Dones
V. La brière
Resulta que lo que llamamos alma
es sobre todo sonido;
no canto, sino evocación de pájaros
o de agua que corre,
de un remo que chapotea
y se hunde,
de barcazas que golpean el muelle
en la tranquilidad de sus amarras;
la muerte será, por tanto, el más lento
y más seguro apagarse que podamos imaginar; no mera extinción, como la del silencio
de la ciénaga, cuando por la noche los patos, en grupos de tres y de cuatro, llegan a chapotear, buscando la tierra oscura; no la pausa de un momento: la decadencia absoluta en que la ausencia es una forma
de generación.
Afuera, en la oscuridad de esta noche,
nuestras voces vienen y van
como abejas al acecho;
no hay sitio para el que parte, sino el lugar
de su propio comienzo:
un nombre cualquiera, una palabra, la variación sutil de lo durable, el fulgor indecible,
no cielo, tierra o carne,
sino algo aún más fino:
la llamada a cruzar el lago que creías
la nada, aunque continuamente acontece;
principio y fin,
pisada, hoja que cae, silencio.