Dos soles
42. Elder
La despierto con un beso. Ella arruga la nariz y me da un manotazo, sin abrir los ojos. Le doy un beso diferente y ella abre los párpados, sorprendida, y vuelve a cerrarlos con un suspiro satisfecho.
Se me escapa una sonrisa. Pase lo que pase, sé que no se me va a borrar del todo en mucho tiempo.
—¿Qué hora es? —pregunta ella, somnolienta.
—Solo ha pasado una hora.
—Hummm… Voy a dormir más —murmura arrebujándose contra mí.
—Tienes que marcharte, Amy —la apremio, aunque es lo último que me apetece decirle en este momento—. Tus padres se van a preocupar.
Me lanza una mirada incendiaria.
—Eh, no la tomes conmigo —bromeo, levantando las manos en son de paz—. Sabes que tu padre enviará todas sus tropas en tu busca si se despierta y no te ve en tu cama.
Amy pone los ojos en blanco, pero se levanta y se viste rápidamente. Me levanto, la atraigo hacia mí y le doy un último beso.
—Para que te acuerdes de mí —susurro, y ella se ríe suavemente en respuesta.
—Como si pudiera olvidarte.
Al segundo siguiente, ya no está.
Por mi mente desfilan todas las cosas que me preocupan desde las revelaciones del coronel.
El fidus.
Los alienígenas.
La guerra.
Amy.
Es difícil pensar en cosas malas cuando solo pensar en su nombre me recuerda todo lo bueno de la vida. Echo a un lado el saco de dormir y me dirijo a la ventana del segundo piso, estremecido por el fresco de la noche. Quiero ver su pelo rojo antes de que desaparezca del todo en la oscuridad.
La busco con la mirada entre las sombras, y lo que veo me encoge el estómago.
No está sola.