Dones

John Burnside · Capítulo 41 de 46

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Dones

Ny-Hellesund

 

I. NÅR VI DØDE VÅGNER

 

Un hombre descubre el rumor de una lancha

y alza la cara:

es su esposa, que regresa de Kristiansand;

su esposa, o un vecino, o un visitante inesperado, un amigo de la ciudad, el sobrino que vive en una isla cercana, una joven a la que nunca ha visto, en una lancha que no es suya: cruza su ángulo de visión, y después desaparece;

el hombre oye el rumor lejano de un motor

y su hermosa soledad termina, los bosques se desdibujan: allí había algo que quería arreglar, algo que amaba, y no importa cuánto tiempo ha pasado sentado, qué tan pronto se ha levantado de la

cama,

la brecha entre la sombra y la luz se ha esfumado, se ha escapado entre los bosques,

de isla en isla,

así que, en su cuarto, en la parte superior de la casa, solo queda el olor de su piel —que él confunde con su espíritu—, el humo del fuego de anoche, la tierra, el césped, y aquello que el cuerpo ofrece de sí

a cada viaje, a cada cosa secreta

que cruza la oscuridad y después se desvanece: no yo: historia; no yo: lugar.

Un hombre oye el rumor de una lancha,

y es como un regalo:

quizás haya pasado su vida allí

y por eso conoce el pozo comunal,

sus aguas, su añosa valla de piedra,

sabe cómo, en las noches de verano, cuando arden las fogatas, el mundo reitera su promesa, su don inconsútil, de manera que todo regresa, transformado,

no con la forma con que se ha sumergido antes en el agua quieta,

no en los fantasmas que rondan por los muelles veraniegos, ancestros hace tiempo muertos que, fijados en vidrio y plata, sostienen su yo en una pose, frente a un cariño que ha empezado a cambiar, como algo que, lejos, a la izquierda,

atrapa la vista —una sombra, o cierta presencia animal—, y abandonan callados aquello

que creían indispensable, mientras la película

continúa;

o como un borracho que, de camino a casa,

se agacha de pronto

frente a un panal

y salva a un pájaro herido, y lo lanza al cielo:

todo regresa, transformado,

igual que una conciencia perdida

sobrevive al pánico

y se recupera, ni serena ni intacta,

pero se recupera, de nuevo, para mirar un resplandor y reconocer en este una pista: un pájaro herido, un fuego que arde entre las rocas, aquella persiana