Dos soles

Beth Revis · Capítulo 66 de 74

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Dos soles

66. Elder

Intento restablecer la comunicación, pero se ha cortado sin remedio. Repaso lo que he oído: un estrépito de cristales rotos, varios golpes fuertes…

Y luego, nada.

Esto no acaba aquí, me digo. Amy no está muerta.

Me lo digo una y otra vez y me fuerzo a creerlo.

Salgo corriendo del puente y entro en la Fortuna. Bartie está de pie junto a la escotilla, mirándolo todo con cara de felicidad.

—Los preparativos van viento en popa. Dentro de nada podremos marcharnos —dice al verme, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Ahora —jadeo.

—¿Qué?

—Hay que irse ahora mismo. Tienen a Amy, y creo que la colonia entera se ha ido al frexo.

—¿De qué estás hablando, Elder? Cálmate, anda —contesta Bartie, agarrándome de los hombros para tranquilizarme.

Le retiro las manos con violencia.

—¿Es que no me entiendes? ¡Lo he oído por la emisora! Bartie, han capturado a Amy y creo que han desmantelado la colonia.

—¿Quiénes?

—¡Los híbridos! —exclamo, alzando los brazos en un ademán de impotencia—. ¡Los alienígenas, o como quieras llamarlos! ¡Los monstruos contra los que nos advirtió Orion, los que nos atacaron desde que llegamos! ¡Han atrapado a nuestra gente!

En la frente de Bartie aparece una arruga de preocupación.

—Y… ¿qué hacemos?

—Tenemos que irnos ya. Llama a la gente; diles que cojan lo que puedan y que vengan disparados.

Bartie suspira y hace una llamada general. Las personas que ya se dirigían hacia la nave atravesando los campos de cultivo aprietan el paso.

—Pero cuando lleguemos, ¿qué podemos hacer? —pregunta Bartie al acabar la llamada—. Aunque zarpáramos ahora mismo, no creo que sirviera de mucho.

—Ven conmigo.

Echo a andar hacia el puente, a paso tan rápido que Bartie casi tiene que correr para mantenerse a mi altura.

—Mira, estos son los mandos —le digo—. Voy a enseñarte a pilotar la lanzadera para que puedas aterrizar.

—¿Yo? —exclama Bartie retrocediendo un paso—. ¿No eras tú el que iba a pilotarla?

—Para nada: lo vas a hacer tú. Presta atención.

Le explico todo detenidamente mientras los tripulantes de la Fortuna empiezan a desfilar de camino a la bodega. Le muestro los controles, el funcionamiento de la emisora… No es difícil: al fin y al cabo, es una lanzadera automatizada y solo requiere de un mínimo de intervención humana.

Cuando estoy seguro de que lo ha captado, salgo corriendo del puente, paso sin detenerme junto a la gente que ya hay congregada abajo y desciendo por una escalerilla.

La cápsula de emergencia que Chris me mostró es aún más pequeña de lo que parecía desde el suelo. Su escotilla de entrada es tan estrecha que tengo que retorcerme para entrar. Caigo directamente en el asiento. Los mandos son casi iguales que los de la lanzadera, pero más apretados, y hay uno adicional con aspecto de joystick en el que pone «Control manual». A decir verdad, su sencillez me resulta más inquietante que tranquilizadora.

Conecto el sistema de comunicación y llamo al puente, que está justo encima de mí. —¿Sí? —contesta Bartie de inmediato, nervioso.

—Solo es una llamada de prueba —respondo—. Quiero asegurarme de que el sistema funciona.

—Elder, esto es una locura —protesta; aunque su voz tiene un eco metálico, la oigo alta y clara.

—Sí, supongo que lo es. Pero no veo otra manera de ayudar a Amy.

Es la única opción: tengo que ir a la estación espacial y activar la bomba. Me cueste lo que me cueste, no voy a dejar a Amy en la estacada.

Acabo la llamada a Bartie y lanzo otra a la emisora del complejo. Un piloto rojo empieza a destellar mientras la señal se estabiliza.

—No cortéis la comunicación —digo cuando la luz del piloto se hace constante.

—¿Por qué no? —replica una voz con un acento que no conozco.

—Estoy montado en la cápsula de emergencia de la lanzadera. Me dispongo a volar hasta la estación espacial, entrar en ella y activar la bomba biológica.

—¡Elder, no! —grita una voz femenina.

Amy.

—¿Qué está pasando, Amy?

—¡A mí también me han inyectado…! —su voz se interrumpe: han debido de taparle la boca. Se oye un roce, como si la estuvieran apartando a rastras.

—¿Qué has dicho, Amy? —pregunto, pero nadie me responde—. ¿Qué frexo está pasando ahí?

—Hemos inoculado a Amy un compuesto MG. Ahora es una híbrida y, como tal, está expuesta a los efectos de la bomba biológica. Hemos intentado negociar con el otro líder de la expedición, el coronel Martin. Pero la fase de negociación ya ha acabado.

—Dejadme hablar con él —exijo.

—¡Está muerto! —exclama Amy; su voz suena más rasgada de lo que la recuerdo, y quizá un poco más grave—. ¡Lo han matado, Elder!

Más roces amortiguados: ya no cabe duda de que la están amordazando para que no pueda hablar conmigo. Pero no me hace falta saber más para convencerme de que lo que ha dicho es cierto. Amy nunca diría algo así si no lo fuera.

Me tiemblan las manos. No he estado más asustado en mi vida.

 

Sé lo que tengo que hacer.

 

—Os propongo un trato —digo, esperando sonar convincente; ellos tienen casi todas las bazas en sus manos, pero a mí me queda algo con lo que negociar—. Tengo la fórmula del inhibidor, un antídoto del fidus. Chris os puede confirmar que en la nave también había fidus: nuestros científicos desarrollaron esta sustancia y la mantuvieron en secreto.

Hago una pausa; como nadie dice nada, sigo con mi discurso.

—Mi amigo Bartie va a pilotar la lanzadera para desembarcar con nuestra gente en Tierra Centauri. Lleva consigo la fórmula del antídoto. Si atacáis a la lanzadera mientras aterriza, os quedaréis sin fórmula.

Esta vez, uno de ellos responde.

—No la atacaremos.

—Bien. Ahora mismo me encuentro a bordo de la cápsula de emergencia. Voy a inutilizar la bomba biológica. Si lo logro, tenéis que prometer que dejaréis libres a Amy y a los demás.

Por el altavoz de la emisora suena una carcajada que me hiela la sangre.

—No solo tememos a la bomba —dice el híbrido—. Los refuerzos del FREX cada vez están más cerca, y la única persona que tenía autoridad para detenerlos está muerto. Si las tropas del FREX desembarcan, será la guerra. Mucha gente morirá, y no solo de los nuestros.

—¡Me pondré en contacto con ellos! —exclamo a la desesperada—. ¡Les pediré que no vengan!

No sé si el FREX escuchará mis súplicas, pero estoy dispuesto a intentarlo. Haré cualquier cosa con tal de saber que Amy está a salvo.

—No te harán caso —replica mi interlocutor—. Lo único que podría detenerlos es la destrucción de la estación espacial. La tecnología basada en teseractos que utilizan las naves para viajar a alta velocidad necesita de una señal emitida desde el lugar de destino. Si la estación deja de emitir esa señal, el FREX tardará décadas en alcanzarnos. Pero no tienes manera de destruirla, ¿verdad? Que yo sepa, la nave en la que vivíais no está provista de armas.

Tengo un nudo en la garganta. Por un momento, trato de hablar y no encuentro la voz.

—¿Y si lo lograra? —pregunto al fin.

—¿Si lograras qué? —replica el hombre con voz áspera.

—Destruir la estación. Si lo consigo, ¿accederéis a liberar a mi gente?

—Si lo haces, chico, yo mismo firmaré el tratado de paz.

No respondo de inmediato. Me quedo sentado en la cápsula, pensando en lo que estoy dispuesto a sacrificar para terminar con este enfrentamiento. Observo las estrellas y me despido de ellas en silencio.

Amy nunca me perdonará por lo que estoy a punto de hacer. Pero es que resulta tan obvio…

La Fortuna ya no es más que un cascarón muerto que flota en el espacio. Solo le hace falta un empujoncito, y yo puedo dárselo con la cápsula. La inercia se hará cargo de casi todo lo demás: la Fortuna se estrellará contra la estación espacial, que quedará destruida junto a todas las armas que contiene. Y entonces, las tropas de Tierra Solar no podrán llegar hasta aquí para frexarlo todo. Fácil.

—Bien. Dadme un poco de tiempo —contesto al fin—. Y dejadme hablar con Amy.