Dones
III. Vargtimmen
En esos relatos en los que una vida
se transforma en otra
—niños en cuervos, mujeres en cisnes errantes,
incluso el chico al que el azar transforma en oso en un sótano, en historias
que no acabamos de creer,
puesto que al cabo
nadie cree
en ninguna transformación—,
el momento que reconocemos
decisivo, el punto de inflexión,
es cuando el que cambia se mira a sí mismo
a través de la lluvia, o la niebla,
o el vapor de una carretera caldeada por el sol,
y comprende que lo que ha quedado atrás
no es la vida que poseía, que no es eso
lo que abandona,
sino apenas un relato que aprendió
mientras se llevaba a cabo el presente,
y él se aferraba al timón y mirando detrás del hombro,
o dando cuerpo a los rumores de una muerte
que adivinó desde el principio: el repentino desplomarse; el escape de gas por la noche; la epidemia;
la laguna en la memoria del agua;
el chico que cayó en las fauces
de un oso
que lo mató, mientras, unos metros más allá,
su madre cosía un dobladillo
o preparaba la cena.
O contémoslo de otro modo: que creció
y contrajo matrimonio; se compró una barca;
crió a sus hijos;
digamos que se hizo viejo
y aun así nunca se miró en el espejo
al anochecer, cuando en el embarcadero
el crepúsculo
no era más que una sombra azul
donde todo lo perdido se hace
visible,
el dios del légamo y los naufragios se emborronó en el vidrio nublado, como si una mano hubiese conseguido
tallar su cara
y hacerlo parecer
distinto:
¿qué si él hubiese vivido su vida como siempre deseó, ni más ni menos,
sin fantasmas en la puerta, sin belleza oculta,
sin sospechosos cuencos, dispuestos y luego
olvidados, llenos del delicado azul
de un atardecer extraño?
seguro que el cambio aguarda, y arribará
en el momento menos esperado:
el casamiento de la nieta, una parada a la vuelta del supermercado;
seguro que la forma que más teme llegará reclamándolo, desde más allá de los cuentos que conoce, más allá del mundo que posee descuadrando su lógica, proponiendo una más antigua