Dos soles
14. Elder
El coronel Martin observa cómo nos reagrupamos desde el puente, la única parte de la lanzadera a la que se puede acceder ahora. Todo el mundo muestra la misma expresión de asombro horrorizado. Mi gente aún no ha podido recobrarse del aterrizaje, y ahora se encuentran con que una alarma los ha expulsado a la intemperie.
Al ver los parches verdes pegados a los brazos y el cuello de los últimos en abandonar la lanzadera, le dirijo una mirada asesina a Kit. En el fondo, sin embargo, sé que no había otro modo de sacar a los más reticentes: si no los hubieran forzado, algunos habrían preferido morir en la lanzadera. Que tuvieran el valor necesario para montar en ella no quiere decir que lo tuvieran para abandonarla.
Trago saliva para eliminar el sabor amargo, diciéndome que los parches son una medida provisional. Si los hemos usado es porque hacían falta de verdad. Me vuelvo hacia Amy, dolorosamente consciente de lo mucho que dependo de su aprobación, pero ella no me mira. Está en el puente, de pie entre su madre y Chris. Se inclina hacia él y le dice algo que le hace sonreír.
Vuelvo la cabeza rápidamente.
—Muchas gracias a todos por haber posibilitado una evacuación rápida y eficaz — dice el coronel Martin en voz alta y clara, y sé que está haciendo un esfuerzo por disimular lo mucho que le ha irritado la lentitud de mi gente—. Lo mejor que podemos hacer en este momento es buscar cobijo para todos. Dado que ignoramos cuándo se desbloquearán las puertas de la lanzadera, no podemos contar con ella. Así pues, debemos localizar una zona que disponga de defensas naturales y fácil acceso a alguna fuente de agua.
Una oleada de excitación nerviosa se extiende entre la gente. Somos tantos que apenas cabemos en el claro dejado por el aterrizaje. Nunca creí que pudiera sentir claustrofobia fuera de la nave, pero estar rodeado de tanta gente apiñada me resulta incómodo.
—Nuestra seguridad depende de que nos mantengamos agrupados —prosigue el coronel—. Formamos un grupo numeroso. Es muy posible que las alimañas que podrían atacarnos individualmente se echen atrás ante nuestro número.
A mi alrededor, mi gente empieza a murmurar. Se han dado cuenta de que el coronel no ofrece ninguna seguridad —«es muy posible que…»—, y no se sienten nada cómodos. Muchos se vuelven hacia mí, pero yo, como un cobarde, mantengo la mirada fija en el coronel. Al final todos acaban por imitarme.
—Vamos a encaminarnos en aquella dirección —dice señalando un punto situado a nuestra derecha—, ya que la sonda indicaba la presencia de agua potable en aquella zona. El personal militar de rango uno irá en cabeza conmigo; el de rango dos se situará en retaguardia; el de rango tres protegerá el perímetro del grupo; el cuatro formará una avanzadilla.
Los militares se dispersan para cumplir las órdenes, mientras los científicos se agrupan con mi gente en el claro. Varios soldados desaparecen entre los árboles: supongo que son la avanzadilla mencionada por el coronel. Mi gente parece reacia a moverse. En la nave, cada centímetro cuadrado estaba medido y organizado. Incluso las colinas se situaban a intervalos regulares, formando hileras idénticas y simétricas. Este paisaje no podría ser más diferente: aunque está en pendiente, la inclinación es irregular y azarosa. Por todas partes se ven rocas, guijarros, arbustos y árboles altísimos esparcidos sin orden ni concierto.
—¡Perdone! —exclama la teniente coronel Bledsoe a mi espalda—. Haga el favor de no separarse de los demás, ¿quiere?
Uno de los alimentadores —un hombre llamado Tiernan— la mira durante un momento con expresión perpleja y luego sigue caminando hacia el borde del bosque. Al llegar a las sombras retorcidas de los árboles, se detiene y los mira con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
Bledsoe suelta un gruñido de frustración y se acerca a él a grandes zancadas. Antes de que lo alcance, me interpongo en su camino.
—No te entiende —le digo.
—¿Por qué? —replica con irritación—. Los dos hablamos inglés, ¿no?
—Sí, pero… Es por tu acento —explico.
Habla con un deje aún más marcado que el de Amy, elevando el tono de las palabras al final de un modo que dificulta la comprensión.
—Ah… Es que nací en Sudáfrica —responde ella, y hago un esfuerzo por recordar los países del viejo globo terráqueo que había en el centro de aprendizaje—. Aunque luego me crié en el sur de Francia. Mi madre es inglesa… Ah —se interrumpe como si algo la sorprendiera—. Quiero decir que era inglesa. Mi padre era libio —remacha, pronunciando con esfuerzo los verbos en pasado.
—Ya —digo.
No quiero que se dé cuenta de que apenas recuerdo los nombres de los principales países de Tierra Solar, y que ni siquiera sospechaba que en ellos se pudiera hablar el mismo idioma de maneras tan diferentes.
Ella asiente y se vuelve para tratar de pastorear a la gente de la Fortuna. Me doy cuenta de que ahora les habla un poco más despacio.
Suelto un suspiro: al menos pone algo de su parte.
Agarro a Tiernan de un brazo, lo conduzco de nuevo al grupo y procuro dejar claras las nuevas consignas: avanzad sin saliros del camino, no os quedéis atrás, vigilad que nadie se retrase.
Recorro el grupo para asegurarme de que todo el mundo está listo para arrancar. Kit se sitúa atrás con la gente de los parches de fidus, los únicos que no observan boquiabiertos y fascinados este nuevo mundo. Me pregunto si recordarán algo de todo esto; cuando Kit les quite los parches, es muy posible que solo se acuerden del pánico que sintieron justo antes de que la droga entrara en su torrente sanguíneo.
Un hombre de piel y pelo oscuros se aproxima a Kit.
—Soy el doctor Gupta, uno de los oficiales médicos de la misión —dice, con un acento aún más extraño que el de Bledsoe.
Extiende la mano formalmente y Kit le choca los cinco con expresión perpleja.
—Tengo entendido que usted es colega mía, ¿no es verdad? —pregunta el hombre.
Los observo mientras echamos a andar para internarnos en la maraña de árboles. Kit parece tímida al principio, pero pronto se enfrasca en una discusión acerca de las diferencias entre la tecnología médica de la Tierra y la nuestra. Al doctor Gupta parecen fascinarle los parches de fidus, y Kit parece feliz de intercambiar opiniones con otro médico; su aprendizaje junto a Doc acababa de empezar cuando decidió venir a Tierra Centauri y dejarle atrás.
Se me dibuja una sonrisa en la cara: tal vez la gente de la Tierra y mi gente podamos encontrar puntos comunes, al fin y al cabo.
—Estos árboles me resultan familiares —dice una voz que conozco bien, y esquivo a la gente que me precede para llegar hasta Amy—. Sin embargo, también parecen diferentes.
—Lo son —contesta una voz profunda. Chris.
Aminoro el paso para no llegar a su altura. Toda la alegría que me ha dado ver a Kit hablando con ese doctor terrícola se evapora, y siento que algo se me retuerce por dentro.
—La verdad es que todo esto me sorprende —comenta Amy.
A mí también me parecen extraños estos árboles. Pero yo nunca he visto un verdadero árbol terrícola con los que compararlos, salvo en imágenes y grabaciones.
—Son como los ficus cuando se hacen grandes, ¿no crees? —continúa—. Estos tronquitos finos que se entrelazan…
No sé lo que son los ficus, pero Chris asiente como si estuviera de acuerdo.
—Y sin embargo, no son iguales —remacha—. Todo me recuerda a la Tierra, pero si lo miro más de cerca… Mira, como esto —Amy extiende la mano y arranca un pellizco de una planta fibrosa y mullida que crece en los troncos de casi todos los árboles—. Se parece al musgo que crecía en el bosque cerca de mi casa, solo que este es morado.
Chris le quita las hebras violáceas de la mano.
—Uf, se mete en todas partes —dice, acercándolo a la cara de Amy.
—¡Qué asco! —protesta ella con una risita.
—¿Por qué? ¿No te gusta?
Me encantaría quitarle de las manos esa cosa morada y hacérsela tragar, pero me contengo. Me quedo atrás, echando humo, y aunque sé que no debería hacerlo, sigo escuchando su conversación.
—Me pregunto qué animales habrá en este planeta —dice Amy sin hacer caso a la cara de adoración con que la mira Chris.
—¿Aparte de reptiles voladores gigantescos que tratan de comerse a la gente? — pregunta él, aún con un aire juguetón que me hace resoplar.
—Sí, aparte de esos —responde Amy mirando a su alrededor—. Tiene que haber otros pájaros o animalillos en el bosque. Alguien tendrá que comerse esa cosa morada… Seguro que entre estas ramas anida algún bicho. Ardillas, serpientes… Y también tiene que haber algo parecido a los ciervos y a los conejos, ¿no crees?
—Esto no es Tierra Solar, Amy.
—Sí, lo sé. Aun así, me da la impresión de que… no sé, de que falta algo.
—Estoy seguro de que hay otros seres —afirma Chris con firmeza—. Sin embargo, el coronel tiene razón: hay pocas criaturas que no se escondan ante el estruendo de miles de pies pisoteando el bosque. ¡Pero esos reptiles voladores tenían que alimentarse de algo antes de que el planeta se les llenara de humanos tiernos y jugosos!
Chris hace ademán de abalanzarse sobre Amy en plan fiera salvaje; ella suelta una carcajada, retrocede y tropieza con una raíz. Antes de que caiga al suelo, Chris la agarra y la atrae hacia él, envolviéndola en sus brazos musculosos.
Ya he tenido bastante. Voy a alejarme: no quiero seguir oyendo a estos dos. Sin embargo, no puedo evitar oír lo siguiente que dice Amy.
—Tus ojos…
Me detengo, incapaz de apartar la mirada.
—¿Qué les pasa?
—Son… extraños.
—Vaya. ¿Siempre les entras así a los chicos? —se ríe Chris meneando la cabeza.
—Eh, que hablo en serio —responde Amy, liberándose de un empujón amistoso.
—¿Quién te ha dicho que yo no lo hago?
—En serio, Chris. Son muy… muy azules.
—Ah, pues los tuyos son muy muy verdes —la parodia él—. No me explico cómo puedes ver con ellos.
No me quedo para escuchar la respuesta. Yo sí que veo perfectamente, y no quiero ver cómo Amy mira con arrobo los ojos de otro chico. Me abro paso hasta el borde del grupo y lo rodeo hasta situarme en cabeza, esforzándome por sofocar los celos rabiosos que se me están anudando en el estómago.
Me da igual tener un mundo entero: si no lo puedo compartir con ella, no me basta.