Dos soles

Beth Revis · Capítulo 38 de 74

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Dos soles

38. Elder

Me despierto antes de que amanezca y me quedo tumbado, observando cómo la luz de la mañana avanza lentamente por el techo. Sé que tengo mucho que hacer, pero solo soy capaz de pensar en Kit. Hasta ahora no me había dado cuenta de lo mucho que dependía de ella, tanto como Eldest dependía de Doc. Todos dependíamos de ella, en realidad. No sé cómo vamos a organizarnos en su ausencia.

Pero aunque no sé cómo, sé que tenemos que hacerlo.

Lo primero que hago después de levantarme es ir a la lanzadera para inspeccionar las medicinas que Kit guardaba allí; prefiero usar nuestras cosas y no las de los médicos humanos. Mi humor empeora según avanzo por el bosque. Tanto pensar en mediparches me recuerda inevitablemente a Bartie y a la reserva de parches negros con los que la gente de la nave se suicidará si el motor llega a apagarse por completo.

Me detengo al llegar al puente. La puerta que da acceso al interior de la lanzadera está entornada, y al otro lado se oye una discusión.

De pronto identifico claramente una de las voces: es Amy, casi aullando de rabia.

Abro de un golpe y me abalanzo por el pasillo. Aún es temprano para que haya mucha gente en los laboratorios, pero eso no me reconforta demasiado. Sigo las voces que vienen del laboratorio de genética.

—¿Es que quieres que cunda el pánico? —berrea el coronel Martin.

—¡Tienen derecho a saber lo que está pasando! —responde Amy, indignada.

Avivo el paso y mis pisadas resuenan aún más fuerte en el suelo metálico de la sala de criopreservación. La puerta del laboratorio está abierta. Al oírme, el coronel se da la vuelta y pone los ojos en blanco.

—El que faltaba —resopla.

—¿Se puede saber qué ocurre? —jadeo, y él se aparta para dejarme ver lo que hay a su espalda.

El cuerpo sin vida de Emma Bledsoe yace en una camilla. Aunque estoy sin aliento por la carrera, la respiración se me corta al verla. Emma era amable y generosa; era la única terrícola en quien sentía que podía confiar.

Aparte de Amy, claro.

—¿Cómo ha muerto? —pregunto con voz hueca, examinando el cadáver. Emma parece dormida.

—Aún no hemos identificado la causa —contesta la madre de Amy.

En vez de mirarla, me vuelvo hacia la propia Amy y le hago una pregunta silenciosa: ¿ha sido el fidus? Ella se encoge de hombros y señala con la cabeza el aparato que usamos ayer. Su motor emite un zumbido suave: aún no ha arrojado resultados.

—Bledsoe estaba de guardia —explica el coronel de mala gana—. Debe de haberse topado con algún peligro no identificado. Por cosas como esta es por lo que insistimos en que nadie se aventure solo por los alrededores: aún no conocemos todos los peligros que nos acechan.

—¡Papá, su muerte no ha sido accidental! —grita Amy con impaciencia—. ¡Hemos encontrado flores moradas en su ropa! Alguien la dejó fuera de combate.

—¿Para asesinarla? —replica el coronel en tono irónico, como si la idea fuera absurda.

—Emma sabía muy bien lo peligrosas que eran esas flores; vio lo que me hicieron a mí.

—Estás desbarrando, hija —afirma el coronel haciendo un gesto despectivo con la mano.

Amy le agarra la muñeca y le mira fijamente a los ojos.

—Tienes que escucharnos, padre —silabea.

Me mira de reojo y yo asiento con la cabeza: ha llegado el momento de jugárnosla.

—Emma sabía algo —explica Amy—. Me avisó de que desconfiara de alguien, pero no llegó a decirme de quién. Al principio pensé que hablaba de ti, pero ya no estoy tan segura.

El coronel Martin no parece nada impresionado; de hecho, su expresión escéptica se acentúa como si creyera que Amy exagera o incluso miente.

—También me entregó un cubo de cristal —prosigue Amy, y su padre da un respingo.

Todos guardamos un silencio cada vez más tenso mientras ella explica lo que hemos averiguado acerca del cubo y sugiere que podría estar relacionado con la bala que mató a Kit.

—En este planeta hay alienígenas, ¿verdad? —digo yo cuando Amy termina de hablar—. Hay seres inteligentes que saben fabricar armas contra las que no podemos defendernos.

—No sabes de lo que hablas —replica el coronel en tono desdeñoso.

—¡Para de una vez, Bob! —le espeta la madre de Amy, furiosa—. ¡No es momento de andarse con secretos! ¿Qué sabes acerca de todo esto? ¿Qué nos has estado ocultando a todos?

El coronel nos mira, acorralado. Al ver que no parece dispuesto a contestar, lo hago yo por él.

—Hemos ido al complejo que hay cerca del lago. En la puerta de la unidad de comunicación había un escáner biométrico que solo dejaba pasar a los humanos. La conclusión lógica es que ahí fuera hay algo, algo inteligente, que no es humano.

—Esto es una insubordinación que no pienso aceptar —protesta el coronel sin mucha convicción.

—Por supuesto que va a aceptarla, ¿y sabe por qué? Porque esos seres, sean lo que sean, están eliminándonos uno a uno.

Enumero los nombres de las personas que han muerto hasta ahora, y al llegar al de Emma observo la sombra de culpabilidad que oscurece sus ojos.

—Lo peor de todo —remacho— es que creo que usted sabe por qué los han matado.

—¿Es eso cierto? —interviene la madre de Amy—. ¿Estás protegiendo a esas criaturas? —exclama, asqueada.

El coronel reacciona como si lo hubieran pinchado.

—¿Cómo voy a proteger a unas criaturas que no existen? —ruge—. ¡No sé más que vosotros sobre los seres que habitan en este planeta! —hace una pausa y se vuelve hacia mí—. ¿Y qué es eso del complejo? ¿Quebrantaste el toque de queda para ir allí?

No me molesto en negarlo.

—Entonces sabrás que no hemos podido contactar con la Tierra —deduce el coronel, y su mujer ahoga una exclamación.

—Pero ¿no dijiste que…?

—Al principio creímos que lo habíamos logrado —explica él—. Luego descubrimos que se trataba de un mensaje grabado con anterioridad.

—Y no habéis establecido contacto desde entonces…

El coronel asiente con un gesto seco.

—¿Qué le preocupaba a Emma? —pregunta Amy—. ¿Por qué estaba tan asustada?

El coronel extiende las manos con las palmas hacia arriba.

—No lo sé —reconoce en tono derrotado—. Y tampoco sé por qué ha muerto; tal vez averiguara algo que yo desconozco. Pero si fue así, no llegó a decírmelo. Y ahora es demasiado tarde para que lo haga.