Dos soles

Beth Revis · Capítulo 19 de 74

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Dos soles

19. Amy

Tengo la boca algodonosa, como si me la hubieran rellenado con trapos. La abro y mis labios chasquean. La lengua me pesa tanto que no puedo moverla.

Algo se retuerce en mi mano. El movimiento me sobresalta y trato de mover el brazo, pero los músculos apenas me responden. Hago un esfuerzo por incorporarme y no lo logro: aunque estoy destapada, me da la sensación de que hay algo pesado sobre mi pecho.

Mi madre está dormida junto a mí, agarrándome la mano. Eso es lo que noté antes. Cierro mis dedos sobre los suyos.

Sus párpados se estremecen y luego se abren de golpe, como si de pronto hubiera recordado algo de una importancia vital. Vuelve la mirada hacia mí y da un respingo.

—¿Amy? —jadea.

—Dime, mamá —contesto con voz áspera.

—¡Amy! —grita ella, y se lanza sobre mí para abrazarme.

Mi padre aparece en el umbral oscuro. Tiene los ojos húmedos, y cuando abre la boca para hablar parece como si la voz no le saliera. Nunca le he visto tan emocionado.

Recorro la habitación con la vista. ¿Dónde está Elder?

—¿Qué os pasa? —pregunto, arqueando la espalda para desentumecerla.

Hace fresco y la habitación está en penumbra. ¿Me habré quedado dormida hasta el anochecer? No, no puede ser: ahora hay más luz que hace un momento. Es el amanecer: he dormido casi todo un día y la noche siguiente.

—¿Qué es lo último que recuerdas? —dice alguien.

Me vuelvo y veo a una médico de la Tierra. La doctora Watase, creo.

Agacho la cabeza y miro mi mano, cubierta por la de mi madre. Al hacerlo, caigo en la cuenta de que mi cuerpo está respondiendo por mí: lo último que recuerdo es agarrar la flor que me dio Elder con esa misma mano.

No. Me estremezco y trago saliva para despejar una oleada de náuseas. Mi último recuerdo es que perdí el control de mi cuerpo igual que cuando me congelaron. Y luego sentí que me ahogaba, igual que cuando desperté.

Las sensaciones desfilan por mi mente y me envenenan el alma.

Miro a mi alrededor: todos están esperando a que conteste.

—La flor —respondo sin más, porque sé que no les preocupan mis sentimientos: lo que necesitan es un diagnóstico médico—. La olí y me desmayé.

Escruto los rincones oscuros de la estancia, decepcionada. No puedo creerme que Elder me haya dejado aquí y se haya ido.

—Eso suponíamos —dice la doctora Watase señalando una hilera de flores moradas en el suelo—. Aunque no hemos podido comprobarlo científicamente, nuestras observaciones indican que esta planta es carnívora. Cuando se humedece, florece y emite una neurotoxina que duerme a los insectos, haciéndolos caer dentro de la corola.

—Y la gente avispada, como yo, cae redonda al suelo —digo en el tono más ligero del que soy capaz.

Mi intención era rebajar la tensión del ambiente, pero no lo logro: todos me miran y asienten con gravedad ante mis palabras.

—Exacto —confirma la doctora, dándome golpecitos maternales en el hombro.

Me gustaría mirarla con expresión irónica, pero no tengo fuerzas.

—Me muero de hambre —digo.

—Estamos todos igual —repone mi padre—. Si la lanzadera no se abre en las próximas horas, tendremos que obtener comida en el terreno.

Cierro los ojos. En la Fortuna, al menos, no pasábamos hambre. Si morimos todos de inanición, será en parte por mi culpa.

—¿Cuánto tiempo pasé dormida? —pregunto para pensar en otra cosa.

—Casi veinticuatro horas —responde la doctora.

Examino la estancia y trato de hacerme una idea de lo que ha pasado desde que me desmayé. Toda la gente que hay en la sala es terrícola. Tienen aspecto fatigado, incluso mi padre: está claro que han dormido con la ropa puesta, y dudo que ninguno haya comido nada desde ayer. De hecho, no creo que hayan salido del edificio siquiera.

Me siento y mi espalda cruje; este suelo no es la cama más cómoda para dormir veinticuatro horas, a pesar de que mis padres me han preparado un colchón de prendas sueltas. Hago ademán de ponerme en pie, y la doctora y mi madre se acercan para ayudarme. Pero no hace falta: los efectos de la flor se están desvaneciendo rápidamente, y me hace falta estirar los músculos.

Doy varios pasos sin despegarme de la pared, rozando con los dedos la piedra amarilla y polvorienta. Las dimensiones de la estancia son las mismas que tendría una sala de estar grande en la Tierra, y las ventanas y las puertas tienen proporciones inconfundiblemente humanas. Al fondo de la sala arranca una escalera que debe de llevar a la segunda planta.

—Qué extraño —murmuro.

Mi madre asiente: no le hace falta preguntar a qué me refiero.

—Mucho —responde, y luego baja la voz hasta convertirla en un susurro—. Tu padre está preocupado.

Me detengo junto a ella y las dos le observamos. Está frente a la puerta de salida, hablando con Bledsoe en voz apagada. Los dos parecen cansados y de mal humor. Al cabo de unos segundos, mi padre se vuelve hacia nosotras y nos dedica una sonrisa mustia que no le llega a los ojos.

Parece abrumado. De pronto recuerdo dónde he visto esa expresión: es la misma que tenía Elder tras la muerte de Eldest, una mirada de animal acorralado.

Mi padre gira la cabeza y continúa hablando con Bledsoe.

Sigo los bordes de una de las piezas que forman la pared. De cerca, se ve que están hechas con ladrillos o piezas grandes de piedra del mismo color pajizo que el terreno. Alguien construyó este poblado, alguien que sabía lo que hacía. Sin embargo, lleva tanto tiempo abandonado que en sus piedras apenas resuena un eco de vida.

Mi mano llega hasta la ventana y noto una depresión en el alféizar. Forma un cuadrado perfecto grabado en la piedra.

—No sabemos para qué podía servir eso —dice mi madre observándolo—, pero hay una forma igual en cada una de las ventanas.

La doctora Watase se nos acerca.

—Evidentemente, estas construcciones son obra de una forma de vida inteligente — dice—. La teoría más extendida entre los científicos de la expedición es que quienes crearon el poblado colocaban en esos cuadrados un ídolo de algún tipo. Tal vez fuera una deidad solar, porque todas las ventanas están orientadas para obtener el máximo de luz diurna.

Bledsoe se cuadra y sale del edificio. Esquivo a la doctora Watase, me acerco a mi padre y lo abrazo como hacía cuando aún creía que era capaz de solucionar cualquier problema. Su expresión se suaviza.

—Me alegra que estés bien, Amy —dice, y me planta un beso en la coronilla.

—Pues claro que estoy bien —repongo haciendo un esfuerzo por sonreír.

Él me abraza aún más fuerte.

—Esto… esto no es en absoluto lo que yo esperaba.

—Papá, recuerda que fui yo quien decidió acompañaros. Yo tuve la última palabra.

Abre la boca para replicar algo, pero ya sé lo que va a decirme: que no tendría que haber podido elegir; que quedarme habría sido mucho mejor para mí.

No le doy la oportunidad de hacerlo.

—Estoy aquí, papá. Y me alegro de haber venido, de estar con mamá y contigo.

Él me estrecha una vez más y luego deja caer los brazos.

—¿De qué hablabas antes con Bledsoe? —le pregunto.

—De un par de problemas en los que estamos trabajando.

—Cuéntamelos, anda.

Él me observa desde arriba y sé que me ve como a una niña: su hija.

—Cuéntamelos —insisto—. Tal vez pueda ayudarte.

Para mi sorpresa, hace un esfuerzo por borrar su expresión escéptica.

—Verás: en primer lugar, la sonda nos está dando problemas. No hemos podido comunicarnos con la Tierra.

El corazón se me detiene.

—Quieres decir que no habéis podido volver a comunicaros, ¿no? Porque después de aterrizar establecisteis contacto, ¿verdad?

—Sí, claro —responde él en voz baja, casi como si hablara para sí.

Se queda un momento callado y luego prosigue.

—En cualquier caso, el sistema de comunicaciones de la lanzadera ya no funciona, y no logramos dominar el de la sonda.

—¿Qué le pasa? —pregunto, y me muerdo el labio. No estoy segura de querer oír su contestación.

—Establecimos una línea de contacto, pero hasta ahora no hemos recibido ninguna respuesta —explica, con una expresión que no me tranquiliza en absoluto.

—Entonces es que la sonda está rota, ¿no?

Mi padre se encoge de hombros.

—Creo que podremos arreglarla. Al fin y al cabo, Amy, es muy antigua —dice—. Pero ese es solo uno de los problemas.

—¿Cuáles son los otros?

—Han desaparecido dos personas: una nativa de la nave y el doctor Gupta. Creemos que la mujer se perdió y que el doctor Gupta fue a buscarla, pero…

—¿Desde cuándo faltan?

—Desde el día de la tormenta.

Mi padre aparta la mirada. Su preocupación es evidente, pero no creo que tenga el regusto ácido del miedo que me está empezando a revolver el estómago.

Llevan desaparecidos casi veinticuatro horas.

—¿Cómo se llama la mujer? —pregunto, deseando que no sea Kit.

—No sé, algo parecido a Laura o a Lauren…

—¿Lorin? —pregunto en un susurro.

—Exacto.

La imagen de Lorin me viene a la mente: su parche de fidus en el brazo, la docilidad con la que se dejó guiar por mí hasta que la solté. Si se perdió en medio de aquel caos de lluvia y truenos fue por mi culpa.

Mi padre me mira a la cara y se da cuenta de lo que estoy sintiendo.

—No te preocupes, hija —dice apretándome el brazo—. Ayer por la noche, cuando nos dimos cuenta, estaba demasiado oscuro para buscarlos bien. Pero Robertson ha salido en su busca, y es una rastreadora excelente; verás cómo los encuentra ahora que los soles están altos.

El receptor que lleva mi padre al hombro emite un crujido, y él se aleja y se lo lleva al oído.

—Las hemos encontrado, señor —dice la voz de Emma, desfigurada por la estática.

—¿A Gupta y a la nativa de la nave?

—No, a Gupta no. A la nativa y a Robertson.

—Excelente. Diles que vuelvan al poblado.

—No puedo, señor.

—¿Cómo?

—Las dos están muertas, señor.