Dones
Cuatro cuartetos
SAINT-NAZAIRE[*]
I. L’IMPASSE DE L’OCÉAN
Hay hojas a la deriva por los callejones
que rodean la iglesia católica
de Saint-Nazaire,
liofilizadas, silenciosas, del color del papel de estraza, se amontonan en los rincones, entre farmacias enrejadas y peluquerías desiertas,
o revolotean por las callejuelas rotas
hasta que todo se vuelve polvo: hojas y tallos
y montones de arena, todo
in pulverem , menos
las crestas rocosas de los guardacantones
y los ganglios nerviosos de los ciclamores caídos.
Camino por barrios pobres, sin viento
—bloques, perros, cristales rotos, chantiers—, en dirección al cielo y al olor de la marea,
y leyendo los nombres en un mapa: rue Lumière, impasse de Toutes Aides,
impasse de l’Océan.
En algún sitio tañe una campana,
aunque no puedo precisar
si es en la iglesia
o en altamar;
cuando cae la tarde, el agua se desangra
en el rosado horizonte por el que los barcos parten
hacia las pesquerías, o hacia otras ciudades portuarias como esta;
las luces solo brillan
en la distancia, y no importa donde estemos
el mar siempre queda en otro sitio. La constancia de las gaviotas y de las focas está
fuera de lugar cuando la luna sale
y flota sobre los neones centelleantes, letreros
de Europop o de supermercados Champion;
los niños pedalean por los hangares abandonados de los submarinos alemanes, hay muros bombardeados por motores y fumarolas exhaustas que coronan los muelles
y luces que tiñen el agua de azul.
En el puente a Petit Maroc,
un letrero: VAGUER LA NUIT
DANS DES LUMIÈRES NARRATIVES,
una invocación, tal vez, o una oración,
aunque en realidad no hay más que lo que dice:
el viento en mis ojos
y la helada luz del aire
mientras vago de una lámpara a otra hasta el borde de la noche,
y me detengo sobre el quai des Marées
a mirar
el océano.