Dones
III. Camino de tierra
Algo entre cobre
y azul aciano,
vivo, huyendo a saltos
de los faros del coche
y cuando el motor se apaga un
súbito silencio que pide ser llenado
a gritos por búhos o cigarras;
otro diría: solo después
de muertos tendremos
palabras para tales cosas:
el olor a diesel
que nos moja los dedos,
el cielo, que no para jamás
de moverse,
la desbordante maleza, ceñida de algún modo
a sus límites; la tierra, suave bajo los pies,
frontera que
se modifica
y dispersa,
aunque, al final, es lo que parece:
otro color, más bien rojo, o malva,
un escalofrío que nos recorre, más
urgente que un beso,
como un cálido mensajero
que nos despertase en la oscuridad.