Dones
II. Continuum
– Mor, gi’ mig solen —
Lluvia fresca;
y después el sol y los pájaros
que vuelven;
iluminada y llena de cantos, la isla torna a su sitio como cuando se abre el telón
de un teatro: luces
y voces
y la ocasional sensación de haberse ido
del mundo y estar de regreso ahora
mientras la historia continuaba.
Viene del amor y del sufrimiento;
viene del miedo;
ese repentino, inmaculado titubeo del corazón,
cuando decides volver
y todo se disipa en la luz
—el puerto y las nubes negras, los recuerdos, los amigos–
hasta que no hay más que el yo:
ese espacio
en que todo puede esconderse;
y a veces viene del goce: no del
placer, o de la impresión de reencontrarse
con la vida, sino del empavorecido sumergirse
al tiempo que algo sucede, como un cambio de velocidad, o como ese momento en las películas de los cincuenta en que todos se vuelven de pronto y el desconocido está ahí
encendiendo una cerilla
o sacudiéndose la nieve
del cuello;
y, en realidad, no es a lo que te refieres cuando dices que estás solo;
no importa por qué, siempre hay un escalofrío
cuando aquello se fuga de tu mente
y te descubres solo,
el viento entre las hojas, la lluvia que golpea tu cara,
la luz del muelle
como algo que no acaba de llegar nunca
y que nunca decae
en el verdor.
Imagina un dios que saliera
de la nada: la huella
de un mordisco en el corazón, la descuidada uña que hiriera el fulgor del ojo,
el estremecimiento hasta la médula,
y pregúntate
cómo es posible rezar,
si no es a alguien extraño, semejante a la marea:
la hoja que atraviesa la ventana,
la enloquecida piel
que se despliega en la oscuridad;
y si estas oraciones brotan
del miedo, o de alguna extraña forma
de añoranza, como el sonido que los pájaros hacen
al anochecer,
llamándose
a lo largo de la playa;
así recemos
a un dios, o al peso de una ausencia,
lo que importa es que la historia continúa
siempre
por los campos de la transformación:
terror, un paso inconmensurable
en la senda del ocultamiento;
el ocultamiento, la puerta escondida a las corrientes que hay más allá.