Dos soles

Beth Revis · Capítulo 20 de 74

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Dos soles

20. Elder

Lo primero que siento al ver a Amy subir la escalera que lleva al segundo nivel del poblado, con la melena roja sacudiéndose al ritmo de sus zancadas, es alivio.

Está viva. Ha despertado, está bien, está VIVA.

Lo segundo que siento es miedo.

Porque su expresión me dice que algo va horriblemente mal.

—¿Qué ocurre? —le pregunto.

—Mis padres acaban de marcharse junto a varios soldados y científicos —responde con voz entrecortada—. Me han dicho que no me mueva, que no te lo diga…

El corazón se me sube a la garganta.

—¿Que no me digas qué?

—Han encontrado a Lorin.

—¿Y…? —pregunto.

Kit y yo nos pasamos casi todo el día de ayer haciendo una lista detallada de los tripulantes que vinieron en la lanzadera. Cuando nos dimos cuenta de que faltaba Lorin, los dos nos sentimos dolorosamente responsables; no podemos permitir que vuelva a ocurrirnos algo así.

—Eso es bueno, ¿no? —insisto al ver que Amy no dice nada.

—Está muerta.

Me tambaleo como si me hubieran dado un golpe.

—¿Muerta? ¿Cómo?

Amy sacude la cabeza.

—Solo sé que la han encontrado muerta. También está muerta Juliana Robertson, que había salido a buscarla a ella y al doctor Gupta. No sé qué les habrá pasado. El doctor Gupta sigue sin aparecer. Me he enterado de que…

Se ha enterado de que Lorin ha muerto y, aunque su padre se lo ha prohibido expresamente, lo primero que ha hecho es venir corriendo a contármelo.

—¿Dónde están?

Amy extiende las manos con las palmas hacia arriba.

—No lo sé, Elder. Cerca del lago, creo.

—Tengo que ir —mascullo, y Amy me agarra del codo.

—No puedes hacerlo. Mi padre se pondría furioso…

—¿Y qué? —replico, tratando de calmar el torbellino de pensamientos que me giran en la cabeza.

Las amenazas de este planeta son mucho más serias de lo que había previsto. El reptil volador que trató de comerse mi cara, las huellas en el bosque, las flores que casi matan a Amy… Y ahora, dos personas muertas.

Desconocemos demasiadas cosas. Nuestra ignorancia acabará por matarnos.

Nuestra ignorancia…

Sin embargo, hay una persona que sabía. Alguien conocía los peligros que encerraba este mundo, y tal vez sus conocimientos puedan salvarnos ahora.

Me vienen a la mente las últimas palabras grabadas por Orion en los flexibles que dejó para Amy. Su voz temblaba, rota por el miedo: «¿Es tan insoportable la vida en la nave como para exponernos a los monstruos de abajo? ¿Merece la pena que arriesgues tu vida y las de todos nosotros?».

Mi mirada se encuentra con la de Amy.

Orion lo sabía.

—Orion —susurro.

Él puede contarnos la verdad. No dejaremos que nos enrede con acertijos y mensajes ocultos: le obligaremos a que nos diga todo lo que sabe. Si no lo hace…

La cara de Amy se demuda.

—Orion —musita—. Elder, Orion… No… Nos olvidamos de su temporizador.

Frexo. Frexo. Frexo. Orion.

Con las prisas del cierre de la lanzadera y el miedo a la tormenta, nadie volvió a acordarse de él.

 

Amy y yo salimos a la carrera del poblado y nos internamos en el bosque, sin molestarnos en alzar la mirada para ver si hay más monstruos voladores al acecho. Por un momento pienso que no vamos a ser capaces de encontrar el camino, pero enseguida descubro que la marcha de mil quinientas personas deja un rastro difícil de pasar por alto. Si el trayecto nos pareció tan largo a la venida, fue porque éramos muchos y no sabíamos adónde íbamos: lo único que sabíamos era que la sonda había detectado agua en las cercanías. Ahora, sin embargo, somos solo dos, y llegamos a la lanzadera mucho antes de lo que yo había supuesto.

Amy sube la rampa en cuatro zancadas e intenta abrir la puerta del puente.

—Sigue bloqueada —gruñe.

Me dejo caer en el asiento que hay frente al panel central. Tiene que haber algo que podamos hacer. Deslizo los dedos por los controles de los sistemas interiores y programo un análisis completo de todas las operaciones de la lanzadera.

—¿Por qué no estabas allí? —pregunta Amy mientras me acomodo en el asiento, impaciente por ver los resultados del análisis.

—¿Dónde? —pregunto sin despegar los ojos del panel de control.

Los sensores vuelven a funcionar correctamente. Pero entonces, ¿por qué siguen bloqueadas las puertas?

—Conmigo, cuando me desperté.

Mi mano se detiene sobre los mandos. ¿Le cuento que me he pasado toda la noche sentado junto al edificio en el que estaba ella, atento al más mínimo sonido que salía por la ventana por si la oía despertarse? ¿Le cuento que lo primero que hice cuando amaneció, antes de ver cómo estaba mi gente y de hablar con Kit, fue ponerme de puntillas para ver su cara a la luz de la mañana? ¿Que apenas dormí, devastado por la conciencia de que, por segunda vez, había estado a punto de matarla?

—Tendría que haber estado allí —contesto—. Lo siento mucho.

Amy suspira. Me vuelvo hacia ella: sus ojos están clavados en la puerta.

—Vamos a abrir de una vez este trasto —masculla, y sé que es una forma de aceptar mis disculpas.

Me agacho y examino la parte inferior del panel hasta encontrar una cajita con el rótulo «Fusibles y sensores». Los cables de los sensores que miden la presión del aire están rodeados de cinta aislante negra. Debieron de pelarse hace años y alguien hizo una reparación de emergencia; no me extraña que fallaran. Toco la cinta y me sorprendo al encontrarla aún pegajosa. Es muy raro, porque debe de llevar aquí varias generaciones.

No sé qué pudo frexar los sensores, pero, en cualquier caso, ahora parecen ir bien. Y si los sensores están operativos, es muy posible que logre revertir el cierre de la lanzadera.

Gateo para salir y al incorporarme veo que en la pantalla parpadea un recuadro: «Introduzca el código militar de autorización». Mierda: no conozco esa secuencia que tan bien parece saberse el coronel Martin. Tecleo como loco, tratando de encontrar alguna manera de saltarme esta pantalla. Tiene que haber alguna manera: al fin y al cabo, Orion consiguió abrir todas las puertas cerradas que había en la Fortuna, incluidas las de esta lanzadera.

Y si Orion pudo hacerlo, yo también puedo. Me vuelvo hacia la unidad central del ordenador y busco la base de datos donde se almacenan todas las claves tecleadas a lo largo del tiempo. Solo me lleva unos minutos detectar una combinación que se repite una y otra vez: K-A-Y-L-E-I-G-H. No hace falta ser un genio para deducir que Orion reprogramó el ordenador de forma que se desbloqueara también con esta clave. La elección de la palabra es muy propia de él: Kayleigh, la pobre chica cuyo cadáver apareció flotando en el estanque que ocultaba la escotilla de acceso a la lanzadera.

Me abalanzo hacia el teclado que hay junto a la puerta y Amy se aparta de un salto para dejarme pasar. Introduzco el código a toda prisa y los cerrojos se descorren con un chasquido.

Abro la puerta de golpe. Estoy a punto de entrar cuando Amy me aferra del brazo.

—Si está despierto —susurra—, tenemos que volverlo a congelar.

—¡No, frexo! Si está despierto, tenemos muchas cosas que preguntarle. Orion es el único que sabe lo que hay en este planeta, Amy. Nadie más conoce esa información. Sabía que nos encontraríamos con monstruos, sabía cómo serían. Tal vez sepa la forma de combatirlos.

—Vale: le interrogamos y luego volvemos a congelarlo —replica Amy; su tono es frío, pero sus ojos están llenos de miedo y dolor—. No voy a permitir que lo sueltes, Elder. Imagina el caos que puede provocar… Imagina lo que le hará a la gente de la Tierra.

No me molesto en contestar. Amy nunca podrá ver en Orion nada que no sea maldad. Ella no ve lo que veo yo. Ella no se ve reflejada en él.

Me suelta el brazo y yo doy un paso adelante.

—No vas a volver a abandonarme, ¿verdad?

Me quedo helado. Lo ha dicho con voz tranquila y queda, apenas más que un susurro, y en su tono hay una tristeza que jamás había oído.

Sin esperar mi respuesta, Amy me aparta del umbral y entra en la lanzadera.

 

En los pasillos reina un silencio inquietante. El aire parece estancado. Incluso nuestros pasos suenan extrañamente amortiguados.

Me asomo a la sala de criopreservación. Una parte de mí espera ver a Orion ahí sentado, esperándonos.

Pero no está. Claro que no está.

 

—Aquí dentro —musita Amy aproximándose a la puerta del laboratorio.

El ambiente se hace más sofocante cuanto más avanzamos. ¿Cómo hemos podido plantearnos siquiera el vivir aquí dentro?

Amy se acerca al escáner biométrico de la puerta y apoya el pulgar. Cuando la puerta empieza a abrirse, suelta el aire como si hubiera contenido la respiración.

Entro en el laboratorio detrás de ella.

—¿Dónde está? —pregunta Amy mirando el tubo de crionización.

La última vez que estuvimos aquí, la cara de Orion se distinguía al otro lado del cristal. Ahora… ahora no se ve nada. El tubo está vacío, sin rastro de hielo ni de Orion.

—No puede ser —murmuro.

Amy se acerca a la pared y empieza a examinar los rincones, como si creyera que Orion puede estar oculto detrás de la bomba de fidus. Yo me acerco al tubo de crionización, con el estómago encogido por el miedo. El temporizador muestra un número parpadeante: 00:00:00. Se nos ha acabado el tiempo.

La puerta del tubo se abre con un silbido de aire a presión.

Orion está acurrucado en el suelo. Tiene la piel tan roja como si le hubieran raspado la epidermis; a primera vista parece un montón de carne cubierto con trapos, más que una persona. Se estremece y solo entonces me convenzo de que está vivo.

Amy resuella. La miro de reojo: en sus ojos, muy abiertos, hay una mirada de horror. Se tapa la boca con una mano. Por mucho que odie a Orion, es imposible mirar a este caparazón que fue una persona y no sentir lástima.

—Orion… —susurro.

Una mano temblorosa se extiende hacia mí, aún húmeda por el líquido espeso y azulado del que estaba lleno el tubo.

La agarro y noto que la carne cede bajo mis dedos como una esponja húmeda. Cuando tiro de ella para ayudarle a ponerse en pie, Orion abre la boca y deja escapar un grito sordo y rasposo que me pone los pelos de punta. Es como un estertor agónico.

Se está muriendo.

La idea me golpea como una maza, tan fuerte que estoy a punto de vomitar. Sin embargo, sé que es verdad.

Se está muriendo.

Observo la torpeza con la que trata de incorporarse, aferrado a mi mano, y pienso en lo atrofiados que deben de estar sus músculos. Revivo mentalmente el momento en que lo congelamos —en que lo congelé—: lo empujamos al interior del tubo y activamos sin más el proceso de crionización. No preparamos su organismo. No le colocamos sensores en la piel para ajustar el proceso de reanimación. No le echamos gotas en los ojos ni le introdujimos sustancias especiales en el sistema circulatorio. Ni siquiera lo desvestimos.

Más allá de su mano aferrada a la mía, un hilo de sangre asoma por su bocamanga. Su piel se ha fundido con el tejido, y ahora se desgarra como si fuera papel húmedo.

Amy empuja una camilla con ruedas hasta situarla a nuestro lado. En cuanto Orion logra ponerse en pie, le ayudo a avanzar los dos pasos que le separan de la camilla para que pueda sentarse.

Se queda ahí, jadeante y encorvado. Su pelo cuelga en mechones de los que caen gotas espesas y azuladas. El pecho se le hunde al respirar, como si estuviera exhausto y necesitara dedicar toda su energía a llevar aire a sus pulmones. Engarfia los dedos y se lleva las manos a la cara.

Solo entonces le miro a los ojos.

Siguen casi fuera de sus órbitas, igual que cuando estaba congelado. Los iris están cubiertos de una película opaca, que podrían ser cataratas si no fueran del mismo azul celeste que las motas que salpicaban el líquido de criopreservación.

Sus manos, aún engarfiadas, se deslizan por sus mejillas y se detienen sobre su boca.

Masculla algo ininteligible.

Noto cómo Amy tiembla a mi lado, contemplando esta sombra que apenas es humana.

Orion deja caer los brazos a los lados.

Me inclino hacia él y trato de encontrar su mirada. Es imposible: sus ojos están perdidos en el vacío.

Se ha quedado ciego.

Ciego. Herido. Agonizante.

Y no podemos ayudarle.

Yo no quería hacerle esto. ¿Pero qué importancia tiene eso ahora? Ya está hecho.

Y el responsable soy yo.