Dos soles
57. Amy
Mi padre pide a varios de los científicos que trabajaban con mi madre que estudien si la idea del humo puede funcionar. Tardan poco en comunicarle los resultados: el humo parece aún más eficaz que las propias flores para adormecer a los humanos.
Sin embargo, los alienígenas no son humanos: están recubiertos de escamas vítreas y dejan huellas extrañas en el terreno. Eso es todo lo que sabemos de ellos. Nunca los hemos visto, y mucho menos analizado para descubrir sus puntos débiles. Puede que ni siquiera respiren; tal vez las flores moradas los fortalezcan en vez de dormirlos. ¿Quién sabe?
Esto, justo esto, es lo peor de todo.
No sabemos a quién —a qué— nos enfrentamos.
Ellos, sin embargo, parecen conocerlo todo sobre nosotros, incluida la forma de matarnos.
—No me gusta esto —refunfuña mi padre tras ordenar a cinco de sus soldados que salgan al bosque para recolectar musgo morado—. Toda nuestra estrategia de defensa se va a basar en un puñado de… de flores —remacha, casi con asco.
—¿Crees que huyendo nos defenderíamos mejor? —replico—. Tenemos que intentarlo, papá.
—Solo funcionará una vez, si es que llega a hacerlo. Cuando descubran el truco, harán algo para evitar el humo en su siguiente ataque.
—Con que funcione una vez nos basta —afirmo—. Solo necesitamos sobrevivir unos días hasta que lleguen los refuerzos, ¿no es eso?
—Aunque si tomáramos algún rehén… —dice mi padre con voz mucho más suave, y me doy cuenta de que está pensando en voz alta.
¿Rehenes? Ni siquiera se me había ocurrido pensar en eso.
Observo a mi padre, sorprendida: la idea de los rehenes no me parece propia de él. Tal vez no le conozca tan bien como creía.
Cuando tenemos una cantidad considerable de flores moradas, mi padre ordena a sus hombres que caven una trinchera no muy profunda. La idea es meter ahí las flores junto a una mecha; si vemos que los alienígenas se acercan, encenderemos la mecha y los ahumaremos.
Recogemos todos los materiales combustibles que encontramos y los mezclamos con las hebras pegajosas. Uno de los alimentadores aporta una lata pequeña de una gelatina inflamable, que repartimos con cuidado por la mezcla. Nos lleva horas prepararlo todo.
Si los alienígenas nos están vigilando —algo más que probable—, esperamos que piensen que estamos haciendo un conducto de drenaje o algo así. También esperamos que la mecha funcione, que la mezcla arda, que el viento no traiga el humo de vuelta al poblado… Que el plan funcione, en suma.
En el fondo, esperamos que ocurra un milagro.