Dos soles

Beth Revis · Capítulo 71 de 74

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Dos soles

73. Amy

Las negociaciones con los híbridos resultan ser sorprendentemente fáciles. Zane ha entregado la fórmula del antídoto a su grupo de científicos, y estos han concluido que parece viable.

Aun así, nos lleva horas cerrar el acuerdo. En realidad es por culpa mía: me he empeñado en que las condiciones finales queden escritas y firmadas por todos los presentes. No quiero dejar nada al azar, ni me fío de las promesas orales.

—Voy a dejar bien clara una cosa —digo cuando estamos a punto de acabar—. Nuestro pueblo y el vuestro serán independientes. No vamos a fundir las dos colonias. Queremos decidir por nosotros mismos, elegir nuestros líderes y redactar nuestras leyes.

Zane hace ademán de protestar, pero Bartie le interrumpe antes de que pueda hablar. Apenas ha abierto la boca durante las negociaciones; como todos los recién llegados, aún está recuperándose del viaje.

—Es lo que Elder hubiera querido —sentencia.

Miro a Zane con las cejas enarcadas, esperando a que exprese su queja.

Él se limita a asentir. Anota el nuevo punto y firma el tratado.

 

Lo peor es la primera noche, cuando acabo de convencerme de que yo estoy aquí y él no; de que yo estoy viva y él…

Esa noche me permito llorar. Sola, en uno de los edificios de piedra que los híbridos no han destruido, sollozo hasta agotar todas las lágrimas que me quedan.

Ahora tengo el mundo entero para mí, pero no lo tengo a él.

Zane cumple su palabra. Al día siguiente de la firma del tratado, la mitad de su grupo acude al poblado para ayudarnos a retirar los escombros. Nadie quiere trabajar junto a ellos: ni los terrícolas ni los nativos de la Fortuna.

 

—¡Mataron a nuestros amigos! —exclama un alimentador llamado Tiernan esgrimiendo una pistola que debió de pertenecer a alguno de los soldados muertos—. ¡Asesinaron a Elder!

—Es verdad que mataron a amigos nuestros, y también a familiares. Yo he perdido a mis padres —respondo mirándole fijamente a los ojos hasta que aparta la vista de mis iris ovalados—. Pero no mataron a Elder: fue él quien eligió morir. Y lo hizo para que nosotros pudiéramos vivir en este planeta. Junto a ellos.

Un grupo de nativos de la Fortuna se congrega a nuestro alrededor. El cielo está encapotado y el aire húmedo; hace un bochorno que presagia tormenta. Pero esta gente ha aprendido a no asustarse de las tormentas. Una mujer se lleva la mano al vientre en un ademán protector, y su gesto me recuerda que casi todas las mujeres de la nave están embarazadas. En unos meses nacerán decenas de niños en nuestro poblado, niños que jamás conocerán la Fortuna. Sus padres les contarán historias de paredes de metal y techos pintados de azul, pero no creo que ellos lleguen a comprenderlas. Crecerán sin conocer lo que es vivir en una jaula.

Nunca serán conscientes de lo mucho que tuvimos que sacrificar para regalarles este cielo infinito.

—No podemos fiarnos de ellos —protesta Tiernan bajando el arma.

—Tenemos que hacerlo —replico poniéndole una mano en el brazo—. No seríamos capaces de sobrevivir solos en este planeta. Mira alrededor: apenas tenemos nada. Lo que ha traído la última tanda de gente nos sacará de apuros durante una temporada, pero no es suficiente. Necesitamos información, ayuda, consejos.

—No me gusta —gruñe él.

—Ni a mí.

Echo un vistazo a mi alrededor: los nativos de la Fortuna nos observan atentamente. Sus ojos, abiertos de par en par, reflejan todos sus miedos.

—No, a mí tampoco me gusta —prosigo, alzando la voz para que me oiga todo el mundo—. Pero ha llegado la hora de que cooperemos; es lo que Elder hubiera querido.

Se levanta un murmullo de aprobación.

Este es el auténtico legado de Elder: la voluntad de paz de su gente.

 

Unos días más tarde, Zane aparece en el poblado a bordo de una de sus camionetas.

—Quiero que veas los efectos de la primera tanda de tratamientos —me dice—. Sin tu ayuda, nunca habríamos llegado a este punto.

Al final, Bartie y yo acudimos como representantes de nuestra colonia. Nos acomodamos en la camioneta frente a Zane y Chris. La tensión es evidente, no solo en la desconfianza con la que nos miramos, sino también en la actitud huidiza de Bartie respecto a mí. Cuando cree que no me doy cuenta, me lanza miradas furtivas: debe de estar comparando la chica que fui con esta en la que me he convertido.

Si antes ya me consideraba una anomalía, no quiero ni pensar en cómo me verá ahora.

La base de operaciones de Zane está en la red de túneles que excavaron los primeros colonos al empezar las operaciones de minería. Las galerías se extienden por el subsuelo de toda la zona; de hecho, la que descubrió Elder es una de ellas. La entrada está bloqueada por una puerta de metal, con un escáner que me recuerda al de la sala de comunicaciones del complejo.

Zane apoya el pulgar en el panel, y la palabra «Híbrido» resplandece en verde. Me miro las manos: ahora que la transformación se ha completado, no noto nada extraño en ellas. Sin embargo, si posara el pulgar en el escáner, sé lo que pondría: «Híbrido». No «Humano». Ya no soy humana.

Me pregunto lo que Elder pensaría de mí. Ahora mis ojos son azules en vez de verdes, y mis iris se han alargado. Mi visión es mucho más penetrante. Sé de qué dirección viene el viento incluso antes de que me roce la cara. Puedo cerrar los ojos y situar a todos los que me rodean por su olor.

Elder es un clon. Seguro que él entiende lo que es sentir que tu ADN no te pertenece.

Y entonces caigo en la cuenta de que Elder ya no está.

Algo parece ceder dentro de mí con un chasquido, como una goma que se rompiera por estirarla demasiado. Pero no digo nada: sigo caminando con paso uniforme, sin dejar de mirar al frente.

Zane nos conduce a los laboratorios. Los híbridos ilegales llevan tantos años robando al FREX que su base parece tan avanzada como la lanzadera o el complejo.

A medida que avanzamos, de los túneles laterales emergen otros híbridos que se detienen para saludarle.

No cabe duda de que es su líder. Teniendo en cuenta su edad —le calculo treinta, como mucho—, no creo que le haya resultado fácil agrupar a todos los ilegales en esta organización de resistencia. Me pregunto cómo serían sus primeros años. Debieron de resultar muy duros: darse cuenta de que era dueño de sus actos, pero sus padres no lo eran; esconderse de los capataces del FREX; ver a su gente esclavizada e indiferente ante ello…

Me recuerda mucho a Elder.

Me muerdo el interior de las mejillas hasta hacerme sangre. No voy a llorar. No voy a mostrar mis emociones. Eso lo haré en otro momento y en otro lugar.

Chris se acerca a mí mientras andamos. Su proximidad me pone nerviosa, pero no pienso demostrárselo. Acelero para adelantarme de nuevo, y él me sigue el ritmo.

—¿Te has dado cuenta de cómo se estremece Bartie cada vez que te acercas a él? — susurra en voz tan baja que solo yo puedo oírla. Ni siquiera le habría entendido si no fuera por mis traicioneros oídos de híbrida, agudos como los de un murciélago.

Sigo caminando como si no hubiera dicho nada.

—Y antes, en el poblado, me di cuenta de que todos te rehuían —continúa—. ¿Cuánto tiempo pasaste en la nave con ellos? ¿Varios meses? Y sin embargo, nunca llegaron a aceptar el color de tu piel. ¿Qué pensarán ahora de ti?

Ni siquiera me digno mirarle.

—Jamás te aceptarán, Amy.

Giro sobre mis talones y agarro a Chris por el cuello de la camisa, en un movimiento tan repentino que Bartie suelta un grito a nuestra espalda.

—Si tienes algo que decirme —gruño—, al menos mírame a la cara cuando lo hagas.

Él se libera de un tirón; por un momento, apenas parece capaz de controlar su enfado. Pero luego respira hondo, se coloca la camisa y me mira con una sonrisa torcida.

—Tendencia a reaccionar con violencia: uno de los efectos secundarios de la hibridación —dice, casi como si quisiera excusarme—. Por decirlo de otro modo, tu producción anormal de adrenalina te hace más propensa al enfrentamiento que a la huida.

No me molesto en explicarle que siempre he sido más propensa a enfrentarme que a huir.

—¿Sabes? Entre tú y yo hay una gran diferencia —replico—. Yo sé que mi gente volverá a aceptarme algún día; ya lo han hecho una vez. Al final se olvidarán de mi aspecto porque les importará más lo que soy y lo que hago. En tu caso, sin embargo, jamás olvidarán lo que has hecho. Tú eres el que quedará excluido, no yo.

Sus ojos se desvían: no es capaz de aguantarme la mirada.

Mis músculos están tensos, preparados para reaccionar en una décima de segundo. Me noto más fuerte cada día, más ágil, a pesar de la extrañeza de no sentirme humana.

Y aún hay otro efecto de mi transformación: ahora soy capaz de percibir el olor a miedo que emana de Chris.

Él echa a andar sin decir nada más. Observo cómo se aleja por el túnel, repentinamente inquieta. Si me he enfadado tanto es porque, en el fondo, sé que tiene parte de razón.