Dones
V. Comienzo
Lo peor es llegar al fin
y no saberlo;
mi madre, por ejemplo,
a punto de morir, actuando
como si el futuro
existiera, cuando para ella no había
sino un presente absoluto,
un vaticinio, que rondaba por sus ojos,
idénticos al frío, o al hollín,
un entierro
que ya se ensayaba entre sus dedos;
o ese buitre; que destripa a su presa
sobre la vía abandonada,
con su último invierno
desplegándose alrededor:
rastros de ovejas
y nieve sucia
y el hondo cielo encima
delatado
por el blanco primigenio
de las estrellas.
Sin duda, la tierra
nos olvida, mientras cruzamos
de un lado al otro:
vivos y muertos,
hermanos, errantes,
desvaneciéndonos a los pies del muro,
como la nieve, o como un imperceptible
cambio en la dirección del viento;
pero no hay fin,
sin embargo,
ni tampoco resurrección,
sino el trabajo sutil
de ser:
nacer
mutabilitie;
el negro
entre el piñón y la nieve;
la carne dispersa,
la dulce interjección del rocío
llegando
a una obvia conclusión:
logos y agua, omphalodes,
huesos cantores,
calor carroñero
que emerge del frío.