Dos soles
59. Amy
Solo nos queda esperar, así que eso es lo que hacemos.
Mi padre ordena a sus hombres que repartan un cubo de agua por edificio y que adviertan a la gente de que ir a las letrinas puede ser peligroso. A mediodía se acaban las provisiones que teníamos en el poblado. Ya no nos queda más comida: el resto estaba guardado en la lanzadera. Creímos que sus muros metálicos protegerían las cosas más valiosas, y ocurrió justo lo contrario. Es un chiste tan malo que, solo de pensarlo, me dan náuseas.
En el primer edificio solo quedamos mi padre y yo. La ausencia de mi madre hace imposible que sintamos este lugar como una casa, así que lo convertimos en nuestra base de operaciones. Todos los soldados acuden aquí para consultar con mi padre o pedirle permiso para descansar tras las patrullas.
La tensión del ambiente es casi insoportable.
Todos esperamos el ataque incierto de un enemigo al que nunca hemos visto, confiando en defendernos con un arma hecha de flores.
Y, a pesar de la expectación, ninguno de nosotros está preparado cuando se enciende el transmisor que mi padre lleva al hombro.
—Los hemos divisado —dice un vigía sobre el crepitar de la estática.
Mi padre se pone en pie de un salto y se abalanza al exterior del edificio, con los prismáticos ya en la mano. Se los lleva a los ojos y escruta el bosque, pero no hace falta ninguna ampliación para distinguir el destello de algo —algo indefinido— que acaba de aparecer entre los árboles.
Ya llegan.
Entrecierro los ojos para verlos mejor. Son verdes de la cabeza a los pies, de un tono tan oscuro que se funde con los árboles. No sabría decir si su piel es así o si llevan algún tipo de camuflaje. Alrededor de su cintura, algo emite reflejos dorados: son escamas como la que Elder me describió. Son altos, pero no más que Elder. En su cabeza lisa y bulbosa hay un solo ojo que reluce cuando lo rozan los rayos de los soles.
—Adentro, Amy —dice mi padre, y luego se lleva el transmisor a la boca para berrear órdenes—: ¡Preparad la mecha! ¡Quiero a todos los tiradores en las azoteas! ¡Ya están aquí!
Entro en el edificio como quiere mi padre, pero en cuanto llego a mi ventana, me subo al alféizar y escapo de un salto. De pronto me vienen a la mente las veces que he hecho esto para estar con Elder. Me detengo un momento. Si él estuviera a mi lado, no tendría el corazón tan atenazado por el miedo.
Me obligo a centrarme en lo que está ocurriendo y rodeo el edificio con sigilo. Desde luego, el día de hoy no lo echaré de menos por mucho que viva.
Me acurruco en un rincón sombrío, entre la pared lateral y la roca de la ladera. Los alienígenas están cada vez más cerca. En el fondo, esperaba que fueran una especie de insectos enormes, que se arrastraran sobre patas de araña o reptaran como serpientes. Pero avanzan sobre dos piernas y empuñan las armas con dos brazos, igual que los humanos.
Si no hubiéramos estado esperándolos, quizá los habríamos pasado por alto; tal vez eso explique por qué nunca hemos llegado a verlos hasta ahora. Su piel se confunde con el entorno: cuando llegan a las hierbas altas del prado que separa el poblado del bosque, se vuelve de un verde mucho más claro.
Avanzan sin prisa, seguros de sí mismos. Deben de ser un par de docenas, treinta a lo sumo; me asombra que no sientan la necesidad de enviar más tropas para acabar con nosotros, que casi somos mil. Pero deben de saber que, de esos mil, solo unos pocos estamos armados, y que no nos queda más que un puñado de balas para nuestras armas.
Y entonces veo un destello, tan rápido que por un momento dudo de mis ojos. La mecha se ha encendido.
Contengo el aliento.
¡Funciona! Una llamarada se levanta en medio de la pradera, y las llamas se extienden veloces por la trinchera. Una nube de humo blanquecino se levanta y se difumina en el aire, casi invisible.
La trampa está dispuesta.
Los alienígenas se encuentran justo detrás.
Llegan a la cortina de humo.
Y la atraviesan sin dudar ni detenerse.
No les ha hecho nada. Nada.
Los militares que hay repartidos por el poblado empiezan a disparar. Se oyen detonaciones regulares: deben de ser los tiradores a los que mi padre ha ordenado apostarse en las azoteas. Los alienígenas avanzan impertérritos, aunque les están lloviendo balas como para detener a un pelotón. Los miro, boquiabierta e incrédula. No les afectan ni el humo ni las balas. ¿Cómo puede ser?
No tenemos ninguna oportunidad de vencerlos.
Uno de ellos lanza una bola de cristal. Cae en el pavimento de la primera calle y, al explotar, se lleva por delante la mitad del edificio en el que estoy apoyada. Noto cómo la pared se estremece mientras las piedras y el cemento se agrietan, cómo empiezan a caer cascotes. Si estuviera dentro todavía, el derrumbe me habría aplastado.
—¡Fuego! ¡Fuego! —grita mi padre desde la calle.
Se oyen más disparos mientras un objeto amarillo y brillante cruza el aire hacia el poblado: otra bomba solar. Esta cae en uno de los niveles superiores, y pronto estallan los gritos de la gente que hay en los edificios cercanos.
—¡Subid por la colina! ¡Alejaos de la primera línea! —ordena mi padre.
Decido desobedecerle.
Desde donde estoy se ve el arranque del sendero que tomamos Elder y yo para ir al complejo la primera vez. Está despejado: el combate se desarrolla en las calles centrales del poblado, y nadie está atento a lo que ocurre por allí. Podría escabullirme por detrás de las letrinas y luego torcer cerca del lago…
Si logro llegar al complejo, tal vez Elder pueda contarme lo que ha averiguado.
Y si no consigo hablar con él, quizá pueda activar la bomba del FREX.
Respiro hondo.
Tendría que correr como nunca lo he hecho.
Oigo otra explosión, ahora a mi espalda. Los alienígenas casi han llegado al límite del poblado, y no paran de lanzar bombas.
Trato de convencerme de que puedo hacerlo. Siempre me ha gustado correr. Si me lo propongo, soy capaz de escapar corriendo de todo un ejército de alienígenas.
Arranco de un salto.