Dos soles

Beth Revis · Capítulo 4 de 74

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Dos soles

04. Elder

Sin decir una palabra más, Amy me esquiva y echa a correr hacia la puerta cerrada. Sus pisadas retumban sobre el suelo de metal, sobreponiéndose a los gritos apagados que resuenan en la sala de criopreservación. Suelto un suspiro tembloroso: aún no me puedo creer que lo hayamos conseguido. A pesar de mi incompetencia, a pesar de ese extraño incidente que nos ha obligado a improvisar un aterrizaje de emergencia…

Me estremezco al recordarlo. ¿Qué sería eso que casi nos mata? Pareció como si algo nos golpeara…

«Aterrizaje completado», dice el ordenador. «Traspase el mando de la misión al oficial de mayor rango entre los efectivos criogenizados una vez concluya el proceso de reanimación. No abandonen la lanzadera hasta nueva orden. Gracias por colaborar en esta misión del FREX».

La voz se entrecorta y se apaga dejando la sala en silencio. En ese momento, el monitor del panel de control se enciende con una frase parpadeante:

Código Militar de Autorización: - - - - - - - - - -

Al leer la palabra «militar», el estómago me da un vuelco comparable al que sentí al aterrizar hace unos minutos. El que debería estar aquí hoy es Orion, no yo. Y estaría, si no hubiera temido tanto a los militares de Tierra Solar como para tratar de asesinarlos, convencido de que nos convertirían en esclavos o en carne de cañón.

Me resulta difícil reconciliar mi imagen de Orion con la forma en que lo ve Amy: como a un psicópata asesino. Porque si yo no la hubiera tenido a ella, podría haberme convertido en alguien como él. No habría tenido más opciones: Orion… o Eldest.

Y, por duro que sea el pasado, no puedo dejar de pensar que el retorcimiento de Orion era preferible a las mentiras de Eldest.

La frase del monitor me hace guiños, esperando a que introduzca un código que desconozco. Echo una última mirada al mundo que se extiende más allá de la cristalera, al cielo interminable, y le vuelvo la espalda. Empiezo a distinguir el miedo y el dolor que tiñe las voces de mi gente; además, el siguiente paso está en manos de los congelados, no en las mías.

Al llegar a la sala de criopreservación, veo a Amy de pie ante las cámaras de sus padres, inclinada sobre los pasajeros aún amarrados a la hilera de puertas. Cuando la gente logra retirar los cables que los sujetan, Amy los aparta sin dejar de mirar los paneles digitales de las cámaras de frío. Está tan concentrada en su propósito que ni siquiera advierte la forma en que mi gente se tambalea tratando de incorporarse.

La sala es un caos. Kit, la médico, ha organizado a un grupo de gente que va de un lado a otro desatando las correas. Enseguida me doy cuenta de que no fue buena idea amarrar a la gente así: el estómago se me sube a la garganta al ver cómo Kit encaja de un tirón el hombro dislocado de un hombre, y al mirar alrededor solo veo expresiones horrorizadas y ausentes. Me recuerdan a los vídeos de desastres en Tierra Solar que Eldest me mostraba a veces.

Una mujer empieza a chillar a mi lado. Sus gritos rebotan en las paredes de metal hasta inundar todos los rincones de la estancia.

Los ayudantes de Kit se abalanzan sobre ella y retiran el cabo que la amarra a la mujer de al lado. Es demasiado tarde: en la garganta de su compañera se ve una marca de un rojo violáceo. Las ataduras que debían salvarle la vida la han estrangulado.

Doy un paso hacia la mujer que queda con vida. Sus gritos han dado paso a sollozos desgarradores.

Amy jadea. Es un sonido casi imperceptible, pero vuelvo hacia ella, alarmado.

Ella me dedica una sonrisa triunfal, y solo entonces advierto que las puertas de todas las cámaras de criopreservación se han abierto.

—¡Frexo, Amy! ¿Tienes que hacer esto justo ahora? —exclamó, acercándome a ella a grandes zancadas.

—Sí —contesta con determinación.

—¿Y hace falta que los reanimes a todos? —insisto.

Casi puedo entender que necesite despertar a sus padres ahora mismo. Sin embargo, lo último que nos hace falta en este momento es añadir las cien voces de los congelados al estrépito que ya suena a nuestro alrededor.

Hay docenas de tripulantes heridos, y al menos uno… No, dos… No, hay incluso más de dos muertos. Acabamos de aterrizar a la desesperada; no tenemos tiempo que perder con los congelados del frexo.

Empiezo a decírselo a Amy, pero ella me interrumpe:

—¡Elder, ellos pueden ayudarnos!

Parece convencida, pero no creo que se le haya ocurrido pensar en ello hasta que yo he protestado.

Kit se acerca a la carrera. Tiene un corte en la cabeza del que gotea sangre, pero no parece nada serio.

—¿Va todo bien? —me pregunta con el ceño fruncido.

Miro a mi alrededor. Casi todo el mundo tiene los ojos vidriosos, y me doy cuenta de que se encuentran en estado de shock. Sí, los amarres impidieron que salieran despedidos por la sala durante el aterrizaje; pero muchos les desgarraron la piel, los asfixiaron o los golpearon tan violentamente como látigos.

—Fenomenal —gruño—. ¿No lo ves? Todo va de maravilla.

—Me refiero al aterrizaje… Yo… El planeta… —balbucea Kit, y me doy cuenta de que no sabe cómo preguntar lo que quiere saber.

Mis labios se curvan en una sonrisa torcida; por un momento, dejo de ver lo que me rodea —las paredes metálicas que encierran a mi gente, atontada y desesperada por la impresión del aterrizaje— y solo veo el cielo.

—Sí —respondo—. Eso sí que es una maravilla.

Kit exhala un suspiro de alivio. Sé lo que quería decir en realidad: ¿ha merecido la pena todo esto? Me planteo seriamente la pregunta. En mi mente aparece la imagen de Shelby, la navegadora que me instruyó sobre la maniobra de aterrizaje. Sin sus instrucciones, nos habríamos estrellado. No sé qué nos desvió antes de nuestra trayectoria, pero sí que sé esto: lo único que se interpuso entre nosotros y la muerte fueron las enseñanzas de Shelby.

Pero Shelby no está con nosotros porque yo decidí dejarla morir.

Las cámaras de frío emiten un pitido simultáneo. Con un estruendo de metal, las cajas de los congelados salen disparadas. En su parte inferior se despliegan dos patas para sustentarlas; del techo de cada cámara asoman unas palancas que alzan las tapas de las cajas y las introducen de nuevo en sus cámaras respectivas.

Un zumbido mecánico invade la sala, apagando las exclamaciones de miedo y dolor de los tripulantes. Los brazos de metal emergen de nuevo, ahora armados con lo que parecen agujas hipodérmicas. Se sumergen en el hielo que llena las cajas y de ellas empiezan a manar estelas de burbujas.

De las junturas de las cajas gotea un líquido azulado que se acumula en el suelo. Nunca me había dado cuenta, pero frente a las cámaras el piso presenta una inclinación imperceptible que empuja el líquido hacia unos desagües disimulados.

Los ojos de Amy están clavados en las cámaras cuarenta y cuarenta y uno: sus padres.

Esto no nos hace ninguna falta en este momento. Los congelados no van a causarnos más que problemas. Tenemos que ocuparnos de los heridos.

Y a mí… a mí me hace falta Amy. La necesito; necesito que esté a mi lado, no pasmada frente a unas cajas llenas de hielo. Incluso en este momento, siento los ojos de todos clavados en mí, pidiéndome que esté a la altura de sus expectativas. Los ojos de todos… excepto los de Amy. Y no sé si podré resistir todo esto sin tenerla conmigo.

Hago de tripas corazón.

—¿Puedo ayudarte en algo? —digo volviéndome hacia Kit.

Ella me conduce hasta la pared opuesta, donde ha montado una especie de puesto de primeros auxilios. Sus enfermeros ya están ocupándose de la gente que presenta cortes y magulladuras, pero hay docenas de tripulantes que necesitan atención especializada. Los cables con que los atamos eran demasiado finos, y han producido cortes en los puntos en que estaban más apretados. Hasta yo, que no tengo ni idea de medicina, veo que mucha gente necesita puntos. Hay varios con hombros dislocados, igual que el hombre al que Kit atendió antes; además, casi la mitad de los tripulantes siguen sentados contra la pared, aunque no sé si es porque se han hecho daño en las piernas o por otra cosa menos —o más— seria.

Miro a los ojos de Kit. Está desesperada. Hasta hace unos días, solo era una aprendiz; quien debería encontrarse aquí es Doc, que sabía cómo resolver con eficacia cualquier problema. Lo malo es que Doc era un problema en sí mismo.

Kit sujeta en las manos varios parches de color verde claro. Fidus.

—No —digo tajante.

El fidus era parte de la vida en la Fortuna; por su culpa, los tripulantes pasaron siglos drogados y sumisos. En este mundo el fidus ya no tiene cabida, como no la tendría en cualquier mundo sin paredes ni mentiras.

Kit abre la boca para protestar, pero se contiene y se guarda los parches de nuevo en el bolsillo. Debe de ver haber visto algo del antiguo Eldest en mi actitud. Vuelvo la cabeza.

—¡Amy! —llamo con voz seca.

—Un minuto —responde ella, sin despegar la mirada de sus padres aún inertes.

—Amy —repito en tono más bajo.

Ella alza el rostro para mirarme con expresión herida.

—Necesitamos ayuda —le digo.

—He dicho que esperes un minuto.

—No. Ahora.

A juzgar por la mirada de odio que me lanza, también ella ve algo del antiguo Eldest en mí. Sin embargo, se aleja de las cámaras de criopreservación y avanza hacia nosotros. Su actitud huraña se desvanece al descubrir a los heridos que nos rodean, y me doy cuenta de que ni siquiera los había visto.

—¿Qué puedo hacer? —dice con voz sincera.

A su espalda, las capsulas gotean líquido azulado.