Dos soles

Beth Revis · Capítulo 27 de 74

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Dos soles

27. Amy

Miro a Chris boquiabierta, con la pistola aún caliente en la mano caída.

—Tuve que hacerlo —murmura, con una mirada que suplica comprensión.

Y yo lo comprendo. Sin los tres meses que he pasado en la Fortuna, tal vez no me identificara con él. Pero ahora me doy cuenta de que el doctor Gupta estaba viviendo un tormento inimaginable y, de todos modos, no podría haber sobrevivido a sus heridas. Lo que ha hecho Chris es un acto de piedad, algo justificado y muy muy valiente.

Enfundo mi pistola y avanzo hacia él. Los músculos de sus brazos están tensos, pero noto cómo sus manos tiemblan cuando le saco la pistola de entre los dedos.

—Gracias —le digo, esperando que se dé cuenta de mi sinceridad.

Por primera vez desde que los dos hemos apretado el gatillo, sus ojos se centran en algo que no es el cuerpo mutilado del doctor Gupta. Me rodea con sus brazos fornidos y me estrecha en un abrazo que me deja sin respiración, aferrándose a mí como si yo fuera al mismo tiempo su juez y su salvadora.

Cuando mi madre se acerca, Chris me deja ir de mala gana. La miro: sus facciones componen una máscara de científica objetiva y templada, pero en sus ojos hay un destello de pánico. Siempre ha sido así. Cuando no sabe cómo reaccionar ante algo personal, se esconde tras su personaje de investigadora.

Es ella quien encabeza la marcha cuando emprendemos el camino de vuelta. Al llegar, ordena a un grupo de soldados y trabajadores que se dirijan al claro que acabamos de abandonar y que lleven los dos cuerpos al laboratorio. Comunica a sus colegas la muerte del doctor Gupta en tono tranquilo y razonable, y luego empieza a despejar el laboratorio de genética para efectuar la autopsia del doctor y la disección del ptero.

En ningún momento me mira a los ojos.

Cuando acabamos de preparar el laboratorio, se detiene un momento y se permite exhalar un suspiro largo y tembloroso.

Al otro lado de la puerta se oye una conmoción: acaban de traer los dos cuerpos. La gente suelta exclamaciones de horror al ver al ptero —Y eso que era pequeño, pienso — y se lamenta al descubrir el cadáver mutilado del doctor. Muy pocos de ellos habían visto el cadáver de Juliana Robertson.

Mis ojos se encuentran con los de mi madre y de pronto la veo a ella, a ella de verdad, con todos los miedos y las contradicciones que guarda en su interior.

Y entonces me doy cuenta de que necesita esa máscara fría, ese caparazón que es la doctora Maria Martin, para protegerse del horror de lo que ha visto.

No es la única que necesita protegerse de ello.

Me vuelvo para mirar a Chris: el dolor por lo que ha hecho lo envuelve como un manto. No lo esconde; quizá no pueda hacerlo. El corazón me da un vuelco al ver cómo endereza la espalda y se acerca con pasos lentos a la puerta.

Mi madre se le adelanta y la abre.

—Lo primero que debemos hacer es un análisis toxicológico. Aunque el doctor Gupta estaba vivo, no reaccionó mientras el ptero lo… se lo comía —dice con voz rota—. Hay que averiguar por qué.

—¿Sería por culpa del musgo morado? —sugiero.

Mi madre niega con la cabeza.

—Solo emite la neurotoxina cuando florece, y no era el caso. Además, el doctor Gupta estaba despierto y consciente, hasta cierto punto. Cuando tú te viste afectada por las flores, Amy, caíste en una especie de coma.

Los portadores depositan el cadáver en una de las camillas metálicas, y me pregunto si será la misma en la que se tumbó Orion para morir. El ptero es demasiado grande para dejarlo en una sola camilla; tenemos que juntar cuatro, y aun así, sus patas y alas sobresalen por los lados.

—Debemos informar de esto al coronel Martin —indica uno de los militares, y mi madre asiente sin decir nada.

Cuando el hombre acaba de hablar por el transmisor, mi madre le pide que despeje el laboratorio.

—Voy a comenzar la autopsia de inmediato —explica.

El militar la mira con sorpresa.

—Eh… ¿No es evidente lo que le mató?

—Sí, pero quiero hacerle la autopsia de todos modos —responde ella con una sonrisa forzada—. Por favor, abandonen la sala.

El hombre parece asombrarse aún más ante la rotundidad de mi madre, pero aun así, se da la vuelta y echa a andar hacia la puerta.

—Tú puedes quedarte si quieres —dice mi madre cuando Chris hace ademán de salir.

Luego me mira a mí, y sé que en sus ojos hay una pregunta. Asiento: yo también me quedo. Los tres hemos sido testigos de algo horrible; parece lógico que lo compartamos hasta el final.

La puerta del laboratorio se cierra con un susurro y nos quedamos solos con los dos cuerpos: los restos de lo que fue un humano y el cadáver maloliente del monstruo que lo devoró.

Mi madre vuelve a suspirar. Parece más entera que hace un momento.

—Tráeme esa bandeja —me dice señalando una cubeta plana que hay en la encimera.

La recojo y se la llevo.

Resulta duro mirar los restos del doctor, pero no tanto como cuando aún estaba vivo. Recuerdo su mirada perdida y sacudo la cabeza, tratando de despejar la imagen. Tenía una expresión tan vacía, tan carente de alma… Y aunque su actitud no sugería que estuviera sufriendo, me estremece pensar en lo que tal vez sintiera sin poderlo expresar.

Mi madre elige una jeringuilla y extrae sangre del torso del doctor. Me obligo a mirar cómo obtiene muestras de diversas partes del cuerpo, pero al cabo de unos minutos, me rindo y hundo la cara en el hombro de Chris para no ver más.

—Voy a hacer un inmunoensayo —explica mi madre mientras atraviesa el laboratorio con la bandeja llena de muestras—. La verdad es que no creo que nos ofrezca mucha información; solo podemos contrastar lo que hallemos con las sustancias tóxicas existentes en la Tierra, y no conozco ninguna droga que… que produzca efectos similares a los que observamos en el doctor.

Traduzco la frase para mis adentros: no conoce ninguna droga que te haga aguantar impertérrito mientras un bicho te come vivo.

—Entonces, ¿por qué se molesta en hacerlo? —pregunta Chris.

Mi madre lo mira con sorpresa.

—Porque al menos tenemos que intentarlo.

Deja la bandeja en la encimera y agarra algo oscuro: la bolsa de tela en la que guardé las pocas muestras que pudimos recoger. Deben de haberla traído los hombres que recogieron los cuerpos.

—Afortunadamente, disponemos de un generador de analitos —explica mi madre como si hablara a una clase llena de estudiantes—. A partir de las muestras, obtendremos analitos que podremos contrastar con la sangre del doctor Gupta.

Abre un tarro, saca una hebra de musgo morado y nos la muestra con aire satisfecho. Chris la mira con el ceño fruncido.

—¿No había desechado las flores moradas como causa del estado del doctor?

—No estoy dispuesta a afirmar nada que no haya probado empíricamente —responde mi madre, concentrada en montar los aparatos.

Unos minutos más tarde, el generador suelta un pitido. Me aparto para dejar que mi madre vea bien la pantalla.

—¿Pero cómo…? —murmura con aire preocupado.

—¿Qué pasa? —pregunto, consciente de la cercanía de Chris.

—Que esto no tiene sentido.

—¿Por qué? —balbuceo.

Mi madre aprieta un botón y la máquina escupe un papelito con cifras. Se lo acerca a los ojos y vuelve a leerlo con expresión alarmada.

—En el cadáver hay trazas de material MG —murmura—. Y son recientes.

—Eme… ¿Emegé? —repite Chris, confundido.

—Modificación genética —aclara mi madre—. Material de modificación genética… Y parece desarrollado en la Tierra.