Dones
V. Península
o una postal de La Côte Sauvage: Le rocher de l’ours, el camino al paraíso, el Ocearium,
Baie de Cailloux, Plage de Port-Lin,
La Pierre Longue.
Nada es como fue: incluso el pasado
cambia, renovado por la percepción
del pasado, la presqu’île requerida
por la tradición: bagad
y marisma, piedra erguida
y tumba.
Las casas que coronan los riscos esperan, como refugiadas de los cuadros de Hopper: cajas llenas de luz
y silencio
y de gente que imagino
yendo de habitación en habitación, o contemplando sus ventosos jardines, semidesnudos,
o recostados en sus soleados lechos,
gente de otro tiempo y lugar,
mujeres vestidas de rosa, o con enaguas amarillas, viejos con cara de pájaro,
que se aferran a un vaso de bourbon.
Aquello ya es tradición: estampas y pósters,
lo reconocible, lo universal,
escenas de una película que vi en el la universidad y que apenas recuerdo: Vértigo,
o una película de Tati, un reflector
sobre los cipreses y las blanqueadas
casas; arena
para los folletos; arena
y agua, donde los enamorados pasean
a la luz de la luna
o donde la joven muerta enjuaga,
intacta, su belleza
incorruptible.
Nadie se topa frente a frente con los mensajeros, pero a veces entro en la habitación cuando acaban de partir,
o, cruzando la arena, en la quietud de la tarde,
oigo la voz que musitaba en mi cabeza
mucho tiempo atrás, antes de que los ángeles se convirtieran en niños cantores con alas;
y sé lo que estamos perdiendo, de un momento a otro, con el modo en que los nombres perpetúan el mito
de lo que han reemplazado:
molino de viento y dolmen,
prado y muelle de pescadores:
un país aprendido de nuevo y olvidado, como los muertos que andan entre nosotros, esperando un día
que los revele, en su camino de lo conocido
a lo extraño, a la capilla y al puerto y al hogar; en su lento retorno de la memoria al nacimiento, y a todo lo que hay entre los dos: el mar, el cielo, la risa de las mujeres; la música de las mañanas de verano.