizás hasta sabe sus nombres: niños que se ahogaron en el mar en los límites de Port aux Rocs,
la tía abuela que cayó en un sueño
de manzanas y de impoluto lino
en Le Paradis.
El hombre de la barca hace a un lado
sus herramientas, se quita
las gafas protectoras y observa
lo que queda por hacer; tiene manchas de pintura y aceite en los dedos, los ojos del color del mar
ahondados por años
de luz marina,
pertenece a otro tiempo, al oficio y las conjeturas de algún viejo clan de marineros, preparados para partir
en todo momento, muchas veces
dados por perdidos, negociados con el cielo
en cada oración o canto que encargaron
a otros cantar o murmurar en la oscuridad
mientras ellos salían al océano, con los muertos y los nonatos,
prometidos al espacio que han atisbado
pero que no pueden explicar,
a kilómetros de distancia de lo que conocen: la capilla, el puerto, la risa de las mujeres, la música de las tardes de verano.