Dos soles

Beth Revis · Capítulo 40 de 74

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Dos soles

40. Elder

El coronel deja bien claro que no quiere hablar conmigo, pero a mí me da igual. Camino pegado a sus talones mientras sale de la lanzadera y se interna en el bosque.

Al final se da la vuelta y se encara conmigo, exasperado.

—¿Quieres saber lo que yo sé? ¡Pues sígueme! —exclama.

Lo miro, boquiabierto: no sé qué me esperaba de él, pero desde luego no era esta reacción.

Tuerce bruscamente y echa a andar entre los árboles. Aunque no seguimos ningún sendero, sé perfectamente que nos encaminamos hacia el complejo.

Avanzamos callados, casi al trote. Algunas ramas nos azotan la cara y las plantas trepadoras se enganchan en nuestra ropa, pero no aminoramos el paso. Al llegar al complejo, un soldado nos ve y se cuadra. Es Chris.

—¿Qué hace usted aquí a pleno sol… a plenos soles? —le espeta el coronel.

—Tenía la esperanza de… Estaba buscando a Emma —explica.

—Ha muerto —masculla el coronel—. Abra la unidad de comunicación.

Chris me lanza una mirada inquisitiva, sorprendido de que el coronel me haya dejado acompañarle hasta allí.

—Después de usted, por favor —dice, y se hace a un lado para que su superior pueda acercarse a la puerta y posar el pulgar en el escáner.

Por el rabillo del ojo veo que sigue mirándome, y me pregunto si habrá dejado pasar al coronel para poderme examinar detenidamente. ¿Estará calibrando mis fuerzas?

Me aparto de la cara el flequillo sudoroso y entro, haciendo un esfuerzo por ignorarle. Él se queda parado en el umbral, pero el coronel Martin vuelve la cabeza y le indica con un gesto que pase.

—Entra tú también, hijo —dice en un tono casi afectuoso—. Verás: el joven Elder encontró el complejo y logró entrar aquí. Al hacerlo, se dio cuenta de que el primer mensaje que recibimos en la lanzadera no era real, sino una grabación.

Chris aguarda con gesto impasible, pero me doy cuenta de que su mirada se desvía inconscientemente hacia mí.

—Esto es lo que hemos averiguado hasta el momento —prosigue el coronel—. Sabemos que una colonia se estableció en el planeta antes que nosotros; ellos crearon el poblado en el que nos alojamos y construyeron este complejo.

Sus hombros se encorvan y, de pronto, me parece tan viejo y cansado como si sus espaldas soportaran todo el peso del mundo… de los dos mundos.

—También sabemos que aquellos colonos murieron —añade.

Me aferro al borde de la consola. Me gustaría preguntar por qué, pero mis labios no pueden formar ni siquiera esas dos palabras. No hace falta: el coronel me ofrece la respuesta sin que yo diga nada.

—Examinando esta sala, hallamos unas grabaciones muy reveladoras… Bueno, en realidad fue Chris quien las encontró —dice, y me sorprende ver un destello de compasión en su mirada.

Se vuelve hacia la pantalla táctil, pero en vez de desplegar el menú como hicimos Amy y yo, abre un armarito que hay a la derecha de la consola y extrae un rectángulo plano que parece hecho de plástico. Al verlo, me vienen a la mente los mediparches negros de Bartie y el estómago se me encoge.

El coronel introduce el rectángulo en una ranura que se abre en el borde de la pantalla. Me recuerda a las tarjetas de memoria que se usaban en la Fortuna para almacenar grandes cantidades de información.

—Esto es lo que sabemos —dice el padre de Amy antes de dar un toque en la pantalla, que se ilumina y muestra una foto de un cubo como el que Emma le dio a Amy—. En esta zona del planeta, el terreno posee componentes que, procesados de la manera adecuada, dan lugar a un material capaz de almacenar eficazmente la energía solar. Los primeros colonos lo descubrieron, y durante muchos años fabricaron cristal solar, que enviaban a la Tierra. El complejo en el que nos encontramos era una estación de transporte; desde aquí, el cristal viajaba a una estación espacial automatizada que aún sigue en órbita alrededor del planeta. Allí se almacenaba antes de enviarlo a la Tierra.

—¿Una estación espacial? —repito, incrédulo—. No vimos nada así al aterrizar.

El coronel me mira con las cejas enarcadas.

—Este planeta es muy grande —repone.

Desliza un dedo por la pantalla y esta se oscurece.

—¿Y qué les ocurrió a los primeros colonos? Antes dijo que todos habían muerto. ¿Qué acabó con ellos?

El coronel mira a Chris, y me da la impresión de que los dos están tratando de decidir qué parte de la verdad contarme. Estoy a punto de exigir una respuesta a mi pregunta cuando el coronel se acerca al otro extremo de la consola y se detiene frente a la emisora. Gira un dial con un letrero que pone «Ansible» y un zumbido de estática inunda la sala.

Pero hay algo más en el zumbido. Presto atención y logro distinguir algunas palabras apenas inteligibles.

«… peligro excesivo… órdenes de… vida humana de nuevo en… Fortuna… sobrevivir a… ayuda viene de camino…».

Aguzo el oído; entre el zumbido de fondo y el extraño acento de quien habla, es difícil entender nada.

—Suena en bucle —explica el coronel cuando el mensaje empieza a repetirse.

—¿Viene de Tierra Solar?

Él asiente.

—No es lo mismo que una comunicación directa, pero al menos indica que se han enterado de nuestro aterrizaje y nos envían ayuda.

Suelto un bufido desdeñoso.

—No podemos esperar trescientos años.

—No creo que tengamos por qué hacerlo, siempre y cuando logremos amplificar la señal lo suficiente para contactar directamente con la Tierra —se gira hacia la pantalla y la roza con un gesto rápido—. No acabo de entender cómo funciona esta tecnología, pero Chris me ha explicado lo suficiente para que me haga una idea: teseractos, agujeros de gusano… Lo esencial es que, gracias a ella, los viajes espaciales son ahora mucho más rápidos que cuando se construyó la Fortuna.

—¿Cuánto más rápidos? —jadeo, impresionado por la noticia; pese a todo, tal vez haya esperanza para nosotros.

—Como para ir de la Tierra a Tierra Centauri en una semana. Una vez logremos contactar, espero que la expedición de ayuda llegue a la estación en unos días. Desde allí podrá alcanzarnos.

—Y entonces comenzaremos la evacuación —añade Chris, y me sobresalto al oír su voz: estaba tan concentrado en las novedades que había olvidado su presencia.

El coronel tamborilea con los dedos en el borde del panel de mandos; si la sala no fuera tan reducida, creo que ya estaría caminando de un lado a otro. Al cabo de un momento, se detiene y le lanza a Chris una mirada tormentosa.

—No —le corrige—. Entonces comenzará nuestro contraataque.

—¿Cómo? —balbuceo mirando de soslayo a Chris, que parece tan sorprendido como yo.

—No sé qué criaturas pudieron exterminar a la primera colonia de la faz de este planeta, pero como bien dices, tienen que ser inteligentes. Prueba de ello es la forma en que están seleccionando a sus víctimas entre los nuestros para matarlas de una en una. No es un ataque indiscriminado; no están defendiendo su tierra, ni han tratado de acercarse a nosotros en son de paz. Han pasado directamente a asesinar a mi gente… y a la tuya, Elder.

Pienso en Lorin, en la mirada inexpresiva de Kit, en el cráter que se abría donde hubiera debido latir su corazón.

—No sé qué está matando a mi gente, pero pienso acabar con ello antes de que pueda atacar de nuevo —prosigue el coronel Martin, con voz ronca por la furia—. Voy a vengar a la humanidad —remacha, y sus palabras son al mismo tiempo promesa y amenaza.