Dones

John Burnside · Capítulo 31 de 46

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Dones

Cerca de Pittenweem

 

I. CASA

 

Estudiábamos para amar el frío,

para amistarnos con él, para que fuera nuestra casa,

dado que nada

era más cierto,

ni el campanario ni el pozo,

ni las campánulas ni el anillo de la abuela;

y aun así éramos expertos

en deshielos,

en cartografiar pantanos,

mientras esperábamos que florecieran los geranios silvestres,

en resistir la corriente de los ríos

en las noches de abril

hasta que todos nuestros sueños

se poblaban de agua.

Ahora, un sol nuevo se reconcentra

y se unta como mantequilla

por los campos

y los árboles torcidos que bordean la carretera,

y un buitre que anida en el buzón de la cerca

extiende sus alas

y vuelve a aquietarse;

no soy una amenaza para él:

hombre sin perro y sin arma, que recorre su última frontera, midiendo sus pasos, haciendo el bien,

no pertenezco a este sitio, escojo

quedarme:

comprometido con el primer deshielo, visible,

en la intemperie;

habituado a los secretos,

y guardando lo mejor de mí

para su uso privado;

la cuchilla fría apretada en el puño

o un trozo de cuerda;

el cuerpo dispuesto para el arduo

trabajo que hay que hacer

no importa cómo.

La primavera ha vuelto:

las noticias hablan de crecidas

y de ahogados,

del dique que se ha roto,

de la barca que se hundió,

de mujeres y niños

con los rostros surcados de miedo,

de cuerpos hinchados

que yacen sobre los bancos de arena;

y aun así, a la distancia,

es difícil obviar la belleza,

la quietud que impera

sobre el cotidiano caos de los pecios.

Sobre un puente de sacos,

entregados a la lluvia,

los equipos de rescate trabajan en la oscuridad, cada cual con su secreto, destinando lo mejor de sí a la esperanza,

del modo en que las cosas más frías

nos la dan:

crecidas, nevascas,

la niña aterida que han rescatado con vida

del naufragio, traído

de vuelta a nuestra única casa:

el frío que hiela, la luz de las estrellas,

donde se entrelazan muertes y murmullos,

buitres y estorninos,

que vienen y van,

con la hueva de los estanques,

y se entretejen la hierba y el deseo.