Dos soles

Beth Revis · Capítulo 48 de 74

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Dos soles

48. Elder

El coronel se detiene frente a la puerta, se lleva el amplificador a la boca y explica la situación a la multitud congregada en la explanada: que no somos los primeros humanos en llegar a Tierra Centauri, y que los otros murieron a manos de unos seres que quieren exterminarnos a nosotros también. Mientras lo escuchamos desde la sala, Amy me aprieta la mano tan fuerte que los dedos se me quedan dormidos.

El cielo está azul y despejado, sopla una brisa cálida, los árboles parecen brillar. Sin embargo, nadie se fija en esas cosas: siguen viendo el humo espeso y gris, oyendo el estruendo de la explosión. Examino las caras de mi gente mientras el coronel les explica que vamos a evacuarlos a una estación espacial. Algunos de ellos — bastantes, en realidad— se alegran al oírlo: quieren seguridad y, para ellos, estar confinados nunca ha sido un problema. No ven el momento de llegar a la estación. Aunque no sea la Fortuna, siempre será mejor que este planeta; al menos, para ellos.

Pero son más los que se resisten, y eso me da energía.

—Cuando lleguen los refuerzos de la Tierra —está diciendo el coronel—, se abrirán varias opciones. Los que ya estén en la estación espacial podrán tomar directamente una nave interestelar.

La gente murmura y se mira, desconcertada, hasta que el coronel aclara sus palabras.

—Para volver a la Tierra, claro. Todos podréis optar por regresar a Tierra Solar.

Esto es muy distinto, y despierta un rechazo mucho mayor entre mi gente. Si la estación espacial solo constituye una etapa del viaje a la Tierra, pocos estarán dispuestos a ir.

Al menos, este planeta es nuestro; la Tierra está muy lejos de serlo.

Salgo de la unidad de comunicación para tratar de templar los ánimos. Apenas he puesto un pie en el umbral cuando mi gente me cae encima como una bandada de aves de presa.

—¡No pueden obligarnos a salir de aquí! —grita uno de los antiguos navegadores a centímetros de mi cara—. ¡Este planeta es nuestro hogar, y no pueden echarnos si no queremos!

—¡Solo allí estaremos seguros! Lo hacen por nuestro bien —replica otro hombre.

—Y por el de nuestros hijos —le apoya una mujer.

—¡No estaremos seguros en ninguna parte! —se inmiscuye un alimentador—. Para eso, yo prefiero quedarme aquí.

—¡No podemos fiarnos del FREX!

—¡Los de Tierra Solar no se preocupan por nosotros!

—¡Pero tenemos que salir de este planeta!

—¡BASTA! —grito tan fuerte como puedo.

Me acerco al coronel y le arrebato el amplificador de voz.

—¡Nadie os obligará a marcharos! —exclamo, y el sonido es tan ensordecedor que todo el mundo se calla—. Pero si queréis, podréis hacerlo.

—¿Qué vas a hacer tú? —grita alguien desde el centro de la multitud.

—¿Yo? —respondo. El amplificador da un eco metálico a mi voz, y recuerdo con añoranza los tiempos en los que podíamos usar los intercom—. Yo me quedo.

La gente estalla en vítores y protestas. Ya han empezado a formarse dos bandos: el de los que quieren quedarse y el de los que prefieren abandonar. Siento una punzada de orgullo al ver cuántos están dispuestos a desafiar el peligro, cuántos quieren luchar por lo que ya consideran suyo.

—¡Silencio! —berrea el coronel Martin por el amplificador.

Todo el mundo baja la voz hasta que solo se oye un rumor intranquilo. El coronel desprende el transmisor que lleva al hombro, da instrucciones a sus patrullas y luego vuelve al interior de la sala de comunicaciones. Me giro y le veo manipular los controles hasta que el suelo de la explanada empieza a estremecerse. La multitud empieza a gritar despavorida, creyendo que se trata de un efecto retardado de la explosión. Amy y su madre echan a correr hacia la ventana de la sala.

Un gran rectángulo de asfalto se abre por la mitad con un chirrido metálico y se eleva como si fuera la parte superior de una caja. Observo boquiabierto cómo una lanzadera enorme se eleva desde el subsuelo: recuerda a un avión de combate demasiado crecido, con una panza prominente bajo sus alas esbeltas. El vientre convexo se abre mientras la lanzadera rueda por la pista, dejando a la vista varias hileras de cajas del tamaño de una persona puesta de pie. Con otro chirrido, el rectángulo de asfalto se cierra.

Recuerdo lo que ha dicho antes el coronel: se trata de una lanzadera automatizada, diseñada para hacer viajes de ida y vuelta entre la estación espacial y el complejo. Pero mientras la miro, solo puedo pensar en la posibilidad de desviarla hasta la Fortuna para sacar a mi gente de allí. A juzgar por su apariencia, supongo que se elevará en diagonal como un avión hasta salir de la atmósfera y luego usará los reactores para ponerse en órbita.

Ahora reina el silencio que no hemos conseguido ni el coronel ni yo con nuestras explicaciones.

Lo de antes eran solo palabras; esto es una realidad tangible.

La presencia de esta lanzadera constituye el inicio de una despedida. Los que monten en ella se irán y no volveremos a verlos. Viajarán a la Tierra, otro planeta de un sistema solar diferente, y dejarán de formar parte de nuestra colonia.

El coronel Martin sale con paso enérgico y, ayudado por varios militares, determina cuáles de los civiles deben viajar en este primer envío. Al principio ordena que las mujeres embarazadas se marchen mientras sus parejas se quedan, pero las familias se niegan a dividirse. Al final, todo se arregla cuando aparecen voluntarios dispuestos a ocupar la plaza de los que se resisten a marchar.

El proceso parece durar horas, pero al fin la gente se organiza y los que van a viajar se acercan al vientre de la lanzadera, donde se alinean las cajas rectangulares.

—Me recuerda a las perchas donde se cuelgan los trajes en la tintorería —comenta Amy con una risita nerviosa.

Los pasajeros empiezan a ocupar sus puestos. Hacia la mitad de cada caja hay una repisa alargada, parecida a un asiento de bicicleta, sobre la que tienen que acomodarse. Luego se ajustan un arnés que les inmoviliza el torso y, para terminar, ajustan una tapadera hermética y transparente.

Cuando la primera tanda de científicos completa el proceso sin contratiempos, el coronel se vuelve hacia un grupo de mi gente que aguarda junto a la lanzadera con aspecto inquieto.

—¿Veis como no pasa nada? —les dice.

Con la primera fila ya ocupada, la segunda desciende automáticamente. Los siguientes avanzan, aún con cierta reticencia: les cuesta confiar en una nueva nave espacial.

Mientras el grupo de nativos de la Fortuna se acerca a la lanzadera, noto que los que han decidido quedarse reculan lentamente. De vez en cuando vuelven la cabeza hacia la izquierda: allí, más allá del bosque y del lago, está el poblado. Su hogar.

El proceso de embarque se alarga durante lo que me parecen horas. Amy está de pie a mi lado, callada, con una expresión que no logro descifrar. En cierto momento le toco la mano, pero ella retira la suya con rapidez. Un sentimiento que no quiero poner en palabras comienza a roerme por dentro. ¿Estará… estará pensando en marcharse y dejarme aquí?

Cuando solo quedan dos plazas libres, el coronel dispersa a los que estaban esperando.

No oigo más que un zumbido sordo. Algo va mal, y no sé —no quiero saber— qué es.

El coronel se acerca a la puerta de la unidad de comunicación, donde estamos Amy, su madre y yo.

No. No.

Extiende una mano hacia la madre de Amy.

—Ha llegado el momento —dice, y ella asiente.

Los dos se vuelven hacia Amy.

—Vamos, hija —le dicen.

Y ya no tengo más remedio que ponerlo en palabras: quieren enviarla de vuelta a la Tierra.