Dones
Cerca de Pittenweem
I. CASA
Estudiábamos para amar el frío,
para amistarnos con él, para que fuera nuestra casa,
dado que nada
era más cierto,
ni el campanario ni el pozo,
ni las campánulas ni el anillo de la abuela;
y aun así éramos expertos
en deshielos,
en cartografiar pantanos,
mientras esperábamos que florecieran los geranios silvestres,
en resistir la corriente de los ríos
en las noches de abril
hasta que todos nuestros sueños
se poblaban de agua.
Ahora, un sol nuevo se reconcentra
y se unta como mantequilla
por los campos
y los árboles torcidos que bordean la carretera,
y un buitre que anida en el buzón de la cerca
extiende sus alas
y vuelve a aquietarse;
no soy una amenaza para él:
hombre sin perro y sin arma, que recorre su última frontera, midiendo sus pasos, haciendo el bien,
no pertenezco a este sitio, escojo
quedarme:
comprometido con el primer deshielo, visible,
en la intemperie;
habituado a los secretos,
y guardando lo mejor de mí
para su uso privado;
la cuchilla fría apretada en el puño
o un trozo de cuerda;
el cuerpo dispuesto para el arduo
trabajo que hay que hacer
no importa cómo.
La primavera ha vuelto:
las noticias hablan de crecidas
y de ahogados,
del dique que se ha roto,
de la barca que se hundió,
de mujeres y niños
con los rostros surcados de miedo,
de cuerpos hinchados
que yacen sobre los bancos de arena;
y aun así, a la distancia,
es difícil obviar la belleza,
la quietud que impera
sobre el cotidiano caos de los pecios.
Sobre un puente de sacos,
entregados a la lluvia,
los equipos de rescate trabajan en la oscuridad, cada cual con su secreto, destinando lo mejor de sí a la esperanza,
del modo en que las cosas más frías
nos la dan:
crecidas, nevascas,
la niña aterida que han rescatado con vida
del naufragio, traído
de vuelta a nuestra única casa:
el frío que hiela, la luz de las estrellas,
donde se entrelazan muertes y murmullos,
buitres y estorninos,
que vienen y van,
con la hueva de los estanques,
y se entretejen la hierba y el deseo.