Dos soles

Beth Revis · Capítulo 21 de 74

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Dos soles

21. Amy

Quiero que se lance sobre nosotros.

Quiero que ruja, que nos ataque, que vuelque la camilla y trate de matarnos.

Porque ese es el Orion que puedo comprender.

No sé qué sentir hacia un Orion torturado, un Orion para el que existir es un tormento inhumano, un Orion que se muere ante mis ojos.

—¿Qué me ha pasado? —pregunta con un graznido.

Al mover los labios para pronunciar esas cuatro palabras, las comisuras se le agrietan y empiezan a sangrar.

—Has estado congelado —contesta Elder con voz suave y calmada, como si quisiera tranquilizar a un animal asustadizo.

El cuerpo de Orion se sacude en un espasmo, y me lleva unos segundos darme cuenta de que es un intento de carcajada.

—Frexo… ¿Cuánto tiempo he pasado en el tubo?

—Tres meses.

Sus hombros se encogen un poco más, como si envejeciera esos tres meses en un instante.

—¿Dónde estamos?

Sé que no se refiere a la parte de la nave en la que nos encontramos. Quiere saber si seguimos a bordo de la Fortuna o hemos llegado a Tierra Centauri.

—Hemos aterrizado —responde Elder.

—¿Por qué? —replica y, para mi sorpresa, en su tono no hay ira ni reproche.

—No teníamos elección.

Miro a Elder. Estoy empezando a dudar de que eso sea verdad. Él esboza una sonrisa amarga, como si albergara las mismas dudas.

—¿Por qué me duele tanto? ¿Por qué no veo nada? —musita Orion con una voz teñida de temor.

Algo se resquebraja en mi corazón.

—Tu procedimiento de crionización no fue el más adecuado.

—No… —Orion traga saliva, e incluso ese simple gesto parece producirle un dolor insoportable—. No me encuentro bien.

—Lo sé —contesta Elder suavemente—. Lo sé… Y lo siento.

La cara de Orion se vuelve hacia nosotros y, por un momento, pienso que sus ojos velados se centran en mí. Pero no, es imposible: está ciego.

—No te culpo —dice con voz algo más enérgica.

Elder agacha la cabeza. Tal vez Orion no lo culpe, pero él se culpa a sí mismo.

—Puede que lo mereciera —continúa Orion—. Tampoco la culpo a ella.

El corazón se me detiene: está hablando de mí.

—Esa chica… Me alegro de que la encontraras, Elder. Me alegro de que despertara. Yo ya había intentado cambiar las cosas, tú lo sabes bien. Pero no tenía a nadie como ella. Lo único que conseguí fueron nuevas cicatrices —se roza el cuello con las yemas de los dedos—. Cicatrices: es lo único que se me da bien —se cubre los ojos con las manos y deja caer la cabeza hacia delante—. No deberíamos estar aquí.

—No nos quedaba otra op… —repite Elder, pero Orion le corta.

—Eso no es verdad, y tú lo sabes —toma aire y suelta una tos borboteante—. Pero una vez que viste el planeta, no fuiste capaz de ignorarlo. Sé lo que sentiste; recuerda que yo lo vi también. Pero tuve el sentido común de esconderlo por el bien de la gente que vivía en la Fortuna —vuelve a toser, y con el aire sale una bocanada de sangre que le salpica los labios hinchados—. Supongo que no me he ganado el derecho a verlo, ahora que estamos en él.

Me recorre un escalofrío: en su voz resuena una añoranza sin fondo.

Y por primera vez, me doy cuenta de que tengo algo en común con Orion.

—Yo también tengo cosas que lamentar —añade.

Elder abre la boca como si quisiera decir algo, pero no le sale la voz.

A Orion se le está escapando la vida ante nuestros ojos. De sus ojos caen dos hilillos de sangre, y el chorro que escapa por su boca es cada vez más copioso.

—No me quedé junto a los congelados para ver cómo morían —grazna, como si hubiera leído mis pensamientos hace unos minutos—. Si los hubiera visto, quizá no habría sido capaz de hacerlo.

—Orion… —masculla Elder—. Orion, necesitamos que nos ayudes.

La mano de Orion palpa la camilla como si quisiera asegurarse de sus dimensiones.

—Estoy… estoy tan cansado…

—¿Qué sabes acerca de los monstruos que viven en este planeta? —inquiere Elder, ahora en un tono lleno de urgencia.

Sé lo que piensa: no podemos dejar que Orion muera y se lleve consigo todos sus secretos.

—Esclavos o carne de cañón —dice Orion, reclinándose para tumbarse—. Te lo dije… Esclavos o carne de cañón.

—No, Orion. No hablo de los congelados. Sé que son peligrosos, pero… ¿qué puedes decirme de las criaturas que habitan este planeta? Tú sabías que algo terrible nos esperaba aquí. ¿Qué es, Orion?

Orion se convulsiona. ¿Otra carcajada, o algo peor?

—¡Dímelo! —exclama Elder—. Orion, me lo tienes que decir. ¡Tenemos que saber a qué nos enfrentamos! ¡Ya ha muerto gente, Orion!

—¿Y qué? Yo también me estoy muriendo —jadea.

—¡Tienes que contármelo! —grita Elder aferrándole un brazo.

La carne se deforma bajo sus dedos, y la boca de Orion se abre para dejar paso a un grito que su garganta ya no puede emitir. Elder le suelta el brazo como si quemara, mientras Orion se retuerce por el dolor.

Al cabo de unos segundos, Orion parece calmarse.

—No me digas que no los has encontrado, principito —dice con un hilo de voz, y carraspea—. ¿Es que no seguiste las pistas que te dejé?

—Ahora no tenemos tiempo para esos juegos —replica Elder en tono suplicante, como si estuviera a punto de romper a llorar—. Por favor, Orion, dime lo que sabes.

Orion hace un esfuerzo por volver a sentarse, pero no es capaz. Vuelve el rostro lentamente hacia Elder; tiene los ojos cerrados, como si abrirlos supusiera un esfuerzo excesivo para él.

—Muéstrame este mundo —dice, vocalizando despacio para asegurarse de que lo entiende—. Por favor.

En su voz no hay rastro de súplica: es una simple petición, expresada de forma clara y sentida.

Elder lo mira, vacilante. Pero yo entiendo a Orion: solo hablará si lo sacamos al exterior.

Me doy la vuelta y camino hacia la puerta tan sigilosamente como puedo, indicándole a Elder con un gesto que me siga. Él se agacha para agarrar las esquinas de la camilla y echa a andar empujándola. Solo se oye el rumor de nuestros pasos y el chirrido suave que hace la camilla al rodar.

Y los resuellos de Orion, desesperado por aferrarse a la vida un momento más.

Cuando Elder maniobra para salvar el recodo que hace el pasillo antes de desembocar en el puente, Orion se desliza por la superficie metálica. Extiende un brazo para agarrarse y da un respingo. Luego inhala con un ruido cavernoso y escupe sangre; puede que antes tuviera algo resquebrajado por dentro, pero ahora está definitivamente roto.

Aunque hemos dejado abierta la puerta del puente, tengo que ayudar a Elder a salvar el reborde del umbral. Me vuelvo, agarro el borde de la camilla y la levanto a pulso. Si Orion tenía alguna duda sobre si Elder estaba solo o acompañado, esto acaba de despejarla. Sin embargo, no dice nada al respecto.

Cuando nos asomamos al exterior, Orion se alza con dificultad sobre los codos y levanta la cara hacia los soles. Se han elevado bastante desde que entramos en la lanzadera, y ahora asoman sobre las copas de los árboles.

Me vuelvo hacia él y lo observo: aunque el contacto con el aire libre lo ha revitalizado, ahora parece más menudo. Sus ojos, de nuevo muy abiertos, giran en sus cuencas haciendo un esfuerzo inútil por distinguir lo que le rodea. Por un momento me apiado de él, pero el sentimiento se desvanece cuando recuerdo los ojos desorbitados del cadáver de Theo Kennedy.

Se recuesta y extiende un brazo, con los dedos extendidos como si quisiera aferrar el calor de la mañana. Inspira una bocanada de aire fresco y sus fosas nasales se ensanchan; por un momento, todo él parece pendiente de su olfato. Cuando se levanta una brisa cálida y suave, Orion inclina la cabeza en la dirección de la que viene y ladea la cabeza para oír mejor el murmullo de los árboles.

Todo su ser está concentrado en los sentidos que le quedan, ávido de absorber este mundo.

Su brazo desciende lentamente. Las comisuras de sus labios se elevan en una sonrisa.

Luego suelta un suspiro prolongado, y me doy cuenta de que con él escapa la poca vida que le quedaba.

La luz opaca de sus ojos se apaga lentamente hasta desaparecer.