Dos soles

Beth Revis · Capítulo 45 de 74

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Dos soles

45. Amy

Al día siguiente me despierto bastante antes de que amanezca. El suelo está frío y duro, pero eso no es lo que me impide dormir. Lo que necesito no es mi saco: es Elder. Los recuerdos de anoche se precipitan por mi cerebro y me arrancan una sonrisa tontorrona.

Al cabo de un rato, oigo un murmullo de voces y aparto la pared de tela.

—Buenos días, corazón —dice mi madre al verme—. ¿Quieres café?

Asiento mientras bostezo y me acerco a la mesa. Mi madre llena una taza de metal con el agua que guardamos en un balde y echa en ella unos polvos.

—Casi como en casa —bromea mi padre, y extiende el brazo para que brindemos con las tazas. Luego le da un sorbo al «café» y pone una cara tan cómica que se me escapa la risa.

El desayuno consiste en comida deshidratada, suministrada por el FREX: huevos en polvo que hay que mezclar con agua, galletitas saladas que saben a cartón… Me pregunto cuántos paquetes más nos quedarán en reserva. Los terrícolas los racionan con cuidado y procuran ocultarlos a la vista de los nativos de la nave, que han traído sus propias provisiones, aún menos apetitosas.

Mi padre moja una «tostada» en el «café», como solía hacer en la Tierra.

—Bueno —dice mi madre, sacudiéndose la blusa para retirar las migas—, me voy al laboratorio.

Al oírla me viene a la cabeza lo que descubrí ayer por la noche con Chris. Estoy a punto de contárselo, pero en el último momento me muerdo la lengua. Aún no estoy lista; quiero hablar con Elder primero.

Mi padre se asoma a la puerta y luego se vuelve hacia mi madre.

—No encuentro a Chris —le dice—. Yo te acompañaré al laboratorio. ¿Vienes, Amy?

No quiero ir aún, pero los acompaño a la puerta para despedirme de ellos. Los soles están empezando a asomar y por el poblado empiezan a oírse los ruidos que hace la gente al levantarse, el rumor de sus pasos y sus saludos. Me asombra comprobar lo poco que hemos tardado en acostumbrarnos a esta vida de colonos, lo deprisa que hemos convertido esto en nuestra casa.

Sonrío.

Y entonces, el bosque explota.

Mi padre reacciona de inmediato: se tira al suelo arrastrándonos a mi madre y a mí y nos cubre la cabeza con las manos. El aire parece arder encima de los árboles, y el terreno —la roca maciza de la que está hecha la colina— se estremece y gruñe debajo de nosotros. Por todas partes se oyen chillidos de pánico, semejantes al grito mudo que resuena en mi corazón mientras miro a mi alrededor preguntándome dónde estará Elder. Oigo un pitido estridente, pero no sé si es real o una señal de que me han estallado los tímpanos.

Una nube oscura se eleva sobre el bosque, ocultando los soles y sumiendo la colonia entera en la sombra. El cielo arroja fragmentos de piedra y madera como si granizara; los trozos más grandes no llegan hasta nosotros, pero aun así, las calles del poblado quedan salpicadas de ramas rotas y medio carbonizadas.

—Por Dios, ¿qué ha sido eso? —ruge mi padre.

Los militares empiezan a acercarse a la carrera. Aún no han llegado todos cuando un segundo estallido, este más leve, sacude de nuevo las copas de los árboles.

No puedo despegar los ojos de la extensión carbonizada que hay en medio del bosque.

Justo donde estaba la lanzadera.