Dos soles

Beth Revis · Capítulo 46 de 74

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Dos soles

46. Elder

Los soldados tratan de detenerme, pero tendrían que pegarme un tiro o atarme a un árbol para conseguirlo. En cuanto oigo la explosión y me doy cuenta de lo que ha pasado, salgo de la colonia y me precipito hacia la lanzadera. Amy lleva días encerrándose todas las mañanas con su madre en el laboratorio. Si estaba allí cuando la lanzadera ha saltado por los aires… Frexo. El corazón me salta en el pecho y los ojos me queman solo de pensarlo. No, no puede estar allí.

Alcanzo al coronel y a la patrulla que lo acompaña antes de que entren en el bosque.

—¿Dónde está Amy? —farfullo, aterrado.

Él me mira como si no entendiera mis palabras.

—¿Amy?

—Sí, ¿está bien?

—Claro que está bien, pero no ha venido.

Las rodillas se me aflojan al oírlo. Gracias a las estrellas…

El coronel me aparta de un empujón y sigue andando, sin molestarse en ordenar a sus subordinados que me lleven de vuelta al poblado. Me rehago lo suficiente para seguirlo. A medida que avanzamos, el humo se hace más abundante. Cada vez cuesta más respirar.

Seguimos caminando en un grupo compacto, conmigo en el centro. Todos van armados menos yo, y apuntan hacia delante con los cañones como si fueran sus ojos.

Al llegar al lugar de la explosión, el humo es tan espeso que apenas nos deja ver nada. Los ojos me lloran mientras avanzamos paso a paso; cuando una ráfaga de aire se lleva gran parte de la nube que nos envuelve, doy gracias en silencio al inquieto aire de los planetas.

Los árboles se han convertido en tocones ennegrecidos. El mismo suelo está removido como si acabaran de ararlo, pero tiene un aspecto carbonizado.

Nos detenemos al llegar a la lanzadera.

Su silueta elegante y alargada ha quedado dividida en tres trozos. El puente es el que más lejos ha llegado, pero no parece haber sufrido muchos daños; es como si un niño caprichoso lo hubiera partido y lo hubiera tirado hacia los árboles. El resto de la nave presenta una enorme grieta longitudinal, y su parte superior se ha separado y abierto como una flor de metal humeante.

—Desplegaos. Comprobad si hay heridos. Buscad cualquier rastro de los responsables —ordena el coronel.

La zona del suelo sobre la que estaba la lanzadera —la extensión de arena cristalizada por el fuego de los reactores— se ha cuarteado, formando terrones de cristal calcinado que ya no refleja la luz solar. ¿Habrá sido la explosión lo que ha destrozado así el suelo? ¿O habrán usado los alienígenas el cristal que había en él para provocar el estallido?

Rodeo el cascarón vacío de la lanzadera, ese amasijo de chatarra humeante. Las cámaras de criopreservación han saltado por los aires, y el suelo está lleno de fragmentos del cristal de las cajas. El laboratorio está partido por la mitad; los cilindros que se alineaban en el fondo se han abierto, y de ellos gotea un líquido amarillento y lleno de grumos. De las incubadoras en las que los científicos habían metido los embriones de perro y caballo ni siquiera queda rastro.

Casi todas nuestras reservas de comida estaban aquí, y los equipos que se han perdido son irreemplazables. Y no es lo único irreemplazable que se ha perdido: en la lanzadera también estaba —y el pensarlo me produce un dolor casi físico— el último cuadro de Harley, el que pintó para Amy. Ella lo había guardado aquí para que estuviera más seguro. Ahora es ceniza.

Tropiezo y estoy a punto de caer sobre una gruesa placa de metal. En el lado de arriba tiene grabados un águila con cuatro alas y la palabra Fortuna, casi ilegible por la carbonilla.

Aunque no fuera gran cosa, la lanzadera era mi última conexión con la Fortuna, lo único que me quedaba de la nave a la que consideré mi hogar.

Ahora ni siquiera me queda eso.

Levanto la placa con el pie para darle la vuelta y descubro algo debajo: un objeto transparente y curvado.

Lo agarro con cautela y me doy cuenta de que es perfectamente esférico. No recuerdo haber visto nada semejante en la lanzadera.

Un rayo de sol lo ilumina en ángulo y en su interior se desata un torbellino dorado. Energía solar.

Frexo.

—¡Coronel Martin! —llamo, nervioso.

Un soldado levanta la cabeza y me mira. Cuando ve lo que sostengo en las manos, echa a correr mientras llama al coronel a gritos.

La esfera es del tamaño aproximado de mi cabeza, pero se nota que está hecha de un cristal muchísimo más fino que el del cubo de Amy. Es visiblemente frágil; de hecho, me asombra haberlo encontrado intacto.

—Me cago en la… —exclama el coronel al verme—. ¿Cómo se te ocurre coger eso?

—No sabía lo que era —me justifico.

Tengo las manos sudorosas; la esfera se me va a resbalar de un momento a otro.

—Déjalo en el suelo con cuidado… eso es… con cuidado… —me indica—. Apartaos de aquí, rápido.

Por el rabillo del ojo veo cómo todos retroceden con nerviosismo y buscan refugio. Doblo las rodillas y voy bajando las manos tan despacio como puedo. Cuando solo me faltan dos o tres centímetros para llegar al suelo, vacilo. Mi cara está a treinta centímetros de una bomba de cristal como las que deben de haber usado para volar la lanzadera.

—Ve con tiento —insiste el coronel.

—¡Ya lo sé! —salto.

La esfera tintinea suavemente al tocar el suelo.

Me incorporo y doy un paso atrás. La bola rueda unos centímetros por el terreno levemente inclinado. Todo el mundo parece contener el aliento hasta que se detiene en una depresión.

Cuando todos estamos refugiados tras los árboles, el coronel desenfunda su pistola, apunta a la esfera y aprieta el gatillo.

Revienta como un globo, dejando escapar la energía que contenía con un estallido que me ciega por un instante. Pestañeo para aclararme la vista.

Donde estaba la bola ahora hay un cráter de más de medio metro de profundidad.

El coronel se acerca a grandes zancadas, examina los daños con expresión agria y suelta una ristra de tacos.

—Bien —dice volviéndose hacia sus hombres—, ahora ya sabéis a qué nos enfrentamos. Manteneos vigilantes en todo momento.

Los militares se dispersan y el coronel se acerca a mí.

—Esto lo prueba —afirmo—. Nos enfrentamos a alienígenas hostiles.

Él no responde.

—¿Tenemos algún arma que pueda compararse con esto? —le presiono.

—Ya no —responde señalando los restos achicharrados de la lanzadera.

Tiene razón, frexo. El arsenal estaba ahí dentro. Solo nos quedan las armas que sus hombres llevan encima.

—Es de agradecer que esto sucediera tan temprano —prosigue—. De no ser así, habríamos tenido muchas bajas.

Sí, muchas: Amy, por ejemplo. Cierro los ojos y vuelvo a imaginármela en medio de la explosión, como hice justo después de que estallaran las bombas. Amy atrapada entre los trozos de metal. Amy carbonizada.

—Tenemos que hacer algo —digo, con voz tan desgarrada como los fragmentos que nos rodean.

El coronel me mira a los ojos.

—Lo sé.

Me estremezco. Hasta ahora, siempre había supuesto que el peligro más real era que nos convirtiéramos en esclavos. Sin embargo, la otra parte de la profecía de Orion se hace cada vez más verosímil: tal vez acabemos como carne de cañón.