Dos soles
47. Amy
Me abro paso entre la multitud que aguarda a que lleguen mi padre y sus hombres.
Pero el primero en salir del bosque humeante no es ninguno de ellos.
Es Elder.
Le salgo corriendo al encuentro y él me envuelve en un abrazo que me corta la respiración.
—¿Qué ha pasado? —pregunto cuando al fin me suelta.
—Tu padre quiere que me lleve a todo el mundo.
—¿Que te los lleves? ¿Adónde?
—Al complejo —responde con expresión sombría.
—¿Por qué? —pregunto atónita, y él se encoge de hombros.
—Solo me dijo que los llevara.
—Pero ¿por qué, Elder?
—No lo sé.
El nerviosismo de la gente crece cuando Elder los congrega a todos y los conduce más allá del lago. Cuando el complejo aparece en la lejanía, la gente ya está tan alterada que cualquier incidente podría hacerlos explotar igual que las bombas que destruyeron la nave.
Chris nos aguarda frente a la unidad de comunicación. Está sucio de tierra y parece fatigado.
—¿Qué ocurre? —pregunta cuando nos acercamos a él.
—No lo sé —responde Elder—. ¿No has hablado con el coronel?
—Solo me dijo que viniera aquí para esperaros.
Mi padre emerge en ese momento del bosque, seguido por los hombres que llevó consigo al lugar de la explosión. Avanza sin decir nada hasta el lugar donde esperamos Elder, mi madre y yo, y saluda a Chris enarcando la cejas. Luego se acerca al escáner biométrico, aprieta el pulgar y espera a que aparezca el letrero de «Humano». Cuando la puerta se abre, le indica a Elder con un gesto que entre; yo me adelanto y paso también, mirando fijamente a mi padre como si le desafiara a echarme. Mi madre y Chris me siguen. Al principio mi padre hace ademán de protestar, pero parece pensárselo mejor y nos deja pasar a todos.
—¿Qué es esto, Bob? —inquiere mi madre cuando la puerta se cierra.
Miro por el ventanal: los soldados están conduciendo a todo el mundo hacia el lado opuesto del complejo, a una zona que no está asfaltada.
—Maria… —empieza a decir mi padre, pero ella lo interrumpe.
—¿Este es el complejo que mencionaste? —dice, con una expresión tan furiosa que sospecho que está aguantando las ganas de abofetearle—. ¿Por qué no me dijiste que eran tan… tan avanzado tecnológicamente?
—Tenía órdenes de no hacerlo.
—¿Órdenes? ¡A la mierda las órdenes! ¡Soy tu mujer!
Mi padre se adelanta y le agarra las manos.
—Maria, deja que te explique…
Ella se libera de un tirón y levanta los brazos en un ademán de indignación.
—¡Eso, explícate!
Mi padre lanza un suspiro fatigado.
—Este complejo fue construido por la primera colonia terrestre que llegó al planeta —dice, y cuando mi madre abre la boca para protestar, la silencia con una mirada severa—. Esa colonia se encontró con… problemas. En el planeta ya había una especie inteligente, agresiva y muy organizada. Esos seres mataron a todos los componentes de la colonia original. Y, por lo que hemos visto desde nuestro aterrizaje, pretenden hacer lo mismo con nosotros.
Mi madre vuelve a abrir la boca, pero mi padre le pide silencio con un ademán.
—Hemos tenido muchos problemas para establecer contacto con la Tierra —prosigue —. Pero ayer noche, mis técnicos en telecomunicaciones lograron amplificar la señal y enviaron un mensaje… que recibió respuesta.
—¿De verdad? —interviene Chris, sorprendido.
Mi padre le sonríe, y no puedo evitar preguntarme si los dos compartirán alguna información que no están dispuestos a revelarnos a los civiles.
—Sí. Pudimos comunicar a la Tierra que habíamos aterrizado y que los seres autóctonos nos estaban atacando. Y ellos respondieron.
Se vuelve hacia la pantalla táctil, la enciende de un toque y recorre los menús hasta que aparece un párrafo. Todos nos arremolinamos para leerlo.
Mensaje recibido.
Ayuda en camino. Tiempo estimado: 5 días.
La estación espacial contiene provisiones para mantener a 500
humanos y una bomba que permitiría eliminar la amenaza.
A cada uno le llama la atención algo diferente. Chris le pregunta a mi padre por la bomba; mi madre está intrigada por las provisiones; Elder quiere saber qué tipo de ayuda está en camino.
¿Y yo? Yo me he quedado en la primera línea: «Mensaje recibido». Mi padre se ha comunicado con la Tierra… y la Tierra ha respondido. Exhalo un suspiro: no me había dado cuenta de que estaba conteniendo el aliento.
—Solo sé esto —dice mi padre, acallando con un gesto la avalancha de preguntas—. Bajo este complejo hay una lanzadera automatizada que sirve para transportar mercancías y personas desde este planeta a la estación espacial que lo orbita. No es lo suficientemente grande para llevarnos a todos, pero podemos enviar en primer lugar a los miembros más débiles y vulnerables de la colonia. También deberían ir algunos especialistas en armamento, para inspeccionar el arma que el FREX ha puesto a nuestra disposición.
—¿De qué tipo de bomba estamos hablando? —salta Elder de inmediato.
Chris asiente en silencio, con expresión inescrutable.
—Tras el mensaje nos llegó una lista de instrucciones para hacerla detonar a distancia, desde esta emisora. Pero la información que nos ha ofrecido el FREX es escasa, y me resisto a actuar en estas condiciones. Los expertos que irán en la lanzadera tienen órdenes de examinarla e informarme. Luego podremos decidir.
Los demás se lanzan a hacer preguntas sobre el tema, pero yo solo tengo una muy sencilla.
—¿Cuándo? —digo, y esa simple palabra se impone al guirigay.
Todos se quedan callados, esperando la respuesta de mi padre.
—Ahora.