Dos soles

Beth Revis · Capítulo 1 de 74

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Dos soles

01. Amy

—Espera —digo con el corazón en un puño.

El dedo de Elder se queda suspendido sobre el botón de lanzamiento. Alza la mirada hacia mí; la preocupación le arruga las comisuras de los ojos y le da un aspecto triste y avejentado. El planeta brilla al otro lado de los hexágonos trasparentes, azul y verde y blanco, la suma de todo lo que deseo. Y sin embargo, la emoción que se retuerce en mi estómago es el miedo.

El terror.

—¿Crees que estamos preparados? —le pregunto casi en un susurro.

Elder se endereza alejándose del panel de mando.

—Ya hemos almacenado todos los materiales de la Fortuna que podemos llevar con nosotros —responde—. Los hemos asegurado para que no sufran durante el aterrizaje…

—Sí, y a las personas también —asiento.

Hemos usado unos cables pesados y resistentes, como el que Elder usó para salir de la nave con su traje espacial. La gente está repartida por toda la sala: junto a las cámaras de crionización, pegada a las paredes… En cualquier rincón que proporcione algún asidero para que no salgan rebotando como pelotas de goma cuando la lanzadera llegue a Tierra Centauri. En realidad, ha sido una chapuza. Me preocupa que los cinturones con los que Elder y yo nos hemos sujetado a los asientos no sean eficaces, pero no hemos podido hacer más. Por más que nos esforzáramos, no podríamos estar mejor preparados.

Pero no me refería a eso con mi pregunta.

Lo que quería decir era esto otro: ¿estamos preparados para afrontar lo que encontremos ahí abajo?

¿Estoy preparada yo?

A lo largo de los años, incluso antes de que la Fortuna llegara a Tierra Centauri, sus científicos enviaron sondas de exploración al planeta. Todas indicaron que era habitable. Pero hay una gran diferencia entre un lugar habitable y un hogar.

Y además, hay monstruos.

Sacudo la cabeza para despejar los pensamientos inquietantes. Las últimas sondas mostraron la existencia de algún peligro desconocido, algo a lo que Orion se refería con el nombre de «monstruos». Algo tan peligroso que el primer Eldest decidió aprisionar a todos los habitantes de la Fortuna dentro de la nave en vez de aterrizar.

¿Qué es peor: enfrentarse a monstruos o vivir atrapado?

Me he pasado tres meses atrapada; para mí, las paredes de la nave no eran un hogar sino una jaula. Pero al menos estaba viva. ¿Quién sabe lo que puede albergar el planeta, qué amenazas tendremos que afrontar?

Lo único que tengo en este momento son preguntas, miedos y un gran planeta azul, verde y blanco que parece mirarme.

Debemos marcharnos. Debemos enfrentarnos al mundo que espera allá abajo. Prefiero morir rápidamente con el sabor de la libertad en los labios que hacerme vieja tratando de ignorar los muros que me aprisionan.

Me digo a mí misma que valdrá la pena. Por alto que sea el precio que tengamos que pagar, valdrá la pena con tal de escapar de la Fortuna. Me digo todo eso a mí misma y trato de creerlo.

Las luces del panel de control parecen hacerme guiños. Elder y yo estamos sentados justo delante. En el suelo, entre nuestros asientos, hay una palanca de metal. El puente principal —la gran sala desde la que se pilotaba la nave— tenía seis asientos y docenas de paneles de control, pero en este puente adicional solo hay dos de cada. Espero que dé la talla. Espero que la demos nosotros.

Alzo una mano temblorosa, no sé si hacia el planeta resplandeciente o hacia el panel de control, y Elder me la agarra.

—Podemos hacerlo —dice en un tono que no deja lugar a la duda.

—Tenemos que hacerlo —replico yo.

—¿Juntos?

Asiento con la cabeza.

Nuestros dos índices aprietan al mismo tiempo el botón: INICIAR LANZAMIENTO.