Dos soles

Beth Revis · Capítulo 37 de 74

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Dos soles

37. Amy

Cuando salimos de la lanzadera, el cubo ya no emite ninguna luz. Los dos estamos pensativos y nerviosos. Los ruiditos del bosque nos asustan, las sombras nos sobresaltan.

Al llegar al límite del poblado, alguien me llama por mi nombre.

—¡Chris! —exclamo en un grito ahogado al ver cómo sale de entre las sombras.

Elder suelta un bufido.

—¿Qué hacéis aquí? —inquiere Chris mirándonos de hito en hito.

—Nada que te importe —le espeta Elder, interponiéndose entre él y yo como si quisiera protegerme.

—Te acompaño a tu edificio, Amy —dice Chris como si no le hubiera oído, ajustándose la correa del fusil.

—No hace falta —gruñe Elder.

Le pongo la mano en el brazo para apaciguarlo: sé que no le hace gracia esta situación, pero ahora mismo no tengo fuerzas para enfrentarme a mi padre si las cosas se ponen difíciles.

—Ve a tu casa, Elder —susurro—. Yo iré con Chris a la mía.

—Amy… —empieza a protestar Elder, pero le pongo la mano en la boca para cortarle. Él aparta la mirada y se encamina hacia las escaleras a grandes zancadas.

—Me da la impresión de que no le caigo bien —comenta Chris al ver cómo se aleja.

Contengo una risita.

—Es verdad —confirmo—. Pero se le pasará, no te preocupes.

Él menea la cabeza con expresión escéptica.

En vez de conducirme a mi edificio —es el más cercano, y solo tardaríamos cinco minutos en llegar si fuéramos directamente—, Chris tuerce a la derecha como si quisiera rodear el poblado.

—Amy, hay algunas cosas que querría comentarte… —dice, pasándose las manos por el pelo como hace Elder cuando le preocupa algo.

De pronto, se detiene y alza la mirada hacia las estrellas.

—Dime, Chris —le animo.

Él se queda callado durante uno o dos minutos y luego me mira.

—Creo… creo que puedo hablar contigo, Amy. Tú no eres como tu padre.

Sus palabras me dejan helada. ¿Está insinuando que no se fía de él? Emma me vino a decir lo mismo esta mañana, pero oírlo de boca de Chris —que es la mano derecha de mi padre desde aquella primera expedición a la sonda— me impresiona mucho más.

La sonda… Chris también tuvo que ver el complejo cuando fue allí con mi padre.

—Sé lo que vas a decirme —susurro, haciendo caso omiso de la expresión de alarma con la que me mira de repente—. Elder y yo hemos estado en el complejo. Sabemos lo que hay allí.

Él me mira, desconcertado.

—No sé por qué mi padre lo mantiene en secreto… —continúo, mirando a sus ojos increíblemente azules—. Gracias de todos modos.

—¿Por qué me das las gracias? —responde él con un hilo de voz.

—Por confiar en mí lo suficiente para decírmelo.

Le agarro suavemente de un codo y espero a que se reponga de su asombro. Cuando estoy segura de que me presta atención, prosigo.

—Gracias, en serio. Tu confianza significa mucho para mí.

Si mi padre se entera de que Chris me ha revelado su secreto, sé que lo considerará como una traición imperdonable. Sin embargo, todo indica que los datos que se está reservando son aún más importantes de lo que Elder y yo sospechamos; tan importantes como para hacer que Chris y Emma se rebelen a sus espaldas.

—¿Por qué mi padre nos oculta la existencia del complejo? —pregunto—. ¿Tiene algo que ver con los alienígenas?

Los ojos de Chris se abren de par en par.

—¡No te asustes! —exclamó conteniendo una carcajada—. Elder y yo hemos deducido que los asesinos de Kit tienen que ser criaturas originarias de este planeta… De hecho, sospechamos que fueron también ellos quienes exterminaron a la primera colonia.

Alzo la mirada para examinar la mole oscura del poblado, recortada frente al resplandor de las estrellas.

Chris extiende la mano y me acaricia la cara. Sus dedos se deslizan por mi mejilla hasta enredarse en mi pelo. Al volverme hacia él, la intensidad de su mirada me corta el aliento.

—Amy Martin, eres única en tu especie —susurra.

Me acerca más a él y yo le dejo hacer, atraída como si yo fuera un imán y él estuviera hecho de hierro.

—Me ayudas a conservar la esperanza —musita, y el roce cálido de su aliento me eriza los pelos de la nuca.

Por un momento que se me hace eterno, creo que va a besarme y descubro que estoy dispuesta a responder.

Pero no lo hace.

Apoya su frente en la mía y los dos nos quedamos así, inmóviles bajo la luz de un millón de estrellas, abrazados como si eso pudiera protegernos de los peligros y los engaños de esta Tierra.