Dones
II. Bisbitas costeros
Cuando cantan desde las paredes del puerto, entre cuerdas enmohecidas y grandes canastas de peces, parecen los aprendices de otros pájaros más
auspiciosos:
el fulmar, por ejemplo,
para quien este aire salado y dulzón no es
destino, ni hogar;
o lejos, a la sombra de la ventosa iglesia,
un kilómetro tierra adentro, el zorzal charlo,
que canta para sí, como salido de un sueño,
una canción aún más pura;
y sin embargo, ¿por qué soñarían con renacer los que no son intento de nada, y solo revolotean de aquí allá
por la costa, en una marea de piedras?
Todo los alimenta: las algas, las sombras, la luz,
y cada grieta es una nueva casa
de especias y agua, igual que para aquellas aves gemelas que vagan por la montaña, casi humo, entre el río y el cielo de hueso.