Dones

John Burnside · Capítulo 42 de 46

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Dones

II. Continuum

 

– Mor, gi’ mig solen —

 

Lluvia fresca;

y después el sol y los pájaros

que vuelven;

iluminada y llena de cantos, la isla torna a su sitio como cuando se abre el telón

de un teatro: luces

y voces

y la ocasional sensación de haberse ido

del mundo y estar de regreso ahora

mientras la historia continuaba.

Viene del amor y del sufrimiento;

viene del miedo;

ese repentino, inmaculado titubeo del corazón,

cuando decides volver

y todo se disipa en la luz

—el puerto y las nubes negras, los recuerdos, los amigos–

hasta que no hay más que el yo:

ese espacio

en que todo puede esconderse;

y a veces viene del goce: no del

placer, o de la impresión de reencontrarse

con la vida, sino del empavorecido sumergirse

al tiempo que algo sucede, como un cambio de velocidad, o como ese momento en las películas de los cincuenta en que todos se vuelven de pronto y el desconocido está ahí

encendiendo una cerilla

o sacudiéndose la nieve

del cuello;

y, en realidad, no es a lo que te refieres cuando dices que estás solo;

no importa por qué, siempre hay un escalofrío

cuando aquello se fuga de tu mente

y te descubres solo,

el viento entre las hojas, la lluvia que golpea tu cara,

la luz del muelle

como algo que no acaba de llegar nunca

y que nunca decae

en el verdor.

Imagina un dios que saliera

de la nada: la huella

de un mordisco en el corazón, la descuidada uña que hiriera el fulgor del ojo,

el estremecimiento hasta la médula,

y pregúntate

cómo es posible rezar,

si no es a alguien extraño, semejante a la marea:

la hoja que atraviesa la ventana,

la enloquecida piel

que se despliega en la oscuridad;

y si estas oraciones brotan

del miedo, o de alguna extraña forma

de añoranza, como el sonido que los pájaros hacen

al anochecer,

llamándose

a lo largo de la playa;

así recemos

a un dios, o al peso de una ausencia,

lo que importa es que la historia continúa

siempre

por los campos de la transformación:

terror, un paso inconmensurable

en la senda del ocultamiento;

el ocultamiento, la puerta escondida a las corrientes que hay más allá.