Dones
II. Tierra
Hubo algo que oí en el viento:
gansos, o el aullido de una zorra,
o algo así, más allá de las palabras;
y algunas veces, por la noche, sintiéndome solo en la oscuridad, intento mirar qué es lo que hay entre el campo cercano y la puerta de la cocina:
los viejos conocidos que se mueven entre la hierba más allá del jardín; fantasmas mudos venidos del mar; dioses a los que solo recuerdan las piedras y los bulbos,
que se alzan como el humo, esperando que se les reconozca en el canto de un pájaro, o en la escarcha que promete la noche; y sin embargo nada tiene una forma que yo reconozca,
no hay figuras como las de los libros ilustrados, ni helados rostros apretados contra la
ventana,
no hay una joven que llora en el ático, o que abraza una muñeca, no hay misteriosos cánticos, lejos, detrás de la cerca
en una tarde de agosto.
Esta noche, cuando me pongo a imaginarlo, no hay nada allí, acaso una neblina húmeda sobre los rodrigones abandonados,
un viso de luz, o algo parecido a un grito
que puede no haber sido nada:
solo el otro, el
mundo infinito, aunque completamente perdido en el tiempo
en un círculo de luz,
un murmullo que llega con el viento,
un palmo de terreno
que surge de ninguna parte o que la oscuridad conjura, entre el campo cercano y la puerta de la cocina, para tantearme, para consolarme con nada.