Dones

John Burnside · Capítulo 40 de 46

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Dones

V. Península

 

o una postal de La Côte Sauvage: Le rocher de l’ours, el camino al paraíso, el Ocearium,

Baie de Cailloux, Plage de Port-Lin,

La Pierre Longue.

Nada es como fue: incluso el pasado

cambia, renovado por la percepción

del pasado, la presqu’île requerida

por la tradición: bagad

y marisma, piedra erguida

y tumba.

Las casas que coronan los riscos esperan, como refugiadas de los cuadros de Hopper: cajas llenas de luz

y silencio

y de gente que imagino

yendo de habitación en habitación, o contemplando sus ventosos jardines, semidesnudos,

o recostados en sus soleados lechos,

gente de otro tiempo y lugar,

mujeres vestidas de rosa, o con enaguas amarillas, viejos con cara de pájaro,

que se aferran a un vaso de bourbon.

Aquello ya es tradición: estampas y pósters,

lo reconocible, lo universal,

escenas de una película que vi en el la universidad y que apenas recuerdo: Vértigo,

o una película de Tati, un reflector

sobre los cipreses y las blanqueadas

casas; arena

para los folletos; arena

y agua, donde los enamorados pasean

a la luz de la luna

o donde la joven muerta enjuaga,

intacta, su belleza

incorruptible.

Nadie se topa frente a frente con los mensajeros, pero a veces entro en la habitación cuando acaban de partir,

o, cruzando la arena, en la quietud de la tarde,

oigo la voz que musitaba en mi cabeza

mucho tiempo atrás, antes de que los ángeles se convirtieran en niños cantores con alas;

y sé lo que estamos perdiendo, de un momento a otro, con el modo en que los nombres perpetúan el mito

de lo que han reemplazado:

molino de viento y dolmen,

prado y muelle de pescadores:

un país aprendido de nuevo y olvidado, como los muertos que andan entre nosotros, esperando un día

que los revele, en su camino de lo conocido

a lo extraño, a la capilla y al puerto y al hogar; en su lento retorno de la memoria al nacimiento, y a todo lo que hay entre los dos: el mar, el cielo, la risa de las mujeres; la música de las mañanas de verano.