Dones
XI. Lares
Toda la tarde te he oído
ir de un cuarto a otro, como quien ofrece
el don de su presencia vigilante, o un atisbo
del sol que se demora en los pliegues
de las cortinas
o de las sombras que se agitan
en el muro —gorriones o golondrinas en vuelo, más pájaros que los pájaros.
Como tú, hoy mismo he sentido ese espacio de la casa, donde, entre el vaivén de las puertas abiertas,
aparecen los mensajeros, las
visitaciones: los rojos claveles del vaso, la curva de un cuenco.
Pasan semanas sin que acertemos a mirar así
la semimagia que se esconde en el trabajo
de ser, un día detrás de otro,
creación de nosotros mismos;
pasan meses como fantasmas hasta que
preparando el baño, o haciendo la colada,
volvemos a descubrirnos bajo la luz de la casa, doblando una hoja o sirviéndonos un vaso de leche, aliviados, en el lustroso aquí y ahora.