Dos soles
06. Elder
—No sé disparar —le recuerdo a Amy mientras ella rebusca en el arsenal.
—Es fácil —replica mientras me pone un arma enorme en las manos—. Ya la he cargado: dirige este extremo hacia lo que te encuentres ahí fuera y aprieta el gatillo. ¡Bang! No tiene más complicación, de verdad.
Alarga la mano hacia la estantería, agarra dos cosas verdes y ovaladas y me las entrega también.
—Estas son granadas de impacto —explica al ver mi expresión interrogante—. Si no te apañas con el arma, lánzalas: explotarán al golpear el objetivo.
Suelto un silbido de asombro. No parecen especialmente frágiles, pero la idea de que exploten al chocar contra algo no me hace sentir demasiado cómodo.
—Lleva también esto… —añade Amy ofreciéndome otra arma con un cañón del grosor y la longitud de mi brazo.
—¡Para! —exclamo—. Casi no puedo ni acarrear todo lo que me has dado. ¡Solo voy a echar un vistazo y…!
Otro chillido ensordecedor me interrumpe.
—Espera —dice Amy lanzándome una mirada suplicante.
Sus dedos se cierran alrededor de mi muñeca, reteniéndome con más fuerza de la que jamás he sospechado que tuviera.
—Por favor —insiste—. Por favor, espera a que despierte mi padre. Los militares pueden hacerse cargo de lo que está merodeando por ahí fuera. Es su trabajo, Elder.
—¿Y el mío? —replico, desasiéndome con suavidad—. ¿Cuál es mi trabajo? Proteger a mi gente, Amy. Tengo que hacer esto.
La gente de la Fortuna necesita ver que me enfrento a este mundo y a los peligros que puede albergar. Si yo soy capaz, ellos lo serán también. Pero si me quedo aquí acobardado, esperando a que los congelados nos salven, ellos me imitarán sin pensarlo.
—Ten mucho cuidado —susurra Amy con tanto fervor como si rezara.
La miro, pero sus ojos no enfocan a los míos. De pronto, se inclina hacia mí con las mejillas encendidas y me da un beso rápido en los labios. Apenas puedo contener el impulso de abrazarla, apretarla contra mí y darle un beso digno de su rubor.
—No tienes por qué preocuparte.
Nada más decirlo, me doy cuenta de que no es verdad. Mi primera reacción cuando oí el chillido fue salir a ver qué pasaba para tranquilizar a mi gente. Ahora, sin embargo, tengo la boca seca y el estómago tan revuelto como si el miedo fuera un corrosivo. En parte, creo que mi inquietud se debe a este lugar: verme rodeado de tantas armas me recuerda que tal vez tengamos que usarlas.
Llevo la mano al intercomunicador implantado tras mi oreja izquierda y aprieto el botón. En vez del pitido de costumbre, oigo solo el chasquido del mecanismo. Frunzo el ceño y vuelvo a apretarlo, tan fuerte que el dolor me hace dar un respingo.
Claro: la red de intercom solo funcionaba en la nave. Mis dedos recorren el contorno del botón, un relieve perfectamente circular que ha sido parte de mi cuerpo desde que tengo memoria. Ahora es inútil. Frexo y mil veces frexo. El trasto está implantado en mi propia carne, sus cables se deslizan entre mis venas, y ya no sirve para nada.
Amy me agarra la mano y la aparta del botón.
—No tienes por qué decirles nada —susurra—. Todos saben lo que estás a punto de hacer por ellos.
Nunca me había sentido tan aislado de… de todo. He podido soportar el perder la conexión con la nave, pero ahora, la conexión que tenía con mi gente también se ha desvanecido.
Antes de encaminarme al puente, espero a que Amy entre en la sala de criopreservación. No creo que pueda disimular mi miedo al abrir la puerta, y no quiero que ella me vea vacilar. Aunque no conozco el código de autorización —es información reservada a los militares congelados—, Shelby me enseñó a suspender partes del sistema en caso de emergencia. No puedo hacer mucho, pero si es necesario, sé cómo sellar herméticamente la lanzadera, cómo iniciar una secuencia de alarma o cómo poner en marcha los extintores de incendios. También sé abrir las puertas exteriores.
Me apoyo en el panel de control y atisbo el exterior a través de los hexágonos de la cristalera. Están empañados, pero aun así puedo distinguir con bastante claridad este mundo que ahora es nuestro. Toco uno de los gruesos cristales y me sorprendo al encontrarlo templado.
He visto imágenes de Tierra Solar, y sé que esos arbustos altísimos se llaman árboles y que la madera que se obtiene de ellos es el mismo material del que está hecha la mesa en la que hacía los deberes que Eldest me asignaba. Sé que el suelo, ahora ennegrecido por nuestro aterrizaje, no estará hecho de la tierra fina, rojiza y uniforme que alfombraba el nivel de alimentación.
Sin embargo, ahora no pienso en eso.
Estoy escrutando el paisaje, tratando de ver más allá del suelo quemado y las ramas retorcidas como hebras de lana, oteando el horizonte y el cielo que se extiende más allá.
Y, por mucho que fuerzo la vista, no distingo ninguna pared. Ni una sola.
Un destello oscuro atraviesa el cielo azul, tan rápido que apenas lo distingo. Mi mano aferra con más fuerza la empuñadura del arma que me ha dado Amy.
Le solicito al ordenador de a bordo que abra las puertas.
Y funciona. En el puente de mando resuena un crujido estruendoso. Me aferro al panel de control, mareado de repente. Pero no es la nave lo que se mueve, como he pensado por un instante: lo que ocurre es que se está abriendo la cristalera. Me viene a la mente lo que ocurrió hace meses, cuando el techo del nivel de mando pareció partirse por la mitad. Esto es parecido: la cristalera se ha desprendido por arriba y baja lentamente, como si tuviera bisagras en la parte inferior.
Siempre había creído que la estructura de tiras metálicas solo servía para unir las piezas hexagonales de la cristalera. Ahora, sin embargo, me doy cuenta de que forma parte de un mecanismo más complejo. Los hexágonos empiezan a girar y a moverse a medida que la cristalera desciende, formando una rampa que lleva de la nave a la superficie del planeta. Aunque es muy empinada, tiene la longitud suficiente para salvar el suelo quemado y llegar hasta el terreno amarillento que hay más allá.
Avanzo un paso, rozando con la mano el borde de la abertura. Las tiras de metal que siguen uniendo los cristales ofrecen puntos de apoyo, y no me resulta difícil descender por la rampa hacia el nuevo mundo.
Una brisa templada me revuelve el pelo, trayéndome un aroma a ceniza y tierra. El ambiente es húmedo, espeso, pero la brisa resulta tan suave como los besos tímidos de Amy, y aunque apenas me acaricia la piel, me conmueve tanto como esos besos. Echo a correr rampa abajo, y solo freno cuando mis pies se posan en el suelo del nuevo mundo. El terreno arenoso cede bajo las plantas de mis pies, y por un momento siento que podría enraizarme ahí tan profundamente como lo hacen los árboles retorcidos.
Mi mirada se eleva. ¿Cómo pude creer que el cielo pintado de azul y blanco del nivel de alimentación imitaba al cielo? Ni siquiera se parecía. No había nada en él de estos matices azules y grises, de estas nubes deshilachadas que se mueven ante mis ojos. Nunca llegué a comprender realmente por qué Amy añoraba tanto Tierra Solar, por qué no podía conformarse con la Fortuna. Me preguntaba qué diferencia podía haber entre el aire que respirábamos en la nave y el aire de un planeta.
Ahora sé la respuesta.
Los dos soles resplandecen en el cielo, tan brillantes que, tras mirarlos un segundo, dos puntos negros quedan impresos en mi retina. Dos soles. A diferencia de Tierra Solar, Tierra Centauri pertenece a un sistema solar binario. El mayor de los dos está un poco más alto que el pequeño, de un color rojizo que me recuerda al pelo de Amy. El grande es de un blanco brillante, como su piel.
Un chillido estridente me sobresalta, y me vuelvo rápidamente para escrutar entre los árboles. Algo oscuro se mueve entre las sombras. Entrecierro los ojos para ver mejor y, de pronto, oigo otro sonido.
Es una especie de alarido brutal que resuena en lo alto.
Alzo la mirada hacia el cielo y lo veo.
Es uno de los monstruos sobre los que nos advirtió Orion.
La bestia, parecida a un pájaro, aterriza a pocos metros de mí haciendo temblar el suelo arenoso. Su cabeza alargada se eleva hacia el cielo y luego desciende para mirarme. Es mucho más alta que yo, y su pico está armado de dientes puntiagudos. Su piel escamosa, de un verde tan oscuro que parece negro, recubre todo el cuerpo salvo el extremo de las garras y de las alas membranosas. Es un monstruo aterrador, una especie de mezcla de animales de Tierra Solar: un cuerpo de lagarto rematado en una cabeza de pterosaurio, con garras de Velociraptor y alas de murciélago. Me llevo la mano instintivamente al intercom para pedir ayuda. Evidentemente, no sirve de nada.
La bestia estira las alas, tan largas como dos personas y rematadas por garras ganchudas en cada una de las articulaciones. Se afianza en el suelo arenoso, se inclina hacia mí y emite un chirrido ensordecedor, un grito que me estremece hasta los huesos. Aunque está a cierta distancia —no podría tocarla ni aunque quisiera hacerlo —, siento el calor de su aliento y distingo su lengua negra y fina dentro del pico abierto.
Palpo con desesperación en busca de mi arma, de las granadas, de cualquier cosa con la que defenderme.
La criatura se inclina para tomar impulso, se abalanza hacia delante y me embiste con la cabeza, dura como el hueso. Caigo de espaldas y el monstruo me pisa cortándome la respiración.
Su cuello, largo y flexible como una serpiente, se dobla hacia mí. Por el pico abierto asoman sus dientes negruzcos, aguzados como los de una sierra y llenos de saliva espumosa.
Suena un ruido fuerte y seco. Un disparo.
La bestia levanta la cabeza en un gesto de alarma. Una bala corta el aire y se aloja en su lomo. Sus garras se contraen, rasgando mi camisa y la piel de debajo.
Se oye otro disparo; el monstruo alado deja caer todo su peso sobre mi torso, toma impulso y salta hacia el tronco de un árbol. Trato de recobrar el aliento mientras miro cómo trepa hasta las ramas superiores, se deja caer y aletea hasta elevarse en el aire. Oigo un disparo más.
—¡Métete en la nave! —grita Amy desde el puente de mando—. ¡Deprisa!
Me pongo en pie con esfuerzo. Tengo la camisa desgarrada y empapada en sangre, pero mis heridas no son nada en comparación con lo que podría haberme ocurrido. Cuando llego a la puerta que une el puente con el resto de la nave, Amy me aferra de un brazo y me hace pasar de un tirón.