Dos soles
71. Amy
No siento nada, ni por fuera ni por dentro.
Me quedo mirando el frío cielo nocturno hasta que se queda tan vacío como yo.
A mi espalda, los híbridos hablan. Contengo un estremecimiento. Nunca había visto tan bien como ahora en la oscuridad; distingo cada hoja de los árboles sombríos y oigo hasta el menor sonido.
Oigo lo que dicen los híbridos. Mis iguales.
—La amenaza ha desaparecido; nuestro especialista en comunicaciones acaba de confirmarlo —dice uno.
—Elder nos ha salvado a todos —añade Chris, y el líder gruñe algo ininteligible.
Me doy la vuelta. He perdido todo lo que amaba; no me queda nada. Pero en el hueco que ha dejado el amor, ahora hay determinación. Me acerco al líder híbrido con paso resuelto. Chris levanta la pistola con gesto dubitativo —mi pistola, con la que ha matado a mi padre hace un rato— y la aparto de un manotazo despectivo, como si no fuera más que una flor. Me sitúo justo delante del líder, levanto la cabeza y clavo mis ojos en los suyos. Estoy demasiado cerca: he invadido su espacio personal, pero él aguanta sin retroceder.
—Tenemos un tratado de paz que negociar —le suelto sin más preámbulos—. Y creo que el mejor punto de partida es la liberación de los prisioneros que habéis capturado en mi colonia.
—Eso puede esperar hasta… —empieza a decir él, pero no le dejo que acabe.
—No puede esperar. Habéis encerrado a mi gente, nos habéis tendido trampas y habéis matado a muchos de los nuestros. Vais a empezar por soltarlos a todos ahora mismo, y luego podremos discutir sobre la retribución que nos debéis.
Él ladea la cabeza, me observa con atención y acaba por extender la mano hacia mí.
—Me llamo Zane —dice mientras nos estrechamos la mano—. Y ahora que el FREX ha desaparecido de la ecuación, creo que tu gente y la mía pueden aprender a vivir como buenos vecinos.
Zane dispone de algún dispositivo de comunicación que excede en mucho a nuestros transmisores e incluso a los intercom de la nave. Al mismo tiempo que avisa a alguien para que nos recoja con un vehículo, da instrucciones a otra persona para que libere a los colonos y los lleve de vuelta al poblado.
—¿Cuántos edificios siguen en pie? —pregunto; cuando escapé habían caído al menos tres, incluido el que habíamos ocupado mis padres y yo.
—Intentamos limitar los daños materiales en lo que podemos —responde—. Y, lo creas o no, lo mismo hicimos con los personales.
No, no lo creo en absoluto. Podrían haber destruido la lanzadera automatizada mientras estaba vacía, en vez de acabar con sus pasajeros cuando estaban a punto de marcharse. Pero eligieron matarlos. Querían intimidarnos, aterrorizarnos para que nos rindiéramos más fácilmente. O tal vez exterminarnos fuera más sencillo, punto.
Entrecierro los ojos: claro que habría sido más sencillo.
—Tratasteis de derribarnos mientras aterrizábamos —digo, recordando cómo nos desviamos de nuestra trayectoria.
Zane asiente sin decir nada, mirándome como si temiera que me tire sobre él para arañarle la cara. Pero yo estoy demasiado ocupada juntando todas las piezas: el mensaje trucado que escucharon mi padre y Elder nada más aterrizar; el cierre repentino de la lanzadera; los contratiempos absurdos que encontrábamos todos los días… Todo preparado por los híbridos ilegales.
—¿Sabes? —digo con rabia—. Si hubierais sido sinceros con nosotros desde el principio, podríamos haber colaborado.
Él alza una ceja.
—El coronel Martin no me pareció el tipo de persona que dejaría a medias una misión.
Me obligo a bajar la mirada hacia el cuerpo de mi padre. Por más que lo intento, no logro acallar la parte de mi conciencia que le da la razón a Zane. Es verdad: puede que mi padre se hubiera negado a negociar con los híbridos ilegales. No creo que le parecieran bien las maniobras del FREX ni su política de trabajo esclavo; pero era ante todo un militar, cuyo primer impulso tras nuestra llegada fue contactar con el FREX para recibir órdenes. Quizá no pudiera concebir la paz sin haber intentado primero imponerse por la fuerza.
Suspiro, deseando que se calle esa voz interior tan molesta como sincera.
Llegan dos camionetas al complejo; aunque son más grandes que un todoterreno, se mueven por el terreno desigual sin hacer ningún ruido. En el techo de cada una se ve una hilera de cubos solares. Me gustaría saber cómo usan la energía de los cristales para moverse, pero antes de poder preguntarlo, Chris y Zane me indican que suba a la primera. Zane le indica al conductor de la otra que espere a que aterrice la lanzadera, y que luego lleve a Bartie y la fórmula a un lugar seguro.
—Antes de nada, quiero llevarte a nuestra ciudad —dice Zane cuando la camioneta arranca.
Al ver que no respondo, se remueve inquieto en su asiento y mira por la ventanilla. Tanto Chris como él parecen incómodos en mi presencia; creo que están esperando a que me derrumbe.
Pero no voy a hacerlo.
Al menos, no delante de ellos.
La camioneta pasa junto al lago y se dirige hacia una de las montañas escarpadas que se alzan al fondo. Mientras pienso en lo extraño que es haber pasado por alto una ciudad situada tan cerca de nuestro campamento, me doy cuenta de que lo verdaderamente extraño es otra cosa: ¿cómo es posible que los híbridos no se hayan extendido más por el planeta? El fidus no solo los obliga a obedecer al FREX: también elimina su curiosidad, su afán de explorar.
Los tres seguimos callados mientras la camioneta atraviesa un túnel y emerge en una zona habitada. El nuestro es el único vehículo a la vista, pero hay gente por todas partes y la calle está bordeada de grandes edificios de acero y cristal. De ellos salen hileras de gente tiznada y sudorosa: deben de ser fábricas.
Todos caminan en línea recta, sin desviar la mirada en ningún momento. Aunque caminan con ritmo vivo y constante, van un poco encorvados y los brazos les cuelgan inmóviles a los costados. Parecen más muertos que los zombis de las películas. El conductor de la camioneta se detiene en el cruce de dos avenidas muy anchas y atestadas de gente. Cuando Zane abre la puerta, espero inconscientemente oír un estrépito de voces. Sin embargo, lo único que llega a mis oídos es el retumbar rítmico de miles de pisadas.
Algo choca contra la portezuela, que Zane no ha llegado a cerrar. Es una mujer con el pelo corto y rizado y ojos inexpresivos, a pesar de sus iris azulísimos y ovalados. Se queda en el sitio, bloqueada por la puerta del coche. Sus pies siguen moviéndose arriba y abajo: uno, dos; uno, dos. No parece consciente de su falta de avance. Zane cierra con un portazo que no sobresalta a nadie, y la mujer sigue andando como si su marcha no se hubiera interrumpido en ningún momento.
—¿Por qué me traes aquí? —pregunto en un susurro.
—Quería mostrarte por qué luchamos.
No es la primera vez que veo los efectos del fidus. Estuve en la ciudad de la nave; vi las caras inexpresivas y las miradas vacías de los artesanos y los alimentadores.
Pero esto es peor, y no solo porque aquí la dosis parece más alta. El hecho de estar al aire libre lo empeora, de algún modo. Las paredes de la nave hacían que el empleo del fidus pareciera casi excusable; en un mundo sin paredes, no hay excusa para esto.
Zane se vuelve para mirarme a la cara. Creo que intenta parecer tan indiferente como las personas que caminan a su alrededor, pero está muy lejos de lograrlo.
—¿Sabes que la sustancia a la que vosotros llamáis fidus se creó, en parte, por las investigaciones de la primera colonia sobre la flora autóctona? El fidus no existiría sin este planeta. Y sin embargo, mira en qué lo ha convertido —dice, abarcando la ciudad con un ademán.
Intento calcular cuánta gente puede vivir aquí. Deben de ser miles, incluso decenas de miles. Todos anulados por el fidus.
Zane observa mi reacción antes de continuar.
—Como creo que ya sabes, los científicos del FREX mezclaron el fidus con material MG. Supongo que, tras comprobar aquí el éxito de la operación, la reproducirían en Tierra Solar.
Doy un respingo: no sé qué es peor, si la suposición de que gran parte de los habitantes de la Tierra pueden ser zombis como estos, o la mención del material de modificación genética que mi madre ayudó a desarrollar antes de entrar en la Fortuna.
—La combinación estaba diseñada para convertir los efectos del fidus en algo permanente e irreversible —continúa—. La droga pasó a ser parte del propio organismo de estas personas, condicionándolas de forma que su respuesta natural fuera la pasividad en vez del pensamiento individual.
—Pero a lo largo de las generaciones, ocurrió algo con lo que el FREX no contaba — interviene Chris—. Empezaron a aparecer híbridos como nosotros, con una producción anormal de adrenalina.
—Somos mutantes —remacha Zane encogiéndose de hombros—. Pura evolución…
Los híbridos no mutados se mueven mecánicamente a mi alrededor como cascarones vacíos. Apenas parecen humanos.
Agacho la cabeza y recorro mi cuerpo con la mirada. Aún siento los efectos de lo que me han inyectado: los músculos me duelen, mis huesos parecen vibrar con un latido sordo. ¿Quién soy yo para sentenciar quién es humano y quién no lo es?
Zane fija los ojos en un punto. Tardo un momento en localizar lo que observa: es una especie de megáfono enorme que hay en lo alto de un poste, algo más allá.
—Hace años, el FREX enviaba supervisores al planeta —dice—. Vivían en la ciudad hasta que se completaba un cargamento de cristal, y luego eran reemplazados por otros que se ocupaban de la siguiente tanda. Al final, el FREX se dio cuenta de que ni siquiera hacía falta que nadie diera órdenes: ahora se limitan a enviar instrucciones y mi gente obedece.
Su tono al decir «mi gente» me recuerda a la manera en que Elder hablaba de los nativos de la Fortuna. Trago saliva para eliminar el nudo de mi garganta.
—Desde hace más de diez años, el FREX ha usado la estación espacial para retransmitir sus instrucciones —explica—. No podrán hacerlo más, pero ya ves: mi gente seguirá trabajando igualmente… hasta nueva orden.
Sé que tiene razón: aunque nadie se lo ordene, el fidus integrado en su organismo no les permitirá dejar de trabajar.
—La fórmula que trae Bartie los curará —le aseguro.
Zane se encoge de hombros: supongo que prefiere no concebir esperanzas antes de tiempo.
—Al menos, me alegro de que no vayan a aparecer más supervisores del FREX — dice, y agacha la cabeza para encontrar mi mirada—. No solían ser buenas personas. A veces me pregunto si…
Su actitud súbitamente vencida me hace sentir algo extraño, y tardo unos segundos en darme cuenta de lo que es: compasión. Le animo con la mirada a que continúe y él suspira.
—Me pregunto si la mutación por la que aparecimos los híbridos ilegales no sería debida a que los… los humanos del FREX… —se da la vuelta, incapaz de terminar la frase.
Pero no me hace falta oír más. Imagino la situación: un grupo de supervisores aislado aquí durante meses, controlando el trabajo de unos colonos que ellos mismos han convertido en zombis. Me froto las muñecas. Las mujeres de la colonia, nacidas ya bajo los efectos del fidus, no debían de ser más que meras herramientas para los capataces de Tierra Centauri. Si esos «humanos» no tuvieron escrúpulos a la hora de convertir a miles de personas en autómatas, no creo que los tuvieran a la hora de satisfacer sus apetencias con unas mujeres que ni siquiera podían pensar en resistirse.
Sacudo la cabeza. No puedo hacer nada para cambiar el pasado, pero no pienso dejar que algo así ocurra nunca más en mi planeta. En mi hogar.