Dos soles
41. Amy
Mi madre y yo trabajamos en silencio el resto del día, demasiado apenadas para concentrarnos en otra cosa. No hago más que darle vueltas al asunto del fidus. Si lograra averiguar de dónde proviene, tal vez pudiera deducir cómo ha acabado en el organismo del doctor Gupta, de Lorin, de Juliana Robertson… y de Emma.
Un buen rato después de la hora de la cena, alguien llama a la puerta del laboratorio. Aún no me ha dado tiempo de levantarme cuando Elder abre y se asoma. Solo me hace falta ver su expresión y su mirada huidiza para saber que algo no marcha bien.
—Necesito… necesito hablar contigo —masculla.
—¿Ahora? —pregunta mi madre desde el otro lado del laboratorio—. Amy, aún no hemos terminado el trabajo que…
—Eso puede esperar —la interrumpo, y dejo en la mesa la probeta que estaba manejando.
Mi madre vuelve a protestar, pero la puerta se cierra a mi espalda y silencia su voz.
—¿Qué ha pasado? —pregunto con nerviosismo.
Elder se limita a sacudir la cabeza. Entiendo lo que quiere decir: aunque ya es tarde, hay mucha gente alrededor. Los geólogos han improvisado un laboratorio en la zona de las cámaras de criopreservación, y no hacen más que ir de un lado a otro examinando montoncitos de tierra y charlando animadamente.
Salimos en silencio. Elder solo empieza a hablar cuando estamos a medio camino de la colonia. Aminora el paso y se vuelve hacia mí; parece desesperado.
—Amy… —empieza, pasándose las manos por el pelo—. Frexo, Amy, este planeta no es en absoluto lo que nos hicieron creer que era.
Doy un paso hacia él, deseando ser capaz de borrar la angustia de sus ojos.
—Lo sé —susurro, y él da un respingo.
—¿Cómo lo sabes? —pregunta con urgencia—. ¿Qué has encontrado en los cuerpos?
—Dime primero lo que te preocupa.
Él aparta la mirada.
—No debería haber interrumpido tu trabajo…
—No pasa nada. Tranquilo —le digo, y acaricio su brazo hasta que vuelve a mirarme —. Es solo que… —Muevo los hombros para desentumecer la espalda—. Los datos que estamos obteniendo mi madre y yo no tienen ningún sentido.
—¿A qué te refieres?
—Mi madre ha analizado el ADN de los pteros. Según ella, parte proviene de Tierra Solar, parte de Tierra Centauri y el resto es material MG.
—¿Desarrollado en Tierra Solar? —pregunta, en voz tan alta que un pajarillo rojo echa a volar desde un arbusto cercano y se aleja entre gorjeos de indignación.
—Es… es como Parque Jurásico —digo, y me quedo esperando a que Elder me mire con la sonrisilla que siempre pone cuando digo algo que se le escapa.
Pero no lo hace: está demasiado distraído por lo que acabo de decirle. Aprieta las mandíbulas y su nuez se mueve cuando traga saliva. Vuelvo a acariciarle el brazo en un intento de despejar las nubes tormentosas que parecen envolverlo.
—Y tú, ¿qué has descubierto hoy? —le pregunto.
—Prefiero hablar en otra parte.
Echa un rápido vistazo a nuestro alrededor, me agarra de la mano y reemprende la marcha a paso tan rápido que casi tengo que correr para seguirlo.
Sin embargo, cuando el poblado aparece ante nuestros ojos, frena en seco. Sigo su mirada: mi padre está en el umbral del primer edificio, protegiéndose los ojos con una mano. Supongo que espera vernos aparecer a mi madre y a mí. El corazón se me acelera: desde que descubrí que nos mentía, no soporto estar con él. Al ver que empieza a volverse en nuestra dirección, Elder me arrastra hasta la sombra de un árbol cercano y se pone el dedo en los labios para pedirme silencio.
Tras unos minutos, oímos que mi padre entra de nuevo en el edificio.
Miro a Elder y le doy las gracias en silencio. Sé que tendré que enfrentarme a mi padre en algún momento, pero aún no estoy preparada para hacerlo.
Él me indica por señas que lo siga hasta el edificio donde se aloja. Mientras subo las escaleras detrás de él, me doy cuenta de algo: no lo ha hecho solo por mí. Él tampoco quiere ver a mi padre.
—¿Qué ocurrió después de que salierais de la lanzadera? —pregunto, con el estómago repentinamente revuelto.
Él sigue andando sin decir nada hasta que entramos en el edificio.
—Tu padre me llevó al complejo.
—¿De verdad? —repongo, aliviada por haber dejado atrás los secretos.
Los ojos de Elder se estrechan.
—Sí, y me contó todo lo que sabe sobre la gente que construyó aquellos edificios y este poblado. Todos murieron, Amy. Los primeros colonos fueron eliminados por una fuerza alienígena, desde el primero hasta el último.
Trago saliva; de pronto estoy al borde del llanto. Ya lo habíamos supuesto, pero oír a Elder decirlo con tanta crudeza…
—Y tu padre… —masculla Elder, como si su sola mención le produjera repugnancia —. Está empeñado en vengarse, Amy. Su primer pensamiento al enterarse… Lo primero que se le ocurrió pensar fue que hay que frexar a los alienígenas. Masacrarlos.
La cabeza me da vueltas al oír hablar de los alienígenas como de una realidad, en vez de una hipótesis. Ya no hablamos de monstruos como los pteros: ahora estamos barajando que haya una especie inteligente, algo que nos acecha entre los árboles y se desliza dejando rastros extraños. Algo cubierto de escamas duras y cristalinas como la que Elder encontró.
Algo que quiere matarnos por el mero hecho de estar aquí.
—¡Es como si Eldest hubiera vuelto! —se indigna Elder—. ¡La primera reacción de Eldest ante cualquier cosa que le causara problemas era eliminarla! ¿Que Orion preguntaba demasiado? Pues que lo matara Doc. ¿Que aparecías tú, tan diferente a los demás tripulantes? ¡Solo había que lanzarte por la escotilla y arreglado!
—Mi padre no es Eldest —replico.
—¡Y un frexo! ¡Los problemas no se resuelven matando a la gente, pero eso no hace que él renuncie a intentarlo! —gira sobre sus talones para encararme y solo entonces me doy cuenta de lo furioso que está—. Esclavos o carne de cañón, justo como Orion suponía.
Doy un respingo.
—No digas tonterías, Elder —le espeto, usando las palabras como un escudo entre él y yo.
Sus rasgos están contraídos por la rabia; me pregunto cuánto rato habrá pasado rumiando estas ideas, incapaz de enfrentarse a mi padre y sin saber a quién más contárselas. Si se las dijera a su gente, todos se volverían locos de pánico y se rebelarían, como hicieron con Bartie. Y ahora que Kit no está, Elder ha tenido que guardarse toda su preocupación y su ira hasta poder hablar conmigo. No es extraño que haya acabado por explotar.
—Mi padre no es Eldest —repito, pronunciando las palabras lenta y deliberadamente —. No le dejaremos serlo.
Eso le hace frenar en seco.
—Elder, mi padre es un alto mando militar, y sé bien lo cabezota que puede llegar a ponerse. Pero en el fondo no es malo, te lo aseguro.
Está claro que no me cree. Y tal vez tenga razón: yo no puedo ser objetiva. Sin embargo, sé que mi padre es mejor persona de lo que Elder cree.
—Además —continúo—, el verdadero problema no es él.
Ahora sí que me hace caso. Me observa expectante, aguardando a que continúe. Cierro los puños para que Elder no se dé cuenta de lo mucho que me tiemblan las manos.
—La verdad, no sé qué me esperaba de este planeta —digo en voz baja—. Pensé que podríamos enfrentarnos a los monstruos sobre los que nos advirtió Orion, pero… — dejo que mi voz se apague—. Elder, tengo miedo. Me aterroriza pensar que hay fidus en este planeta. Eso es peor que cualquier monstruo. Si de verdad hay alienígenas, y tienen fidus… —se me quiebra la voz.
Elder oyó que mi padre hablaba de enfrentarse a los alienígenas y se rebeló instintivamente contra ello. Pero si esos seres disponen de fidus, no podríamos plantarles cara ni aunque quisiéramos hacerlo.
—Tendríamos que habernos quedado en la Fortuna —digo con la cabeza gacha; me cuesta admitir que estaba equivocada, que el encierro era mejor que esta situación, pero tengo que hacerlo.
—No —replica Elder en un murmullo ronco—. Pase lo que pase, mereció la pena salir de la nave.
No contesto. Elder me levanta la barbilla para mirarme a los ojos. Al advertir mi mirada perdida, me acaricia la cara hasta que me fijo en él. Por eso sé que dice la verdad cuando repite:
—Mereció la pena, Amy.
Cierro los ojos, notando que mi cuerpo se derrite en una oleada de alivio. Poco a poco me doy cuenta de lo pegados que estamos, del calor que emana del cuerpo de Elder.
Cuando vuelvo a abrir los párpados, veo en los ojos de Elder la misma hambre que hay en los míos.
Me roza el pómulo con dedos temblorosos y recoge un mechón de pelo detrás de mi oreja. Luego traza con la mano el contorno de mi mandíbula y me alza suavemente la barbilla.
Cierro los ojos.
Nuestros labios se encuentran. Su boca sabe a cosas que no tienen sabor: calidez, vida, verdad, bondad, amor.
Mis sentidos se van apagando hasta que solo queda el tacto.
No hay nada salvo este beso, y dentro de él, la conciencia de que Elder me desea — me necesita— tanto como yo lo necesito a él.
Solo se aparta de mí para susurrarme una pregunta y esperar a mi respuesta:
—¿Estás segura?
Antes, la primera vez, cuando estaba en la Tierra con mi novio Jason, creí que estaba segura. Pero ni él me lo preguntó ni yo le dije nada: lo hicimos todo en silencio, a tientas, intentando torpemente dar una expresión física a nuestros sentimientos. No fue una elección: fue una acción irreflexiva, un simple reconocimiento de nuestro deseo.
Hasta ahora no me he enfrentado a muchas decisiones. Respondo a las situaciones, reacciono, pero nunca he establecido el rumbo de mi vida para avanzar hacia él con la determinación de un capitán que se interna en una tormenta. Cuando mi padre me dio a elegir entre viajar en la Fortuna o quedarme en la Tierra, la decisión que tomé no fue verdaderamente mía. Me limité a aceptar un destino que creía inevitable.
Fue solo Elder —siempre Elder, solo él— quien me pidió que decidiera quién y qué soy. Quien me pide que decida lo que quiero hacer.
—Sí, Elder. Elijo esto —digo en un susurro entrecortado por el anhelo—. Te elijo a ti.
Nunca he deseado nada con la intensidad con que le deseo en este momento. Los dos subimos lentamente a su habitación del segundo piso, donde mi saco ya está extendido en el suelo. Doy las gracias al giro del destino que me hizo dejarlo aquí ayer.
Y caemos el uno en el otro. Las demás voces de mi cabeza —el miedo, las dudas, las preocupaciones— se apagan. Me muero cuando acaba cada beso, y vuelvo a la vida jadeante cada vez que empieza el siguiente. Cierro los ojos y dejo que el mundo desaparezca a nuestro alrededor.
Solo quedamos él y yo, y en medio de los dos, este sentimiento que no puedo nombrar en voz alta, pero que mi corazón identifica sin lugar a dudas: amor.
Me estremezco al quitarme por fin la ropa. El sudor que me baña la piel hace que el aire de la noche parezca aún más fresco. Pero entonces Elder me toca y mi piel se enciende bajo las yemas de sus dedos.
Le beso con ansia, y sus manos resbalan por mi espalda hasta llegar a mis caderas; sus manos fuertes, que —lo sé muy bien— no me dejarán ir a no ser que yo quiera hacerlo. Siento una extraña mezcla de temor y confianza ciega.
Me mira a los ojos una vez más. En su mirada sigue brillando la misma pregunta. Pero yo estoy más allá de las preguntas. Estoy en un lugar en el que solo hay respuestas, y mi respuesta es esta: «Sí».